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"Sí no hubiera venido, ni les hubiera hablado, no
tendrían pecado; mas ahora no tienen excusa de su pecado" (Juan
15:22)
El pecado característico de los judíos, el pecado
qué agravó principalmente sus antiguas iniquidades, fue el rechazamiento
de Jesucristo como Mesías. Él había sido claramente descrito en los libros
de los profetas, y aquellos que lo esperaban, tales como Simeón y Ana, tan
pronto como lo contemplaron, aún en su condición de niño, se regocijaron
de verle, y entendieron que Dios había enviado su salvación. Pero
Jesucristo no respondía a la expectación de aquella perversa generación; y
por no venir rodeado de pompa e investido de poder, por no presentarse con
el ornamento exterior de un príncipe ni los honores de un rey, escondieron
de Él su rostro; como "raíz de tierra seca", fue "menospreciado y no lo
estimaron". Pero su pecado no paró ahí. No contentos con negar su
mesianidad, fueron en gran manera vehementes en su furor contra Él; lo
acosaron durante toda Su vida buscando Su sangre, y solamente se dieron
por satisfechos, y su infernal malicia fue totalmente saciada, cuando al
pie de la cruz pudieron contemplar los dolores de muerte y las agonías de
la expiración de su crucificado Mesías. Aunque sobre la misma cruz fueron
escritas las palabras "Jesús de Nazaret, Rey de los Judíos", ellos no lo
reconocieron como su rey, ni como el Hijo eterno de Dios; y no
conociéndolo, lo crucificaron, "porque si lo hubieran conocido nunca
hubieran crucificado al Señor de gloria.
Y ahora, el pecado de los judíos es continuamente
repetido por los gentiles; lo que aquellos hicieron una vez, muchos lo
hacen cada día. ¿No hay muchos de vosotros aquí presentes hoy, oyendo mi
voz, que habéis olvidado al Mesías? No os tomáis la molestia de negarle,
ni os degradaríais en un país llamado cristiano, blasfemando su nombre.
Quizá vuestra doctrina sea correcta en lo que a Él se refiere, y creáis
que es el Hijo de Dios así como el hijo de María; pero aún así,
menospreciáis sus deseos, y no le rendís el honor que merece ni lo
aceptáis como digno de vuestra confianza. No es vuestro Redentor; no
esperáis su segunda venida ni ser salvos por su sangre. Y, lo que es peor,
hoy lo estáis crucificando, porque, ¿no sabéis que todos los que rechazan
el Evangelio de Cristo crucifican de nuevo al Señor y abren de nuevo sus
heridas? Siempre que oigáis predicar la Palabra y la rechacéis, siempre
que seáis amonestados y ahoguéis la voz de vuestra conciencia, siempre que
tembléis y no obstante digáis: "Déjame tranquilo por ahora; te volveré a
llamar cuando tenga una ocasión más propicia", empuñáis el martillo y los
clavos, y, de nuevo, taladráis sus manos y pies, y hacéis brotar la sangre
de su costado. Y, además, herís sus miembros de otras diferentes maneras;
tantas veces como despreciáis a sus ministros, o ponéis piedras de
tropiezo en el camino de sus siervos, o estorbáis el Evangelio con vuestro
mal ejemplo, o tratáis de desviar del camino al que busca la verdad, con
vuestras aviesas palabras; tantas veces como hagáis estas cosas, cometéis
la iniquidad que atrajo la maldición sobre los judíos, maldición que los
condenó a vagar errantes por la tierra hasta el día de la segunda venida,
cuando vendrá Aquel que, aún por Israel, será reconocido como rey,
por quien judíos y gentiles velan en ansiosa expectación; aquel Mesías, el
Príncipe que una vez vino para sufrir, pero que ahora viene para reinar.
Y esta mañana trataré de mostraros el paralelismo
que existe entre vuestro caso y el de aquellos judíos; y lo haré, no con
palabras estudiadas, sino conforme Dios quiera ayudare; apelando a
vuestras conciencias, haciéndoos sentir que, al rechazar a Cristo,
cometéis el mismo pecado e incurrís en la misma condenación. Notaremos,
antes que nada, la excelencia del ministerio, puesto que Cristo está
patente en él para hablar a los pecadores: "Si no les hubiera hablado".
En segundo lugar, advertiremos cómo el rechazar el mensaje de Cristo
agrava el pecado del hombre: "Si no les hubiera hablado no tendrían
pecado". En tercer lugar, que la predicación de la Palabra acaba con
todas las excusas: "Mas ahora no tienen excusa de su pecado". Y por
último, anunciaremos brevemente, aunque en forma muy solemne, la
sentencia terriblemente agravada de aquellos que, rechazando al Salvador
aumentan la culpa con su desprecio.
1. En primer lugar, pues, nos toca declarar, y declarar
con toda verdad, que POR LA PREDICACIÓN DEL EVANGELIO SE TRAE A LA
CONCIENCIA DEL HOMBRE LA VENIDA DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO, Y LAS
PAAABRAS DEL SALVADOR POR MEDIO DE LAS NUESTRAS. Cuando Israel despreció
antaño a Moisés y murmuró contra él, Moisés mansamente le dijo: "Vuestras
murmuraciones no son contra nosotros, sino contra Jehová". Y el ministro,
con la garantía de la Escritura, puede decir lo mismo con toda justicia:
El que nos desprecia, no nos desprecia a nosotros, sino a Aquel que nos ha
enviado; quien rechaza el mensaje, no rechaza lo que nosotros decimos,
sino el mensaje del Dios eterno. El ministro no es más que un hombre, no
tiene poder sacerdotal alguno, pero es llamado de entre los demás y dotado
con el Espíritu Santo para hablar a sus semejantes. Y cuando anuncia la
verdad con el poder que viene del cielo, Dios lo reconoce, lo nombra su
embajador y lo eleva a la alta y responsable posición de atalaya en los
muros de Sión, e insta a todos los hombres a tener en cuenta que
despreciar y pisotear aquel fiel mensaje, fielmente transmitido, es
rebelión contra Dios, y pecado e iniquidad contra el Altísimo. Si yo
hablara como hombre, sería muy poco lo que dijera, pero si lo hago como
embajador del Señor, guardaos muy bien de menospreciar el mensaje. Lo que
nosotros predicamos con el poder del Santo Espíritu es la Palabra de Dios
enviada desde el cielo, rogándoos encarecidamente que la creáis. Y no
olvidéis que si rechazáis lo que os decimos, no con palabras nuestras,
sino con las del Espíritu del Señor nuestro Dios que habla por nosotros,
ponéis en peligro vuestras propias almas. Con cuánta solemnidad inviste
esto al ministerio del Evangelio! ¡Oíd vosotros, hijos de los hombres!, el
ministerio no es palabra humana, sino voz de Dios por medio de los
hombres. Los que en verdad han sido llamados y enviados como siervos de
Dios no son los autores de su mensaje, sino que primero lo reciben de su
Maestro y luego lo anuncian a la gente, teniendo siempre ante sus ojos
aquellas solemnes palabras: "Ten cuidado de ti mismo y de la doctrina;
persiste en ello, pues haciendo esto, a ti mismo salvarás y a los que te
oyeren"; y a sus espaldas resuena la tremenda amenaza: "Y si tú no lo
amonestares, él morirá, mas su sangre demandaré de tu mano". Ojalá
pudierais ver escritas con letras de fuego delante de vosotros las
palabras del profeta: "¡Tierra, tierra, tierra, oye Palabra de Jehová!";
porque, mientras el ministerio sea fiel y sin error, es la Palabra de Dios,
y tiene tanto derecho a ser creída como si en vez de ser pronunciada por
medio del humilde ministro de su Palabra, fuese el mismo Dios quien
hablara desde la cima del Sinaí.
Y ahora, detengámonos un momento en esta doctrina
para hacernos una solemne pregunta: ¿no hemos pecado todos nosotros
grandemente contra Dios por la poca atención que frecuentemente hemos
prestado a los medios de la gracia? ¿Cuántas veces hemos estado ausentes
de la casa de Dios cuando Él mismo estaba hablando allí? ¿Qué hubiera sido
de Israel si, cuando fue citado aquel día sagrado para oír la Palabra de
Dios desde la cima de la montaña, hubiese vagado tercamente por el
desierto en lugar de ir a escucharla? Y esto es lo que vosotros habéis
hecho. Habéis buscado vuestro propio placer y habéis corrido tras los
cantos de sirena de la tentación, haciendo oídos sordos a la voz del
Altísimo. Y cuando El ha hablado en su casa, habéis seguido por caminos
perversos y habéis tenido en poco la voz del Señor vuestro Dios. Y si
vinisteis alguna vez, ¡qué mirada tan distraída la vuestra y que oídos tan
poco atentos! Escuchasteis como si no oyeseis. Vuestro oído percibió las
palabras, pero el hombre escondido en vuestro corazón permaneció sordo
como una víbora, y por más sabios que fueron nuestros encantamientos, ni
los oíais ni los mirabais. Dios mismo ha hablado también muchas veces a
vuestra conciencia de forma que lo oyerais. ¡Cuantas veces os habéis
tenido que sentar en los bancos porque de pie, en el pasillo, las rodillas
os temblaban al oír tronar a algún poderoso Boanerges con voz de ángel:
'Aparéjate para venir al encuentro de tu Dios -medita sobre tus caminos-,
ordena tu casa, porque morirás y no vivirás". Pero a pesar de ello,
salisteis de la casa de Dios y olvidasteis la clase de personas que erais.
Apagasteis el Espíritu; sentisteis aversión hacia el Espíritu de gracia;
echasteis lejos de vosotros los remordimientos de conciencia; ahogasteis
las oraciones que nacían en vuestro corazón y que pugnaban por salir;
estrangulasteis aquellos deseos recién nacidos que comenzaban a brotar;
alejasteis de vosotros todo lo que era bueno y santo; os volvisteis por
vuestros propios caminos, y os perdisteis una vez más en las montañas de
pecado y en los valles de iniquidad. ¡Ah!, amigos míos; pensad, pues, por
un momento, que en todas estas cosas habéis despreciado a Dios.
Estoy cierto que, si el Espíritu Santo quisiera esta mañana grabar en
vuestras conciencias esta solemne verdad, esta sala de conciertos se
convertiría en casa de luto, este lugar seria un Boquim, lugar de llanto y
lamento. ¡Oh, haber despreciado a Dios, haber pisoteado al Hijo del
Hombre, haber pasado de largo por su cruz, haber rechazado los arrullos de
su amor y los avisos de su gracia! ¡Cuán solemne es todo esto! ¿Habéis
pensado alguna vez en ello? Habéis creído despreciar a un hombre, pero es
a Cristo a quien habéis despreciado; porque El es quien os ha hablado.
Dios me es testigo de que Cristo ha llorado a menudo por mis ojos y
hablado por mi boca. No he anhelado otra cosa que ganar vuestras almas.
Unas veces con torpes palabras y otras con plañideros acentos, he
procurado llevaros a la cruz del Redentor. Sé que no lo hice por mí mismo,
sino que Jesús habló por mis labios; y por cuanto oísteis y llorasteis,
aunque luego os marcharais y el olvido se lo llevará todo, recordad que
fue Cristo quien os habló. Él fue quien os dijo: "Mirad a mí y sed
salvos todos los términos de la tierra", "venid a mí todos los que
estáis trabajados y cargados"; Él fue quien os amonestó, diciéndoos que,
si despreciabais esta salvación tan grande, pereceríais. Y al haber
desoído el aviso y rechazado la invitación no nos habéis menospreciado a
nosotros, sino a nuestro Señor; y ¡ay de vosotros si no os arrepentís!,
porque terrible cosa es el haber tenido en poco la voz del que habla desde
el cielo.
II. Y ahora debemos considerar el segundo punto, es
decir, que EL RECHAZAR EL EVANGELIO AGRAVA EL PE-CADO DEL HOMBRE. Ahora
bien, no quisiera que nadie me interpretara mal. Sé de personas que,
habiendo ido a la casa de Dios, han sido invadidas por una sensación de
pecado, para luego llegar casi a la desesperación, porque Satanás las ha
tentado a marcharse, diciéndoles: "Cuanto más vayas mayor será tu
condenación". Mas creo que ello es un gran error; no aumentaremos nuestra
condenación por ir a la casa de Dios, sino más bien quedándonos fuera;
porque de esta manera existe un doble rechazamiento: rechazamiento de
intención, y de espíritu. Si vosotros desdeñáis el yacer en el estanque de
Betesda, vuestra situación es aún peor que la de aquel enfermo que no
podía descender a las aguas. Si no queréis estar allá y, por lo tanto,
despreciáis el oír la Palabra de Dios, os atraéis terrible condenación.
Pero si acudís a la casa de Dios buscando sinceramente bendición, aunque
no encontréis consuelo, aunque no encontréis gracia, si vais allí
devotamente en pos de ella, vuestra condenación no será mayor por esto.
Vuestro pecado no será agravado simplemente por oír el Evangelio, sino por
rechazarlo de modo consciente e impío una vez lo habéis oído. El hombre
que oye la voz del Evangelio y vuelve la espalda con una sonrisa, el tal
aumenta su culpa en la más horrible medida.
Y ahora, repararemos en por qué aumenta su pecado
en doble medida. En primer lugar; porque agrega a los que ya tiene uno
nuevo que antes no tenía, y además, porque agrava todos los otros.
Traedme un hotentote o un habitante de Kamschatka, un indómito salvaje que
nunca haya escuchado la Palabra. Ese hombre podrá tener en su haber todos
los pecados y delitos que existen, pero aún le faltará uno. Estoy seguro
que no tiene el de rechazar el Evangelio, porque no le ha sido predicado.
Pero vosotros, cuando lo oís, tenéis la oportunidad de cometer una nueva
trasgresión; y si así lo hacéis, añadís una nueva iniquidad a todas las
que ya pesan sobre vuestras cabezas. Frecuentemente, algunos, que se han
apartado de la verdad, me han censurado porque predico la doctrina de que
los hombres pecan al rechazar el Evangelio de Cristo. No me importan
cuantos títulos injuriosos puedan darme: estoy seguro de tener el apoyo de
la Palabra de Dios para predicar de esta manera, y no creo que en ningún
hombre pueda ser él a las almas de los demás y libre de su sangre si,
frecuente y solemnemente, no hace hincapié sobre el asunto de tan vital
importancia. "Cuando Él el Espíritu, de verdad viniere reargüirá al mundo
de pecado, y de justicia, y de juicio: de pecado ciertamente, por cuanto
no creen en mí". "Esta es la condenación: porque la luz vino al mundo, y
los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran
malas." "El que no cree, ya es condenado, porque no creyó en el nombre del
unigénito Hijo de Dios." "Si Yo no hubiese hecho entre ellos obras cuales
ningún otro ha hecho, no tendrían pecado; mas ahora, y las han visto, y me
aborrecen a mi y a mi Padre." "¡Ay de ti, Corazín! ¡Ay de ti, Betsaida!,
que si en Tiro y en Sidón hubieran sido hechas las maravillas que se han
hecho en vosotras, ya días ha que, sentados en silicio y ceniza, se
habrían arrepentido. Por tanto, Tiro y Sidón tendrán más remisión que
vosotras en el juicio." "Si no hubiera venido, ni les hubiera hablado, no
tendrían pecado; mas ahora no tienen excusa de su pecado." "Por tanto, es
menester que con más diligencia atendamos a las cosas que hemos oído,
porque acaso no nos escurramos. Porque si la palabra dicha por los ángeles
fue firme, y toda rebelión y desobediencia recibió justa paga de
retribución, ¿cómo escaparemos nosotros, si tuviéremos en poco una
salvación tan grande?" "El que menospreciare la ley de Moisés, por el
testimonio de dos o tres testigos muere sin ninguna misericordia. ¿Cuánto
pensáis que será más digno de mayor castigo el que hollare al Hijo de Dios,
y tuviere por inmunda la sangre del testamento en la cual fue santificado,
e hiciere afrenta al Espíritu de gracia? Sabemos quién es el que dijo: Mía
es la venganza, yo daré el pago, dice el Señor. Y otra vez: El Señor
juzgará su pueblo. Horrenda cosa es caer en las manos del Dios vivo." He
estado citando, como habréis visto, algunos pasajes de la Escritura, y si
ellos no significan que la incredulidad es un pecado, pecado que,
sobre todos los demás, condena las almas de los hombres-, no significan
nada en absoluto, y no son más que letra muerta en la Palabra de Dios. El
adulterio y el asesinato, y el robo y la mentira son pecados que traen
condenación y muerte; pero el arrepentimiento puede limpiarlos por la
sangre de Cristo. Mas el rechazar a Cristo quita del hombre toda esperanza.
El asesino, el ladrón y el borracho pueden entrar en el reino de los
cielos si, arrepintiéndose de sus pecados, confían en la cruz de Cristo;
pero con estos pecados, todo aquel que no crea en el Señor Jesucristo,
está irremisiblemente perdido. Y ahora, mis oyentes, consideraréis por un
momento cuán horrible pecado es éste que añadís a los que ya tenéis. Todos
los demás tienen su morada en las entrañas de éste: el rechazar a Cristo.
En él se halla el asesinato; porque si un hombre en el cadalso rechaza el
perdón, ¿no se asesina a sí mismo? El orgullo también se cobija en él; tú
rechazas a Cristo porque tu orgulloso corazón te impide ir a El. Y la
rebelión, porque eres rebelde a Dios, por cuanto rechazas a Cristo. Y la
alta traición, ya que rechazas a un rey; apartas de ti a Aquel que es
coronado rey de la tierra, y te haces reo del más grande de los delitos.
¡Oh, que terrible!, pensar que el Señor Jesucristo viniera del cielo, que
colgara del madero, que allí expiara en dolorosa agonía, y que desde
aquella cruz, bajando sus ojos sobre ti, dijera: "Venid a mí todos los que
estáis trabajados y cargados"; y que a pesar de ello continuarás apartado
de Él; de todas las heridas, ésta sería la más cruel que podrías
infligirle. ¿Hay algo más inhumano y diabólico que apartar tu rostro de
Aquel que dio su vida por ti? ¡Ojalá fueras tan sabio que comprendieras
esto, que consideraras tu último fin!
Empero, no solamente añadimos un nuevo pecado a la
lista de los que ya tenemos, sino que agravamos todos los demás.
Vosotros, los que habéis oído el Evangelio, no podéis pecar tan
groseramente como otras personas. Cuando los incultos e ignorantes pecan,
sus conciencias no les remuerden, y no hay la misma culpa en el pecado del
culto que en el del que nada sabe. ¿Has robado alguna vez? Mala cosa fue,
pero si oyes el Evangelio y continúas robando, serás sin excusa un ladrón.
El mentiroso tendrá su parte en el lago; pero si miente después de oír el
Evangelio parecerá como si el fuego del Tofet fuese aventado con furia
centuplicada. El que peca ignorantemente tiene algo de disculpa, pero el
que lo hace contra la luz y el conocimiento, peca osadamente; y bajo la
ley no había expiación para esto, porque los pecados de osadía quedaban
fuera de los límites de la expiación legal; aunque, bendito sea Dios,
Cristo ha expiado también éstos, y el que cree es salvo a pesar de su
culpa. ¡Oh!, os suplico que no olvidéis que el pecado de incredulidad
ennegrece a todos los demás pecados. Es como Jeroboam, del que se dice que
pecó e hizo pecar a Israel. Así pues, la incredulidad es pecado, y nos
lleva a cometer todos los demás. La incredulidad es la lima con que
afiláis el hacha, la cuchilla y la espada que usáis en vuestra rebelión
contra el Altísimo. Vuestros pecados serán sobremanera pecado cuanto menos
creáis en Cristo, cuanto más lo conozcáis y cuanto más lo rechacéis. Esta
es la verdad de Dios; pero una verdad que ha de ser anunciada con temor y
muchos gemidos en nuestros espíritus. ¡Oh!, tener que daros tal mensaje a
vosotros; a vosotros digo, porque si hay gente bajo el cielo a
quien este texto le sea apropiado esa gente está aquí. Si hubiera en el
mundo quienes tuvieran que dar más cuenta que otros, esos seríais vosotros.
Hay otros muchos, sin duda, que están en igualdad de condiciones, que
tienen un ministro fiel y celoso; pero tan cierto como que Dios juzgará
tanto a vosotros como a mí en el día del Juicio, puedo decir que he hecho
todo cuanto he podido para ser leal a vuestras almas. Jamás he tratado en
este púlpito de ensalzar mi sabiduría con palabras difíciles o con un
lenguaje rebuscado. Os he hablado claramente; y no ha salido de mi boca ni
una sola palabra, creo yo, que no haya sido entendida por todos. Habéis
oído un Evangelio sencillo. No he subido aquí y os he predicado
fríamente. Conforme ascendía por aquellos escalones pude decir que "la
carga del Señor era sobre mí"; porque mi corazón llegó hasta aquí oprimido
y el alma me quemaba en las entrañas. Y si alguna vez he predicado
débilmente, mis palabras pueden haber sido torpes y el lenguaje poco
adecuado, pero mi corazón nunca ha estado falto. Toda mi alma ha
sido derramada en vosotros; y si hubiera podido revolver cielos y tierra
para encontrar palabras con que ganaros para el Salvador, lo habría hecho.
No he rehuido el reprenderos, ni me he andado con contemplaciones. He
hablado a esta generación de sus iniquidades, y a vosotros de vuestros
pecados. No he dulcificado la Biblia para amoldarla a la mente carnal de
los hombres. Yo he dicho condenado donde Dios dice condenado, y no
he tratado de suavizarlo diciendo "culpable". No me he andado con rodeos,
ni he tratado de encubriros o disimularos la verdad, sino que, en
conciencia, delante de Dios, he procurado engrandecer el Evangelio
encarecidamente y con poder, con un sencillo, franco, celoso y honrado
ministerio. No me he guardado las doctrinas gloriosas de la gracia, aunque
al predicaras, los enemigos de la cruz me hayan llamado antinomiano; ni
tampoco he tenido miedo de predicar la solemne responsabilidad del hombre,
aunque otros me hayan catalogado injustamente como arminiano. Y cuando os
digo esto, no lo hago para gloriarme, sino para increparos, si es que
habéis rechazado el Evangelio, porque entonces habréis pecado mucho más
gravemente que cualquier otro hombre. Al desechar a Cristo, una doble
medida del furor y de la ira de Dios caerá sobre vosotros. Así pues, el
pecado se agrava al rechazar a Cristo.
III. Y ahora, en tercer lugar, LA PREDICACIÓN DEL
EVANGELIO DE CRISTO ACABA CON TODAS LAS EXCUSAS DE AQUELLOS QUE LO OYEN Y
LO RECHAZAN.
"Ahora no tienen excusa de su pecado." Las excusas
sirven de bien poco cuando hay un ojo que todo lo ve. En el gran día de la
tempestad de la ira de Dios, las excusas serán un refugio muy pobre; pero
a pesar de ello, el hombre siempre las encuentra. En los días de frío y
lluvia vemos cómo la gente se emboza en sus capas y si no tienen otro
refugio o cobijo, se sienten, en cierto modo, confortados por la prenda. E
igual os ocurre a vosotros; podéis buscar entre todos, si es posible, una
excusa para vuestro pecado; y cuando la conciencia os punce con sus
remordimientos, intentad curar la herida con ella. Y en el mismo día del
juicio, aunque una capa será una pobre cobertura, siempre será mejor que
nada. "Mas ahora no tenéis excusa por vuestro pecado." El viajero ha sido
dejado bajo la lluvia sin cobertura, expuesto a la tempestad sin la prenda
que una vez le sirvió de abrigo. "Ahora no tenéis excusa por vuestro
pecado"; ha sido descubierto, averiguado y desenmascarado; sois
inexcusables sin un manto que cubra vuestra iniquidad. Y ahora, permitidme
solamente considerar cómo la predicación del Evangelio, cuando es
fielmente realizada, acaba con todas las excusas del pecado.
En primer lugar, alguien podría levantarse y decir:
'Yo no sabía que estaba haciendo mal cuando cometí tal o cual iniquidad".
Pero nadie puede hablar así. Dios os ha dicho solemnemente por su
ley lo que es malo. Hay diez mandamientos, y además los comentarios de
nuestro Maestro que los amplían y nos dicen que el antiguo precepto de "No
cometerás adulterio", prohíbe también las miradas lascivas y los ojos de
malicia. Si el cipayo comete iniquidad, hay excusa para él. Yo no dudo que
su conciencia le dice que ha hecho mal; pero su sagrado libro le enseña
que obra bien, y ésa es su excusa. Si el mahometano se entrega a la
lujuria, tampoco me cabe la menor duda de que su conciencia se lo reprocha,
pero sus libros sagrados le conceden tal libertad. Mas vosotros que tenéis
la Biblia en casa, y profesáis creer en ella; vosotros que tenéis a sus
predicadores en todas vuestras calles, cuando pecáis lo hacéis con la
proclamación de la ley sobre vuestras cabezas, ante vuestros ojos; violáis
conscientemente la ley que os es de sobra conocida, la ley que vino del
cielo para vosotros.
Tú puedes decir también: "Cuando pequé ignoraba
cuán grande sería mi castigo". De esto, también por el Evangelio, eres
inexcusable; porque, ¿No te dijo Jesucristo, y te lo dice cada día, que
aquellos que no le tienen a El serán echados a las tinieblas de fuera
donde será el llanto y el crujir de dientes? ¿No dijo Él: "Irán éstos al
tormento eterno y los justos a la vida eterna"? ¿No declara Él mismo que
el impío será quemado en el fuego inextinguible? ¿No te ha hablado de un
lugar donde hay un gusano que nunca muere y un fuego que nunca se apaga?
Tampoco los ministros del Evangelio han rehuido el hacértelo saber. Has
pecado aún sabiendo que te acarreabas la perdición. Has bebido la pócima
envenenada conociendo su emponzoñamiento: sabías que en cada gota de la
copa abrasaba la condenación, pero la apurabas hasta las heces. Has
destruido tu alma con pleno conocimiento; eres como el simple que va al
cepo, como el buey que va al matadero, y como el cordero que lame el
cuchillo del carnicero. Por todo lo cual, te has quedado sin excusa.
Quizá otro podrá argüir: "¡Ah!, yo oí el Evangelio,
es cierto, y sabía que obraba mal, pero ignoraba lo que tenía que hacer
para ser salvo". ¿Podéis alguno de los que aquí estáis echar mano de tal
excusa? Dejadme creer que no tendréis el atrevimiento de hacerlo.
Constantemente vuestros oídos oyen la misma predicación: "Cree y vivirás".
Muchos de vosotros habéis escuchado el Evangelio durante diez, veinte,
treinta, cuarenta, e incluso cincuenta años, y no creo que seáis capaces
de decir: "No sabía lo que era el Evangelio". Desde vuestra más tierna
infancia lo habéis escuchado. El nombre de Jesús sonaba en vuestras dulces
canciones de cuna, y mamasteis el Evangelio en el seno de vuestra madre;
pero aún así nunca buscasteis a Cristo. "Saber es poder", dice la gente.
¡Ay!, el conocimiento, cuando no se usa, es ira, IRA en sumo grado
contra el que sabe hacer lo bueno y no lo hace.
Me parece oír a otro que dice: "Si, yo he oído
predicar el Evangelio, pero jamás se me predicó con el ejemplo". Muchos
podréis decir eso, y en parte será verdad; pero hay otros a los que no
tengo reparo en decirles que mienten con tan falaz excusa. ¡Oh, hombre que
gustas de hablar de la inconsistencia de los cristianos! Tú has dicho "que
no viven como debieran", y ¡ay!, cuán cierto es lo que dices. Pero hubo
una cristiana que tú conociste, y cuyo carácter te viste obligado a
admirar; ¿No la recuerdas? Fue la madre que te trajo al mundo. Su
testimonio ha sido tu dificultad. Fácilmente podías haber rechazado el
Evangelio, pero el ejemplo de aquella santa mujer se levanta insoslayable
ante ti y no has podido superarlo. ¿No guardas en lo más tierno y profundo
de tu memoria aquellos momentos cuando, por la mañana, abrías tus ojitos y
veías el amoroso rostro de tu madre contemplándote, y sorprendías una
lágrima furtiva que rodaba por sus mejillas, al tiempo que decía: "¡Oh!,
Dios mío, bendice a mi niño para que un día pueda clamar al bendito
Redentor"? Recuerda cómo tu padre te reñía a menudo, pero cuán raras veces
lo hizo ella; te hablaba con acento de infinito amor. Acuérdate de aquel
pequeño aposento alto donde ella te llevó aparte, y rodeando tu cuello con
sus brazos, te dedicó a Dios, y oró al Señor para que te salvara en tu
niñez. Recuerda la carta que te dio y el libro donde escribió tu nombre,
cuando dejaste la casa paterna para correr mundo, y la aflicción con que
te escribió cuando se enteró de que te metías en fiestas y diversiones,
juntándote con los impíos; recuerda la tristeza de su mirada cuando
estrechó tus manos aquella última vez que la dejaste. Recuerda que te dijo:
"Harás descender mis canas con dolor al sepulcro, si andas en caminos de
iniquidad". Sí, tú sabes que no había afectación en sus palabras, sino que
todo era sinceridad. Podías burlarte del ministro y decir que era su
oficio, pero de ella no pudiste nunca; era una verdadera cristiana,
sin lugar a dudas. Cuántas veces sufrió en silencio tu colérico
temperamento y soportó tus rudos modales, porque era un dulce espíritu,
quizá demasiado bueno para esta tierra. Sí, sé que te acuerdas de todo
esto. No estabas allí cuando murió; no pudiste llegar a tiempo, pero sabes
que dijo cuando expiraba: "Solamente deseo una cosa, y luego moriría feliz:
¡que yo pudiera ver a mis hijos caminando en la verdad!" Entiendo que ese
ejemplo te deja sin excusa alguna para tu impiedad; y si continuas en la
iniquidad, ¡cuán horrible será el peso de tu infortunio!
Pero aún quedan los que dirán que no han tenido una
madre como ésta; aquellos cuya escuela primaria fue el arroyo, y cuyo
primer ejemplo el de un padre blasfemo. Pero si así hablas, recuerda,
amigo mío, que existe un dechado de perfección: Cristo; y de El has leído,
aunque no lo hayas visto: Jesucristo, el hombre de Nazaret, fue un varón
perfecto; en Él no hubo pecado, ni hubo engaño en su boca. Y si has
conocido cristianos que no merecían llevar tal nombre, todo cuanto en
ellos no hallaste podrás encontrarlo en Cristo. Así que, cuando esgrimes
ese pretexto, recuerda que te arriesgas con una mentira; porque el ejemplo
de Cristo, las obras de Cristo, y las palabras de Cristo te dejan sin
excusa para tu pecado. ¡Ah!, todavía no hemos terminado; aún queda la
siguiente excusa: "Ciertamente, he tenido ocasiones muy propicias, pero
nunca despertaron mi conciencia para saberlas aprovechar". Pero yo os digo
que muy pocos de vosotros podéis decir esto. Alguno dirá: "Bien, yo he
oído al ministro, pero jamás causó la menor impresión en mí". ¡Ah, hombres
y mujeres, y todos los que estáis aquí esta mañana!, es necesario que yo
testifique contra vosotros en el día del juicio de que estáis mintiendo.
Porque hace poco vuestras conciencias han sido tocadas; ¿no he visto yo
asomar a vuestros ojos, incluso ahora mismo -confío que lo fueran- tiernas
lágrimas de arrepentimiento? No, no siempre habéis permanecido impasibles
ante el Evangelio. Han pasado los años para vosotros y es mucho más
difícil conmoveros, pero no siempre ha sido así. Hubo épocas en vuestra
juventud en las que erais muy impresionables. Recordad que los pecados de
vuestra mocedad pudrirán vuestros huesos si todavía continuáis rechazando
el Evangelio. Vuestro corazón se ha endurecido, pero así y todo no tenéis
excusa; una vez fuisteis sensibles, y, ¡ay!, aún hoy no podéis por menos
que conservar algo de aquella sensibilidad. Sé que muchos de vosotros, que
os removéis inquietos en vuestros asientos ante el solo pensamiento de
vuestras iniquidades, casi os habéis hecho la promesa de que hoy mismo
buscaréis a Dios, y que la primera cosa que haréis será subir a vuestro
dormitorio, cerrar la puerta y clamar al Señor. ¡Ah!, pero yo recuerdo la
anécdota de aquel que le hablaba al ministro de cuán bello espectáculo era
poder ver tanta gente llorando. "No", respondió éste, "hay algo más
maravilloso todavía, y es que de todos los que lloran, muchos olvidarán
sus lágrimas conforme vayan saliendo por la puerta." Y a vosotros os
pasará igual. Pero entonces, cuando lo hayáis hecho, recordaréis que no
habéis estado sin el forcejeo del Espíritu de Dios. Recordaréis que Dios
ha puesto esta mañana, por así decirlo, una valía en vuestro camino; ha
cavado una zanja en vuestro sendero, y ha alzado su mano diciendo: "¡Considerad
esto!, ¡cuidado!, ¡cuidado!, ¡cuidado!, ¡que os estáis pecado, ni hubo
engaño en su boca. Y si has conocido cristianos que no merecían llevar tal
nombre, todo cuanto en ellos no hallaste podrás encontrarlo en Cristo. Así
que, cuando esgrimes ese pretexto, recuerda que te arriesgas con una
mentira; porque el ejemplo de Cristo, las obras de Cristo, y las palabras
de Cristo te dejan sin excusa para tu pecado. ¡Ah!, todavía no hemos
terminado; aún queda la siguiente excusa: "Ciertamente, he tenido
ocasiones muy propicias, pero nunca despertaron mi conciencia para
saberlas aprovechar". Pero yo os digo que muy pocos de vosotros podéis
decir esto. Alguno dirá: "Bien, yo he oído al ministro, pero jamás causó
la menor impresión en mí". ¡Ah, hombres y mujeres, y todos los que estáis
aquí esta mañana!, es necesario que yo testifique contra vosotros en el
día del juicio de que estáis mintiendo. Porque hace poco vuestras
conciencias han sido tocadas; ¿no he visto yo asomar a vuestros ojos,
incluso ahora mismo -confío que lo fueran- tiernas lágrimas de
arrepentimiento? No, no siempre habéis permanecido impasibles ante el
Evangelio. Han pasado los años para vosotros y es mucho más difícil
conmoveros, pero no siempre ha sido así Hubo épocas en vuestra juventud en
las que erais muy impresionables. Recordad que los pecados de vuestra
mocedad pudrirán vuestros huesos si todavía continuáis rechazando el
Evangelio. Vuestro corazón se ha endurecido, pero así y todo no tenéis
excusa; una vez fuisteis sensibles, y, ¡ay!, aún hoy no podéis por menos
que conservar algo de aquella sensibilidad. Sé que muchos de vosotros, que
os removéis inquietos en vuestros asientos ante el solo pensamiento de
vuestras iniquidades, casi os habéis hecho la promesa de que hoy mismo
buscaréis a Dios, y que la primera cosa que haréis será subir a vuestro
dormitorio, cerrar la puerta y clamar al Señor. ¡Ah!, pero yo recuerdo la
anécdota de aquel que le hablaba al ministro de cuán bello espectáculo era
poder ver tanta gente llorando. "No", respondió éste, "hay algo más
maravilloso todavía, y es que de todos los que lloran, muchos olvidarán
sus lágrimas conforme vayan saliendo por la puerta." Y a vosotros os
pasará igual. Pero entonces, cuando lo hayáis hecho, recordaréis que no
habéis estado sin el forcejeo del Espíritu de Dios. Recordaréis que Dios
ha puesto esta mañana, por así decirlo, una valía en vuestro camino; ha
cavado una zanja en vuestro sendero, y ha alzado su mano diciendo: "¡Considerad
esto!, ¡cuidado!, ¡cuidado!, ¡cuidado!, ¡que os estáis precipitando
locamente en los caminos de iniquidad!" Y esta mañana he venido yo a
vosotros y, en el nombre de Dios, os he dicho: "Deteneos, deteneos,
deteneos, así ha dicho Jehová: Pensad bien sobre vuestros caminos; ¿por
qué moriréis, oh casa de Israel?"' Y ahora, si queréis, apartad esto de
vosotros, apagad estas chispas, extinguid esta antorcha encendida, ¡así
debe ser! Vuestra sangre sea sobre vuestra cabeza, y vuestras iniquidades
permanezcan a vuestra puerta.
IV. Aun me queda algo más que hacer. Una cosa muy
ingrata; porque, por así decirlo, tengo que PONERME EL NEGRO BIRRETE Y
PRONUNCIAR SENTENCIA CONDENATORIA. Para aquellos que viven y mueren
rechazando a Cristo hay la más horrible condenación. Perecerán en completa
destrucción. Hay diferentes grados de castigo, pero el más duro es el que
se aplicará a los que han rechazado a Cristo. Os es bien conocido aquel
pasaje, creo yo, que nos habla de la parte que tendrá el mentiroso, el
fornicario y el homicida -¿imagináis con quién?- con los incrédulos;
como si el infierno hubiera sido hecho antes que nada para los
incrédulos; como si el abismo hubiera sido cavado, no para los fornicarios,
ni para los maledicientes, ni para los borrachos, sino para aquellos que
desprecian a Cristo; porque éste es el pecado número uno, el delito más
grande por el que los hombres serán condenados. Las otras iniquidades
seguirán después, pero ésta será la primera que será juzgada en el juicio.
Imaginad por un momento que el tiempo ha pasado y nos hallamos en aquel
gran día. Todos hemos sido congregados: vivos y muertos. El sonido de la
trompeta resuena fuerte y poderoso. Todos estamos atentos, esperando algo
extraordinario. La bolsa cesa en sus cambios; las tiendas son abandonadas
por los comerciantes; las calles se llenan de gente. Todos permanecen en
calma, saben que el último gran día de negocio ha llegado y que deben
ajustar cuentas para siempre. Una solemne quietud reina en el ambiente: no
se oye el más mínimo ruido. Todo, todo es silencio. De pronto, una gran
nube blanca con solemne fausto surca el cielo, y entonces... ¡oíd el doble
clamor de la tierra sobresaltada! En la nube se sienta uno que es
semejante al Hijo del Hombre. Todo ojo lo ve, y al final se eleva una
unánime exclamación: "¡Es El!, ¡es El!", y luego oís por un lado: "Aleluya,
aleluya, aleluya. Bienvenido, bienvenido el Hijo de Dios". Pero, mezclado
con estos gritos de júbilo, se percibe el sordo rumor de los llantos y
lamentos de aquellos que lo rechazaron. ¡Escuchad! Me parece distinguir
cada una de las palabras de su clamor, que llegan a mis oídos como
solitarios toques de campana que tañe doblando a muerte. Y ¿qué dicen?
"Montes y penas: caed sobre nosotros, y escondednos de la cara de Aquel
que está sentado sobre el trono." ¿Estaréis vosotros entre aquellos que
dicen a los montes: "escondednos"?
Supón por un momento, oyente incrédulo, que has
partido de este mundo, que has muerto incontrito, y que estás entre
aquellos que lloran y lamentan y rechinan los dientes. ¡Oh, cuál no será
tu terror! La palidez de tu rostro y el temblar de tus rodillas no será
nada comparado con el temor de tu corazón, cuando estés borracho y no de
vino, y corras de acá para allá en la embriaguez de tu aturdimiento, y
caigas, y te revuelques en el polvo a causa del pavor y el espanto. Porque
he aquí El viene, y aquí está con mirada terrible, como dardo de fuego; y
ahora ha llegado el momento de la gran separación. Se oye la voz: "Congregad
a mi pueblo de entre los cuatro vientos del cielo, a mis elegidos en
quienes mi alma se deleita". Éstos son agrupados a su derecha, y allí
permanecen. De nuevo truena: "Recoged la cizaña y atadla en manojos para
ser quemada". Así serás recogido tú, y puesto a la izquierda atado en
manojos. Sólo falta encender la pira. ¿dónde está la tea que la prenda? La
cizaña ha de ser quemada, ¿dónde está la llama? La llama sale de Su boca
con estas palabras: "Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado
para el diablo y para sus ángeles". ¿Quieres quedarte a mi lado? "¡Apártate!"
¿Buscas bendición? "Eres maldito." Te maldigo con maldición. ¿Tratas
de escapar? "Hay un fuego eterno." ¿Quieres excusarte? No. "Por
cuanto llamé, y no quisisteis; extendí mi mano y no hubo quien escuchase,
antes desechasteis todo consejo mío y mi reprensión no quisisteis. También
Yo me reiré en vuestra calamidad y me burlaré cuando os viniere lo que
teméis." "¿Apártate, te digo, apártate para siempre!" Y así serás
echado de su presencia. ¿De qué te recriminas? Oye tus propios
pensamientos: "¡Oh!, quisiera Dios que nunca hubiese nacido, que jamás
hubiese oído la predicación del Evangelio, ¡Qué nunca hubiese cometido el
pecado de rechazarlo!" Éste será el remordimiento del gusano de tu
consciencia: "Supe lo mejor, pero no lo hice. He sembrado vientos y recojo
tempestades. Se me avisó y no quise detenerme. Se me suplicó y no quise
aceptar la invitación. Y ahora me doy cuenta de que me he ocasionado la
muerte. ¡Oh!, pensamiento más horrible que todos los pensamientos. ¡Estoy
perdido, perdido, perdido! Y éste es el horror de los horrores: que yo
mismo he sido la causa de mi perdición; yo he rechazado el Evangelio de
Cristo; yo he causado mi propia ruina".
¿Te ocurrirá a ti igual, querido amigo? ¿Serás tú
uno de éstos? ¡Ojalá que así no sea! Quiera el Espíritu Santo constreñirte
a venir a Jesús, porque yo sé que eres demasiado perverso para doblegarte,
y no vendrás si Él no te trae. Así lo espero. Me parece oírte decir: "¿Qué
es necesario que yo haga para salvarme?" Escucha el camino de salvación y
luego, hasta siempre. Si quieres salvarte "cree en el Señor Jesucristo, y
serás salvo"; porque la Escritura dice: "El que creyere y fuere bautizado
será salvo; mas el que no creyere será condenado". ¡Allá esta Él muriendo,
pendiente de la cruz! Mira a Él y vive.
"Abrázate a Jesús crucificado,
Sin dejar que se mezcle otra creencia.
Sólo Él puede hacer buena la conciencia,
Del pobre pecador desamparado".
Aunque seas un impío, un corrompido, un depravado,
un envilecido, Cristo te invita. El recoge incluso lo que Satanás
desprecia: Cristo invita a la hez, lo inmundo, la basura, el desecho de
este mundo. Ven, pues, y alcanza misericordia. Pero si endureces tu
corazón,
"El Señor, de furor revestido,
Levantará su mano y jurará:
Despreciaste el Canaán prometido;
Nunca, pues, el Jordán cruzarás"
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