|
«A él miraron, y fueron alumbrados;
y sus rostros no se avergonzaron»
INTRODUCCIÓN
Teniendo en cuenta el enlace que hay entre mi texto
y el versículo precedente, se ve claramente que las palabras: «A El
miraron», se refieren al Señor. «Miraron a Jehová, al Eterno, y fueron
iluminados»: tal es la declaración del Salmista. No obstante, me atrevo a
afirmar que nunca se ha podido mirar a Jehová sin ser turbado. Sin
Jesucristo, la nación de Dios no podría procurar al corazón angustiado el
menor consuelo. Si mirásemos al Todopoderoso quedaríamos indefectiblemente
ciegos, porque la luz inaccesible, en donde Él habita, es demasiado
brillante para que la pudiésemos soportar; y así como ningún ojo mortal
puede fijarse impunemente en el astro del día, asimismo ninguna
inteligencia humana podría mirar al Creador sin que el resplandor de la
divina esencia hiriese su ojo espiritual, de una ceguera eterna.
El único modo en que podemos contemplar al Altísimo
es por el Mediador Jesucristo. Sí; hasta que no considero a Dios
manifestado en carne, la divinidad velada bajo la humanidad, mi corazón,
repito, no puede hallar la paz; pero desde que acepto por la fe el
misterio de la encarnación, ¡oh!, desde entonces puedo elevar con
seguridad mis ojos hacia Dios, porque El ha descendido hasta mí y mi pobre
inteligencia limitada puede comprenderle y recibirle.
Aplicaré, pues, mi texto a nuestro Señor y Salvador
Jesucristo; y creo que esta interpretación es perfectamente legítima; pues
desde el momento en que un alma mira a Dios tal como se ha manifestado en
Jesús, desde que distingue la divinidad hecha visible en la persona del
Hombre nacido de la virgen María y crucificado bajo Poncio Pilato, puede
decirse con toda exactitud que tal alma ha sido iluminada: su
entendimiento recibe torrentes de luz, y su corazón rayos de consolación.
Me propongo, queridos oyentes, invitaros primero a
mirar a Jesús EN SU VIDA EN LA TIERRA, y espero que algunas almas
recibirán bien de esta primera consolación. Luego os exhortaré
sucesivamente a mirarle: EN SU MUERTE, EN SU RESURRECCIÓN, EN SU ASCENSIÓN,
EN SU OFICIO DE INTERCESOR, y al fin EN SU SEGUNDA VENIDA.
¡Quiera el Señor que le miremos con fe, de tal modo
que mi texto sea una realidad para cada uno de nosotros, y que por una
dulce experiencia, reconozcamos la verdad de estas palabras: ¡A El
miraron, y fueron alumbrados!
I
Hemos dicho que primeramente contemplaremos al
Señor Jesús EN SU VIDA. Aquí, el creyente atribulado encontrará preciosas
luces que iluminen su alma. En el ejemplo de Jesús, en su paciencia, en
sus dolores, hay como estrellas resplandecientes, capaces de disipar las
tinieblas más espesas de la sombría noche de la adversidad. Aproximaos,
pues, hijos de Dios, y sólo con que el Espíritu Santo se digne abrir los
ojos de vuestro entendimiento, cualesquiera que sean vuestras pruebas,
tanto temporales como espirituales, encontraréis en la vida de nuestro
Salvador y sus abundantes sufrimientos, fuentes de consuelo y gozo.
Acaso, y debiera decir sin duda, hay en este
instante delante de mí más de un infortunado que se agita en los abismos
de la miseria. Hijo del trabajo y de la pena, no come su pan sino a costa
de muchos sudores; sobre su cuello pesa el abrumador yugo de la opresión;
las privaciones bajo todas sus formas le hacen sentir su aguijón. Tal vez
mientras hablo sufre secretamente las torturas del hambre y, aunque está
en la casa de Dios, no puede imponer silencio a las necesidades imperiosas
de su cuerpo que desfallece y sufre... ¡Oh, mi pobre hermano en Jesús,
mírale, mírale y serás iluminado! ¿Cómo podrás lamentarte de tu pobreza,
de tu abandono y de tu angustia? ¿No te ha predicho tu Maestro que
tendrías tribulaciones en el mundo? ¿Y no sabes que por muchas
tribulaciones es necesario que entremos en el reino de Dios? (Hch.
14:22)
Mira a Jesús, mírale ayunando durante cuarenta días;
mírale después andando penosamente un camino árido; mírale rendido,
fatigado y sediento, sentándose al borde del pozo de Sichar. Óyele, El, el
Señor de gloria, el que tiene las nubes en la palma de su mano, oye cómo
le dice a una mujer samaritana: «Dame de beber.» ¿Será el discípulo más
que su Maestro y el siervo más que su Señor? Si Jesús ha sufrido hambre,
sed y toda suerte de privaciones, ¡oh, desheredado de la tierra, lleva tu
carga con paciencia! Estás en comunión con tu Salvador en todas estas
cosas, estás en comunión con tu Salvador; no te dejes, pues, abatir
perdiendo el ánimo, mírale y serás iluminado.
Mas, pudiera ser, querido hermano, que tu
tribulación fuese de otra naturaleza. Tal vez has venido aquí esta mañana,
con el corazón sangrando aún de las heridas que te ha inferido la lengua
venenosa del reptil inmundo llamado calumnia. Aunque pura y sin tacha ante
Dios, tu reputación parece perdida ante los hombres; tus detractores han
procurado infamar lo que más querido te es en la vid a: tu honor, tu buen
nombre; has sido acusado de maldades por las cuales siente horror tu alma;
así es que, hoy, te sientes saciado de amargura, como embriagado de acíbar.
Convengo en que tu prueba es bien difícil ¡oh hijo
de dolores!, porque si la pobreza es como el látigo de Salomón, la
maledicencia es como los escorpiones de Roboam (alusión a 1º R. 1-14); y
si el yugo de la miseria pesa, el de la calumnia pesa más aún. No obstante,
por amarga que sea tu pena, puedes hallar consuelo en Cristo. Ven, hermano
mío, mírale y serás iluminado. El Rey de reyes fue llamado samaritano, se
le acusó como poseído del demonio, y Aquel en quien residía la suprema
sabiduría fue tildado de loco. ¿No fue su vida la más pura y santa? Sin
embargo se le trató de comilón y bebedor, de amigo de publicanos y
pecadores. ¿No era el Hijo amado del Padre? ¿No tenía toda potestad en el
cielo y en la tierra? Pues, a pesar de ello, se dijo de El que lanzaba los
demonios por Beelzebub, el príncipe de los demonios. ¡Animo, pues, pobre
víctima de la calumnia! Si al padre de la familia llamaron Beelzebub, ¿cuánto
mas a los de su casa? (Mt. 10:5). Si hubieran honrado a tu Maestro
podrías haber esperado que se te honrara a tu vez; mas habiéndosele
cubierto de injurias y procurado arrebatarle su gloria, no te sorprenda
ser el blanco de la malicia del mundo ni te maraville ser objeto de sus
ultrajes. Jesús marcha a tu lado por la senda de la ignominia; Él lleva su
cruz delante de ti, cruz mucho más pesada que la tuya. Una vez más, mírale
y serás iluminado.
Ya oigo a otro de mis oyentes que exclama: «¡Ah!,
mi aflicción es mayor aún. No soy perseguido por la calumnia ni oprimido
por la miseria, pero la mano de Dios pesa sobre mi alma. El Señor ha
traído a mi memoria mis transgresiones pasadas; el brillo de Su faz se me
ha. escondido. Hubo tiempo cuando estaba seguro de mi salvación, podía yo
leer, de cualquier manera, mi nombre escrito en el libro de la vida; mas
hoy ¡ay!, he caído muy abajo. El Señor me ha levantado y luego me ha
lanzado al suelo; como un gladiador me ha levantado para arrojarme lejos
con tanta más fuerza; mis huesos están abatidos y mi espíritu hundido en
la tristeza.» Querido hermano angustiado, te digo lo propio que a los
otros: ¡Mira a Jesús y serás iluminado! No lamentes más tus miserias, sino
ven conmigo y mira a tu Salvador. ¿Ves el monte de los Olivos? La noche es
fría, el suelo cruje, bajo tus pies, endurecido por la helada; allí, en
medio de las tinieblas y el silencio, está de rodillas tu Salvador.
Escúchale. ¿Comprendes el sentido de sus gemidos, el lenguaje de sus
suspiros? Tus angustias no pueden compararse, ciertamente, con las que
debieron pesar sobre su alma, cuando de todo su cuerpo salían gotas de
sangre tiñendo el suelo a su alrededor. Y tus luchas, ¿osarás compararlas
con las suyas? Mírale en Getsemaní, luchando cuerpo a cuerpo contra las
potencias de las tinieblas. Escucha ¡oh!, escucha, sobre todo, el terrible
grito que sale de sus labios en el último y solemne momento de su agonía:
Dios mío, Dios mío ¿por qué me has desamparado? Y cuando hayas oído
este grito de suprema angustia, no encuentres extraño, querido hermano, si
eres llamado a medirte alguna vez con satanás, ni te maravilles, como si
alguna cosa peregrina te aconteciese, aun cuando debieras, unirte al
lama sabachthani de tu Señor, o sudar con El gotas de sangre. ¡Mírale
y serás iluminado!
Pudiera ser también que tuviese ante mí, en este
instante, algún fiel perseguido por la justicia. «¡Ay! exclama-, yo no
puedo practicar en paz los mandamientos de mi Dios. Mi prójimo, mis amigos
se han unido contra mi, suscitándome mil obstáculos. Soy objeto de
sarcasmos, burlas y humillaciones de todas clases por el Nombre de Cristo.»
¿Y qué te importa, hijo de Dios? Nada temas, pero mira, a tu vez, a Jesús
y serás iluminado. Acuérdate de las persecuciones sin número a que estuvo
sujeto tu Salvador por amor de tu alma. Piensa ¡ah!, piensa en las
bofetadas y esputos, en los insultos de los soldados y las injurias que de
la multitud recibió. Piensa en aquella terrible marcha a través de las
calles de Jerusalén, cuando todos a porfía le insultaban, y aun aquellos
que iban a crucificarle le colmaban de injurias. Di, hermano querido, ¿has
sido maltratado más que Él alguna vez? ¿Has sufrido alguna vez ultrajes
mayores?... ¡Oh!, me parece que una sola mirada dirigida al Hombre de
dolores, debiera bastar para reanimar al cristiano más tímido, haciéndole
ceñir su armadura con nuevo valor. ¿Temeremos, acaso, ser tan infamados
como nuestro Augusto Jefe? Mirando a Jesús, los nobles mártires de los
tiempos pasados fueron hechos capaces de afrontar, por su Nombre, las
hogueras y los tormentos; estos valientes soldados de la cruz sabían que,
al salir de la terrible batalla en la que iban a dejar su vida, les
esperaba una corona gloriosa: la sangrienta corona del mártir. Por eso
permanecieron firmes como viendo al Invisible; y esta visión les
fortaleció en el seno mismo de los sufrimientos más crueles. Redujeron su
pensamiento a Aquel que sufrió tal contradicción de pecadores, para no
fatigar sus ánimos desmayando; resistieron hasta la sangre, combatiendo
contra el pecado (He. 12:3, 4), y sabiendo que su Señor había hecho
igualmente, Su ejemplo sostuvo su constancia.
¡Ah! Queridos hermanos y hermanas, si mirarnos más
a Cristo, creed que nuestras pruebas no nos parecerán tan penosas. Aun en
la noche más negra, una mirada hacia Cristo, basta para iluminar el cielo
de sus hijos. Sí; aunque estuviésemos rodeados de una oscuridad de tal
modo densa que semejara la de Egipto, que podía tocarse con las manos (Ex.
10:21); aunque nos encontrásemos, por decirlo así, aprisionados en
murallas de espesas tinieblas, una simple mirada a Jesús sería como el
brillante relámpago que rasga la nube; tan brillante, sí, pero no tan
fugitivo. ¿Qué son, en efecto, las fatigas del camino, para el alma que
contempla a Cristo? Regocijada por Su voz, fortalecida por Su fuerza, se
encuentra pronta a soportarlo y sufrirlo todo; y, con tal que la sostenga
hasta el fin, a obedecer, como El hasta la muerte.
Vosotros, pues, cristianos trabajados y cargados,
cualesquiera que sean vuestras pruebas, acordaos de mirar a Jesús en su
vida y seréis iluminados.
II
Y todavía ahora os invito a contemplar un
espectáculo más lúgubre; pero, ¡cosa extraña!, a medida que se oscurece el
horizonte alrededor de Jesús, aumenta para nosotros su resplandor. Cuanto
más se hunde el Salvador en los abismos del dolor, más brillantes son las
perlas que nos procura; cuanto más amargas son sus angustias, más vivos
son nuestros goces, y cuanto más profundas sus humillaciones, más
brillantes nuestras glorias. Venid, pues, queridos oyentes -y esta vez me
dirijo tanto a los pobres pecadores que temen y tiemblan, como a las almas
creyentes-, venid a mirar a Jesús EN SU MUERTE. Subamos juntos al Calvario.
Allí, sobre la cumbre de la colina, fuera de las puertas de Jerusalén, en
el lugar donde se acostumbraba ejecutar a los malhechores vulgares, allí,
digo, han sido elevadas tres cruces. La del medio ha sido reservada para
un hombre considerado como el más grande de los criminales. ¡Vedle clavado
en la cruz! Este hombre es el Príncipe de la vida, es el Señor de gloria,
a los pies del cual los ejércitos celestiales se complacen en verter noche
y día copas llenas de perfumes y alabanzas. ¡Oh misterio de los misterios!...
Se le ha clavado en la cruz; allí está suspendido entre el cielo
y la tierra, herido, ensangrentado, agonizante.
Tiene sed, dama angustiosamente y se le trae vinagre que le aplican
brutalmente a los labios. Sufre, muere, necesita simpatía, pero se le
insulta, gritándole con cruel ironía: «A otros salvó, a sí mismo no se
puede salvar.» Desnaturalizando sus palabras, le desafían ahora a destruir
el templo y reedificarlo en tres días; de manera que, en el propio momento
en que esta predicción se realiza, es burlado por su impotencia para
cumplirla.
¡Oh! Contempladle antes que se extienda el velo
sobre una agonía demasiado aguda para que el ojo humano pueda soportarla.
Miradle... ¿Hubo jamás un rostro tan injuriado como Su rostro? ¿Hubo nunca
un corazón tan pletórico de sufrimientos como Su corazón? ¿Qué ojos
reflejaron, jamás, cual los suyos, el fuego devorador de una agonía
ardiente? ¡Oh! Venid, aproximaos, contempladle; venid y ved ahora a Jesús.
El sol está en eclipse, rehusando iluminar este tristísimo espectáculo. La
tierra tiembla, los muertos se levantan, los horrores de sus sufrimientos
hacen vacilar a la naturaleza entera.
«¡Murió, murió el Santo, el Justo,
Él, el Amigo de los pecadores!...»
Querido oyente: cualquiera que seas, te invito en
este instante a mirar a la cruz de Cristo para ser iluminado. ¿Qué dudas
asaltan tu alma? Cualquiera que sea su naturaleza, hallarán, tenlo por
seguro, una dulce y consoladora solución al pie de la cruz de Cristo. Tal
vez has venido a este lugar de culto dudando de la misericordia de Dios;
mira al Salvador muriendo en el Calvario, y te será imposible seguir
dudando. Si no fuese Dios rico en compasión y abundante en gracia, ¿habría,
te pregunto, enviado a su Hijo, su único, para sufrir y morir? ¿Puedes
suponer que un Padre que arranca a su Amado de su seno, que le ha clavado
en el árbol de la cruz, para que sufra la ignominiosa muerte que nos da la
vida, puedes, digo, suponer que este Padre sea duro, inflexible, sin
entrañas y sin piedad? ¡Afuera tal pensamiento impío! No, nunca se hubiera
levantado la cruz en el Calvario si no hubiera tesoros de compasión en el
corazón de Dios.
Mas, ¿dudas, acaso, de que el Señor puede salvarte?
Estás diciendo ahora: el Santo, el Justo ¿cómo podrá dar gracia a un ser
tan culpable como yo? ¡Ah! Mira, pecador, mira la gran expiación que ha
sido hecha, la inapreciable ofrenda pagada por tu alma. ¿Crees que la
sangre vertida por el cuerpo llagado de Jesús no tiene virtud para lavar
tu alma y justificarla perfectamente? Sin la cruz, es cierto, este
problema habría quedado eternamente insoluble. ¿Cómo podría Dios ser tan
justo, justificando el pecado? Pero mira en el Gólgota al ensangrentado
Sustituto del hombre culpable, y ten en cuenta que el Señor ha aceptado
sus sufrimientos como equivalente de la pena que debían todos aquellos que
creen en El... ¿Osarás, después de esto, decir que la sangre de Cristo no
basta para librar al pecador, dejando, sin embargo, a salvo la invariable
justicia de Dios?
Mas, quizás habrá almas que me dirán: «No dudamos
de la misericordia de Dios en general, ni de su poder para perdonar, pero
lo que dudamos es si su voluntad es perdonamos individualmente.» Queridos
amigos, que de tal suerte habláis, os conjuro por Aquel que está vivo y ha
sido muerto, a que no busquéis la respuesta a esta dificultad en vosotros
mismos; no procuréis, como lo habéis hecho otras veces, considerar de
nuevo vuestros pecados; ellos han hecho todo para perderos, y nada harán
para salvaros. El único lugar donde podéis encontrar una respuesta
consoladora para vuestras almas es al pie de la cruz. Id pues, y entrando
en vuestras casas, en la calma y el silencio, contemplad espiritualmente
la cruz de Cristo. Contemplad allí al Salvador moribundo; ved sus llagas,
sus dolores, su agonía; y después de esto os desafío a que me digáis aún:
«¡dudo de su amor para conmigo!» Sí; la contemplación del Cristo engendra
la fe. Se puede llegar a creer en Cristo con tal que se le contemple; y si
le miráis, conseguiréis la certeza de que su buena voluntad para salvaros
es igual a su poder; sabéis que está lleno de caridad, lleno de tierna
compasión, siempre dispuesto a prestar su ayuda al caído. El que duda es
porque no conoce a Cristo. Si todo el mundo quisiera mirar a Cristo, el
mundo entero creería en Él.
Probad, probad, queridos amigos, a mirar a Cristo,
enseguida, ahora mismo, y sentiréis que todas vuestras dudas se disipan
como por encanto; porqué nada hay que mate más repentinamente toda
incredulidad y desconfianza, que una mirada puesta en los ojos dulces y
amantes del Salvador crucificado.
«Por mi parte -dirá alguien-, si dudo de mi
salvación es porque no puedo ser tan santo como desearía. He procurado
desembarazarme de mis pecados, pero sin conseguirlo. Me he esforzado para
no alimentar malos pensamientos ni cometer malas acciones, pero ¡ay!,
siento aún que mi corazón es engañoso, más que todas las cosas (Jer.
17:9), y que ando siempre errante, lejos de Dios. Creo imposible mi
salvación mientras que me encuentre en tal estado...» ¡Detente, querida
alma! Mira también tú a Jesús y serás iluminado. ¿Qué necesidad tienes de
contemplarte siempre a ti mismo? La gran cuestión del pecador no es
consigo mismo, sino con Cristo. Tú debes ir a Él, tal como estás; enfermo
del alma, trabajado de la conciencia, manchado en tu vida, y pedirle la
salvación. No hace falta que seas primeramente tu propio médico, para ir
luego en busca de ayuda a Cristo; no, debes ir tal como eres. La única
manera en que recibas la salvación, es confiarte sencilla, implícita y
exclusivamente a Cristo. Que sea Él la única columna de tu esperanza y
jamás procures apuntalar con los frágiles estribos de tu propia justicia.
Acuérdate que Jesús puede y quiere salvarte. Sólo te pide que confíes en
El. Las buenas obras vendrán más tarde: ellas son el fruto del Espíritu,
frutos de la última estación, si puede decirse así; mas, por de pronto, tu
obra consiste no en hacer, sino en creer. Mira, pues, a
Jesús y reposa únicamente en El.
«Pero -responde otro- me temo que no siento, como
debiera, la necesidad de un Salvador.» ¡Ah!, siempre el mismo engaño de
Satanás. Tú, hermano mío, te miras también a ti mismo: de ahí viene el
mal. Puede decirse que nuestras dudas y temores no tienen más que una sola
causa, a saber: nuestra obstinación en volver nuestros ojos hacia donde no
debemos. ¿Por qué no miras a la cruz del Calvario? ¿Por qué no miras a
Jesús, como lo hizo él pobre ladrón crucificado a su lado? Tú sabes que él
clamó, diciendo simplemente: «¡Señor, acuérdate de mí cuando vinieres en
tu reino!» Haz lo mismo. Nada te impide, seguramente, el decir a Jesús que
no sientes bastante la necesidad que de El tienes; puedes, si quieres,
enumerándole tus muchas faltas, manifestarle que no estás bastante
convencido de tu profunda indignidad, y añadir a todas tus confesiones la
siguiente súplica: «Señor, ayúdame a confesarte mejor mis pecados, ayúdame
a sentir una compunción más sincera.» Mas, aunque hagas todo esto,
acuérdate de que el arrepentimiento jamás te salvará; la salvación no se
alcanza -no temo volverlo a decir- sino por la sangre de Cristo, por
aquella sangre que se escapó de sus manos, de sus pies, de su costado
alanceado... ¡Ah!, queridos oyentes, os ruego, en el nombre de Aquel en
cuya presencia me encuentro y al cual sirvo, que volváis los ojos de
vuestra alma en este momento hacia la cruz de Cristo. ¡Contempladla! Yo la
levanto hoy en medio de vosotros. Como Moisés levantó la serpiente en el
desierto, así el Hijo del hombre es levantado ante vuestros ojos en este
momento, para que todo aquel que en El creyere no se pierda mas tenga la
vida eterna (Jn. 3:1-16).
Una palabra ahora a vosotros, hijos de Dios, pues
también vosotros tenéis vuestras dudas. ¿Queréis veros libres? ¿Queréis
regocijaros en el Señor con una fe firme y una inquebrantable confianza?
Mirad a Jesús, miradle de nuevo y seréis iluminados. Yo no sé lo que
sucederá a mis queridos hermanos en la fe; pero por mi parte, lo confieso,
mi alma es asaltada a menudo por penosas perplejidades hasta tal punto que
me pregunto con inquietud si tengo o no el más mínimo amor al Salvador.
Y aunque ciertas personas que gozan, según ellas,
de una no interrumpida seguridad de su salvación, se burlan del himno que
comienza con estas palabras: «¡Ay!, temblando se pregunta Sin cesar mi
corazón: ¿Es mi vida para el mundo, O pertenece al Señor?» declaro que,
cuanto a mí, he tenido que cantarlo muchas veces. Aun más; tengo la
convicción de que todo hijo de Dios sufre sus momentos de duda, y que
aquellos que nunca sienten inquietud acerca de su estado son precisamente
los que debieran con más razón sentirla.
Encontré cierto día a un hombre que se jactaba
delante de mí de no haber tenido un solo momento de 'duda desde hacía
treinta años.
-Pues yo conozco a una persona, le respondí, que
por su parte nunca ha tenido duda alguna con respecto a Vd. Mi
interlocutor tomó estas palabras como una cortesía, y dijo con aire
satisfecho: -¿Cómo es esto? ¿Esa persona me conoce tan a fondo? -Sí -repliqué;
tanto que siempre os ha creído el más insigne hipócrita que ha conocido.
Tal era, en efecto, el caso con este infortunado. Y
sin embargo, según él, gozaba hacía largos años la firme seguridad de su
salvación; a creer sus palabras, se sentía escogido de Dios, era, por
decirlo así, un hijo mimado, no le daba miedo la doctrina de la elección;
por el contrario, se complacía en proclamaría y de buena gana la hubiera
escrito en su frente; pero, al mismo tiempo, era el amo más duro, un
opresor de los pobres; y cuando más tarde, llegó él mismo a ser pobre,
cayó hasta el último escalón de la degradación y del vicio.
He citado este ejemplo para probar que no son
siempre los cristianos más sólidos aquellos que más hablan de su seguridad.
Hay pobres almas tímidas, que tocan en realidad las puertas del cielo, y,
no obstante, tiemblan aún, a veces, por temor a ser arrojados en el
infierno; mientras tal o cual orgulloso fariseo marchará, alta la frente y
el corazón tranquilo, por el ancho camino de la perdición.
Sea de ello lo que fuere, queridos amigos, vuestro
deber de salir cuanto antes de estos desfallecimientos de vuestra fe, no
es menor, y por lo mismo os digo otra vez: mirad a Jesús. Tomad como
divisa las siguientes palabras de un eminente cristiano, recogidas de su
lecho de muerte para ser grabadas sobre su tumba:
«Miserable, perdido,
sin fuerza ni defensa,
en tus brazos me abandono
¡oh, Cristo Jesús!
De Ti perdón espero,
de Ti salud y gloria; pues
Tú lo has prometido
y Tú lo harás.»
Nuestras expensas, estemos seguros que los abrojos y
las espinas brotarán en abundancia bajo nuestros pasos. -A El miraron,
y fueron iluminados.
III
Se refiere a que al expirar este mismo cristiano,
interrogado por uno de sus amigos, dijo: «Estoy reuniendo todas mis buenas
obras, arrojándolas al mar y abordando con todas mis fuerzas la tabla de
la salvación por gracia, sobre la cual espero llegar muy pronto a la
gloria.» ¡Haced lo mismo, cristianos! Fijad vuestra mirada constantemente
sobre Cristo SÓLO, y seréis constantemente iluminados; pero si dejáis
errar los ojos de vuestra alma, si primeramente os miráis a vosotros
mismos, dejando a Cristo para luego, ¡oh!, entonces vuestro cuerpo entero
quedará en las tinieblas. ¡A la cruz, hijos de Dios, a la cruz! Id donde
van las ovejas perseguidas por alguna bestia salvaje: id tras vuestro
Pastor. Las fieras temen su cayado; mas para vosotros éste no ha de ser
causa de miedo, sino de consuelo. ¡A la cruz, hermanos míos, a la cruz os
digo, si queréis que vuestra fe se afirme! ¡Ah! Si viviésemos más cerca de
Jesús, si nos uniésemos a Jesús con más frecuencia, si reposásemos sobre
Jesús con más confianza, estoy seguro de que las dudas y temores serían
cosas desconocidas entre nosotros; entonces nuestra vida cristiana
semejaría un sendero suave y llano, sin espinas ni abrojos; pero desde el
momento en que procuramos, de alguna manera, vivir a Mas es tiempo que
volvamos nuestros ojos hacia la gloriosa escena de la RESURRECCIÓN DE
CRISTO. Venid y admirémosla reunidos. La serpiente antigua acaba de herir
el calcañal de la Santa Posteridad de la mujer (Gn. 3:15). El Hijo de Dios,
el Redentor de los hombres, acaba de exhalar el último suspiro, y las
hijas de Jerusalén se lamentan al pie de la cruz. Se envuelve su cuerpo en
un sudario, se le deposita en el sepulcro, y allí duerme tres días y tres
noches. Pero ¡oh prodigio!, el primer día de la semana, Aquel al cual no
podían retener los lazos de la muerte, Aquel cuya carne no debía sentir la
corrupción, ni su alma quedar prisionera en el lugar del silencio, ¡el
mismo Jesús se vuelve a levantar triunfante! En vano le sujetaron con
vendas, El las quitó por su potencia, dejándolas a un lado en perfecto
orden. Vanamente fue sellada la piedra que cerraba el sepulcro: un ángel
desciende del cielo, la quita e inmediatamente sale Jesús triunfante. En
vano los soldados y guardias velaban cerca de la gruta: todos ellos
huyeron, sobrecogidos de terror al aparecer el Príncipe de la vida, el
Vencedor de la muerte, el primer Nacido de la tumba; ¡Él aparece, habiendo
vuelto a tomar la vida por el solo esfuerzo de su voluntad soberana!
Veo, amados míos, entre vosotros, los que visten el
triste traje de luto. Tales personas han perdido acaso el objeto de sus
afecciones más caras. Tengo también ante mí-no puedo dudarlo- muchas almas
constantemente atribuladas por el temor de la muerte; están «toda la vida
sujetas a servidumbre, pensando en las angustias postreras, en la lucha
suprema que todo hijo de Adán ha de sostener al atravesar el Jordán». A
estas dos clases de afligidos me dirijo en este momento: ¡Oh, vosotras
almas de luto y almas tímidas! Venid, os lo suplico, venid a contemplar a
Jesús saliendo de la tumba; fijad bien en vuestro espíritu que estas
palabras tan llenas de esperanza, son literalmente verdaderas: Ahora
Cristo ha resucitado de los muertos, primicias de los que durmieron
es hecho (1~ Co. 15:20). Si; aunque nuestra carne mortal, manchada por
el pecado, debe volver al polvo, desde ahora podemos entonar el canto de
triunfo:
«¡De la muerte el imperio vencimos,
Por el Rey que nos dio la victoria!
Al poder de este mundo servimos,
Mas ahora al Señor de la gloria.»
¡Cobra, pues, ánimo, pobre viuda! Si tu esposo ha
muerto en Jesús, no llores por él, pues Jesús te lo devolverá. ¡Mira!, el
Maestro ha resucitado. No es un fantasma, porque en presencia de sus
discípulos comió de un pez asado y parte de un panal de miel; tampoco un
espíritu, porque El mismo dice: «Palpad y ved: que el espíritu ni tiene
carne ni huesos, como veis que yo tengo» (Lc. 24:39). Su resurrección fue
una palpable realidad.
Hijos de Dios, aprended a moderar vuestro dolor.
Los seres amados que habéis perdido volverán a vivir. Y no solamente los
espíritus, sino los mismos cuerpos vivirán de nuevo. La tumba, el gusano,
la corrupción no hacen más que depurar nuestra carne; al son de la
trompeta del arcángel seremos vestidos de nuevo. ¡Oh, amados míos! No
creáis que el gusano del sepulcro haya comido a vuestros hijos, vuestro
esposo, vuestros amigos o vuestros parientes. Cierto que, bajo el punto de
vista humano, así parece ser; pero ¿qué es el gusano del sepulcro, después
de todo, sino el crisol por el cual debe pasar nuestra pobre y manchada
carne, para que sus impurezas se consuman? Sí; «en un momento, en
un abrir y cerrar de ojos, a la final trompeta... los muertos serán
levantados sin corrupción, y los vivos serán transformados» (1ª Co.
15:52). Entonces ¡oh dicha!, los ojos que la muerte acaba de cerrar, serán
halla-dos por vosotros de nuevo. La mano que habéis visto caer inerte
sobre la cama fúnebre, la estrecharéis otra vez. Los labios que no hace
mucho estaban blancos y fríos, los besaréis aún y oiréis la voz amada,
silenciosa ahora en la tumba... ¡Oh bienaventurada esperanza!, así como el
Maestro resucitó, resucitaremos también nosotros.
Y en cuanto a vosotras, almas temerosas, que
tembláis al solo nombre de la muerte, decid: ¿por qué estos terrores, por
qué estas lágrimas? Jesús ha muerto antes que vosotros. Antes que vosotros
ha franqueado las férreas puertas del sepulcro, y cuando vosotros, a
vuestra vez, tengáis que franquearlas, vendrá El a vuestro encuentro. Nada
temáis, pues.
Una vez más: ¿por qué temblar? Habiendo resucitado
Jesús, también resucitaréis vosotros. No se turba vuestro corazón y
confiad en El. Al depositaros en la tumba, no habrá acabado todo para
vosotros; ¡oh, no!, vuestro despojo mortal será como una simiente puesta
en la tierra en vista de la cosecha eterna. Vuestro espíritu volverá a
Dios, y vuestro cuerpo, después de haber dormido por algún tiempo en el
polvo, será despertado a la inmortalidad. Es necesario que este cuerpo
muera primero, para ser después vivificado; pero cuando haya conocido la
muerte, recibirá la nueva vida. ¡Oh, qué precioso es contemplar por la fe
al Salvador resucitado! A El miraron, y fueron alumbrados. Yo no sé
nada que pueda elevar nuestros espíritus hacia el cielo, como una visión
clara de la resurrección de Jesucristo. Entonces, los amigos que mueren no
son perdidos para nosotros, ellos sólo se nos han adelantado; nosotros
mismos no moriremos; parecerá que morimos, mas en realidad empezaremos a
vivir, porque está escrito: «El que cree en Mí, aunque esté muerto vivirá.»
¡Quiera el Señor que tal sea la porción de cada uno de nosotros!
IV
Y ahora, hermanos míos, con la mayor brevedad
posible, quiero invitaros a mirar a Jesús en su GLORIOSA ASCENSIÓN. Ya
sabéis que cuarenta días después de su resurrección, llevó sus discípulos
a la montaña, y que mientras les hablaba, se separo repentinamente de
ellos, elevándose en los aires, y una nube le recibió llevándole a la
gloria. Procuremos seguirle con la imaginación en su magnífico vuelo hacia
los cielos. ¡Qué brillo, qué esplendor le rodea!
Vedle subiendo, con majestad incomparable, a las
colinas eternas; se aproxima a la Santa Ciudad, a la gran metrópoli del
universo, y repentinamente, los ángeles que abren la marcha exclaman a una
voz: ¡Alzad, oh puertas, vuestras cabezas, y alzaos vosotras, puertas
eternas, y entrará el Rey de gloria! Entonces los espíritus radiantes
que están sobre las almenas de luz, claman a su vez: ¿Quién es este Rey
de gloria? Y los primeros responden: ¡Jehová, el fuerte y valiente,,
Jehová, el poderoso en batalla, Jehová de los ejércitos, El es el Rey de
la gloria! Después, todos reunidos: los que guardan los muros y los
que preceden al Vencedor, entonan el himno de triunfo; y en medio de este
océano de armonía, cuyas vagas melodías llegan hasta las puertas del cielo,
se destacan aún las sublimes notas: ¡Alzad, oh puertas, vuestras
cabezas, y alzaos vosotras, puertas eternas, y entrará el Rey de gloria!
(Sal. 24:7-10). Entra; y bajo sus pies, el ejército celeste, siembra
palmas sin número; y la multitud de los redimidos, saliendo a su encuentro,
arrojan a sus pies, no flores de un día, como las que damos a los
conquistadores de la tierra, sino flores inmortales, coronas
incorruptibles de gloria. Mientras tanto, las bóvedas del cielo hacen
resonar una suave melodía: Al que nos amó y nos ha lavado de nuestros
pecados con su sangre, y nos ha hecho reyes y sacerdotes para Dios y su
Padre; a El sea gloria e imperio para siempre jamás (Ap. 1:5,6). Y
todos los santos y todos los ángeles responden: ¡Amén! ¡Amén! ¡Oh
cristiano, hermano querido, mira estas escenas gloriosas, pues son para ti
ricas en consolación, Jesús ha ganado la victoria y se ha sentado de nuevo
en su trono. Actualmente ¡ay!, tu vida es una continua lucha; has de
combatir, no contra carne y sangre, sino contra principados y potestades.
Acaso esta misma mañana has sido atacado de cerca por el adversario y has
estado a punto de caer. Ciertamente será para ti motivo de admiración el
no haber vuelto la espalda el día de la batalla, pues a menudo has sentido
el temor de huir, como un cobarde, delante del enemigo. Mas no temas: tu
Maestro ha sido más que vencedor y también lo serás tú. Se acerca el día
en el que, con esplendor menor, es cierto, pero de la misma naturaleza,
entrarás tú en el lugar de la bienaventuranza. Cuando mueras, vendrán los
ángeles a tu encuentro en medio de las profundas aguas del río de la
muerte; y, a medida que la corriente fría de la muerte hiele la sangre en
tus venas, tu corazón será calentado por otra corriente, corriente de luz
y calor que emana de la fuente de todo gozo. Y cuando, al fin, te halles
en la otra parte del Jordán, espíritus angélicos, vestidos de inmaculadas
ropas, te darán la bienvenida; ellos te acompañarán hacia la Santa Ciudad,
cantando alabanzas a Jesús y saludándote cual nuevo trofeo de su poder.
Luego, las puertas del cielo se abrirán delante de ti, y Cristo, tu
Maestro, viniendo a tu encuentro te dirá: Bien, buen siervo y fiel;
entra en el gozo de tu Señor (Mt. 25:21). Entonces sentirás que
participas de Su triunfo como participabas aquí abajo de sus luchas y sus
dolores. Que tales pensamientos te reanimen ¡oh cristiano! Tu ilustre
Capitán ha ganado una brillante victoria y te ha dejado una gloriosa
bandera, que jamás fue empañada por la derrota, aunque con frecuencia haya
sido mojada con la sangre de sus defensores.
Otro aspecto bajo el cual os exhorto, queridos
hermanos, a mirar a Jesús, es en su oficio de intercesor. Vedle
sentado en el cielo, a la diestra del Padre; subió a los cielos y llevó
cautiva a la cautividad, y actualmente ora sin cesar por nosotros,
semejante al sumo sacerdote de los tiempos antiguos, y extiende los brazos
al trono de Dios. Su actitud está llena de majestad; y no es un tímido y
servil suplicante; no hiere su pecho, ni tiene fija su vista en el suelo,
sino que con autoridad ruega por nosotros. Sobre su cabeza brilla la
deslumbrante tiara, insignia del sacerdote, y sobre su pecho brillan las
piedras preciosas, donde están grabados para toda una eternidad los
nombres de sus elegidos. Escuchadle mientras ora. ¿No reconocéis la
súplica que, en este instante, presenta ante su Padre?... ¡Oh caridad
maravillosa! ¡Es la misma que acabáis de elevar hacia El! Sí, la oración
que esta mañana se elevó de vuestro corazón, la ofrece Cristo ahora ante
el tron9 de la gracia. El voto que hace un momento se escapaba de vuestros
labios, cuando decíais: «¡Señor, ten piedad de mi! ¡Señor se propicio!» -este
voto lo repite Cristo en el cielo. El es a la vez Altar y Pontífice, y con
su propio sacrificio perfuman nuestras oraciones. Sin embargo, alma
suplicante, es posible que hayas clamado a Dios día tras día, sin haber
obtenido respuesta. Es posible que hayas buscado al Señor y no te haya
oído; o, cuando menos, que no te haya escuchado según tus deseos; en tu
profunda angustia has clamado a El, pero los cielos te han semejado de
bronce, pareciendo que el Altísimo rechazaba tu demanda; y por esta causa
estás confundida y abatida. ¡Mira a Jesús, pobre alma, a Jesús
intercediendo por ti, y serás iluminada! Si tú no has sido escuchada, lo
será Él; si Dios no ha hecho caso de tus súplicas, lo hará de las Suyas;
si tus oraciones son semejantes al agua derramada sobre una roca, las
Suyas no correrán la misma suerte. El es el Hijo de Dios, y obtiene lo que
pide. Dios no puede rehusar nada a su Hijo, porque este Hijo ha
conquistado, de antemano, las gracias que solicita, al precio de su sangre.
¡Ah! recobra, pues, el ánimo, persevera en tus súplicas; mira a Cristo y
serás iluminado.
V
Finalmente, para terminar, miremos a Jesús en SU
SEGUNDA VENIDA.
Me dirijo principalmente a vosotros, cristianos,
mis compañeros de servicio, que sentís fatiga ante el ruido y el tumulto
del mundo, ante los vicios y la iniquidad del presente siglo. Habéis
gastado vuestra vida luchando contra el reino del pecado; pero a veces os
parece, ¡ay!, que todos vuestros esfuerzos han sido vanos. Las columnas
del infierno están sólidas como nunca, el negro palacio de Satán está
también firme sobre su base. Habéis dirigido contra esa formidable
fortaleza todas las baterías de la oración, toda la potencia de Dios, y
difícilmente podéis distinguir una brecha. El mundo continúa pecando, por
sus ríos circula aún la sangre, sus llanos son manchados todavía por las
danzas lascivas y sus ecos repiten aún la canción impura o el juramento
profano. Dios no es honrado, el hombre siempre vil; y decís con tristeza:
«Es en vano continuar combatiendo, hemos emprendido una tarea que no podrá
acabarse. Los reinos de la tierra nunca serán los reinos del Señor y de su
Cristo...» Hermanos míos en Jesús ¿por qué estos desfallecimientos? ¿Por
qué esta falta de ánimo? Mirad a Jesús y seréis iluminados. ¡He aquí El
viene, El viene, Él viene pronto!, y lo que nosotros no hemos podido hacer
en seis mil años, lo hará El en un abrir y cerrar de ojos. ¡He aquí Él
viene, El viene para reinar! Cierto que nunca llegaremos a construir su
trono; pero cuando El aparezca, elevará por sí mismo sus dos columnas de
luz, y se sentará en su gloria rodeado de sus santos para juzgar todos los
pueblos en medio de Jerusalén. Quizás hoy, antes que el sol se oculte tras
el horizonte, vendrá Cristo; porque el día ni la hora, nadie lo sabe,
ni aun los ángeles de Dios. Sí; mientras estoy hablando, puede
aparecer el Señor en las nubes. De nada nos servirá entregarnos a vanas
conjeturas cuanto a la época precisa de su advenimiento; está escrito que
vendrá como ladrón, de noche; mas si vendrá «a la media noche o al
canto del gallo, o a la mañana» no nos es permitido saberlo. La Escritura
deja completamente en la sombra este punto, y todos los cálculos de la
ciencia humana, todas las interpretaciones apocalípticas, no conseguirán
jamás esclarecerlo. Pero sea de ello lo que fuere, el hecho en sí no es
menos cierto: Cristo vendrá. ¡Ah! ¡Es mi gozosa esperanza que vendrá
mientras estoy sobre la tierra! Tal vez muchos de los que en este momento
están aquí, vivirán a la venida del Hijo del hombre. ¡Gloriosa perspectiva!
Todos ciertamente no dormiremos; mas todos seremos transformados; y los
que vivimos, los que quedamos, juntamente con ellos seremos arrebatados en
las nubes a recibir al Señor en el aire, y así estaremos siempre con el
Señor (1ª Co. 15:51; 1ª Ts. 4:17). Y si tuvieses que morir
antes de este día feliz, he aquí, cristiano, cuál es tu esperanza:
Vendré otra vez, dice el Señor, y os tomaré a Mí mismo; para que
donde Yo estoy, vosotros también estéis (Jn. 14:3). En unión con esto
tienes el deber siguiente: Estad apercibidos; porque el Hijo del hombre
ha de venir a la hora que no pensáis (Mt. 24:44). ¡Oh! ¿Cómo no pondré
manos a la obra con nuevo ardor, estando Cristo a la puerta? ¿Cómo podré
retroceder ante los trabajos más duros, sabiendo que mi Maestro viene, que
su salario va con El y que la recompensa marcha a su delantera para dar a
cada uno según sus obras? No; no quiero rendir las armas, no quiero
entregarme a una cobarde desesperación, pues oigo ya sonar a lo lejos la
trompeta final. Oigo así como el estruendo de un gran ejército que avanza:
son las falanges conquistadoras, los últimos héroes del Señor. Este tiempo
de glorioso despertamiento es el momento decisivo de la batalla; ruda ha
sido la lucha, ardiente y furiosa la pelea; pero la trompeta del Vencedor
comienza a vibrar en los aires; ya el ángel la lleva a su boca para hacer
oír sus estridentes sones al universo. Ya se han oído al otro lado del
Atlántico (alusión a un despertamiento habido en América), y van a
repercutir entre nosotros; y si nosotros no los oímos, los oirán nuestros
sucesores; es nuestra confianza firme. Si, El viene, y todo ojo lo verá, y
los que lo crucificaron lamentarán sobre El; mas el justo se regocijará y
ensalzará Su nombre. A El miraron, y fueron iluminados.
Recuerdo que, hace algún tiempo, terminé una serie
de predicaciones sobre estas tres palabras: «Jesús, Jesús, Jesús», y creo
lo mejor acabar este discurso de la misma manera. Pero antes, he de
dirigir algunas palabras a una pobre alma abatida que se halla en este
auditorio, y se pregunta ansiosamente si hay para ella gracia cerca de
Dios. «¡Ah, predicador del Evangelio! -pensará ella-, es hermoso decirnos:
Mirad a Jesús, mirad a Jesús; pero resta aún poderlo mirar. ¿Qué hacer
estando ciego?» ¿Qué hacer, querido oyente? Óyelo: Vuelve tus órbitas
vacías hacia la cruz, pues la misma claridad que ilumina a los que ven da
la vista a los ciegos. Si no puedes creer aún, mira al menos, considera,
pesa maduramente las cosas, y, mirando y reflexionando, serás hecho capaz
de creer.
Jesús no exige nada de ti; te invita simplemente a
creer que murió por salvarte. Si te sientes hoy un pecador culpable, y
perdido, sólo pide de ti que quieras creer en El, reposar en El, confiar
en El. ¿No es bien poco lo que te pide? Ve, pues, pobre alma, arrójate en
los brazos de Jesús; acógete a sus promesas, abandónate enteramente en sus
manos misericordiosas, y no podrás comprender el gozo que inundará tu
corazón desde el instante en que creerás en El.
¡Oh, pecadores angustiados: Dios ha querido que os
trajese hoy un mensaje de paz! Escuchad la voz de Jesús que os llama en
este mismo instante. ¡MIRAD A MI y sed salvos todos los términos de la
tierra; porque yo soy Dios y no hay más! ¡Mirad, mirad, y mirando
viviréis!
Que todas las bendiciones del Señor posen sobre
cada uno de vosotros, queridos oyentes, y podáis contemplar, desde ahora,
sin cesar, por la fe, al Ser adorable que amamos y que deseamos haceros
amar, a saber: Jesús, Jesús, Jesús.
*** |