|
«Cristo nos redimió de la
maldición de la ley, habiéndose hecho maldición por nosotros (porque está
escrito: Maldito todo el que es colgado en un madero)» (Gálatas
3:13).
La ley de Dios es una ley divina, santa, celestial,
perfecta. Los que encuentran falta en la ley, o que la deprecian en
absoluto, no comprenden su designio, y no tienen una idea justa de la ley
misma. Pablo dice: «La ley es santa, pero yo soy carnal; vendido al pecado.»
En todo lo que digamos acerca de la justificación por la fe, nunca tenemos
la intención de rebajar la opinión que nuestros oyentes tengan de la ley,
porque la ley es una de las obras más sublimes de Dios. No hay ni
un mandamiento de más; ni uno de menos; es tan incomparable que
su perfección es prueba de su origen divino. Ningún legislador humano
habría podido dar una ley como la que hallamos en el decálogo. Es una ley
perfecta, porque todas las leyes humanas justas se encuentran en aquel
breve compendio y epítome de todo lo que es bueno y excelente para con
Dios, o entre el hombre y sus semejantes. Pero en tanto que la ley es
gloriosa, nunca se aplica más mal que cuando se emplea como medio de
salvación. Dios nunca tuvo la intención de que los hombres fueran salvos
por la ley. Cuando la proclamó en el Sinaí, fue con trueno, fuego y
humareda; como si quisiera decir: «Oh hombre, escucha mi ley; pero
temblarás mientras la escuchas.» ¡Escúchala! Es una ley que tiene el toque
de una terrible trompeta, corno en el día de destrucción del que es
heraldo, si la quebrantas, y no encuentras a nadie para llevar la pena por
ti. Fue escrita sobre piedra; como si para enseñarnos que se trataba de
una ley dura, fría, pétrea -que no tendría misericordia de nosotros, sino
que, si la quebrantásemos, caería sobre nosotros y nos desmenuzaría en mil
pedazos. ¡Oh, vosotros que confiáis en la ley, para vuestra salvación!
Habéis errado de la fe; no comprendéis los designios de Dios; ignoráis
cada una de las verdades de Dios. La ley fue dada por Moisés para llevar a
los hombres a sentir su condenación, pero nunca para salvarlos; su misma
intención era «encerrarnos a todos bajo desobediencia, y condenarnos a
todos, para poder tener misericordia de todos». Tenía la intención de que
sus truenos aplastasen toda esperanza de propia justicia, y desbaratar y
demoler con sus rayos toda torre de nuestras propias obras, para que
pudiéramos ser llevados humilde y sencillamente a aceptar la salvación
acabada por medio de un poderoso Mediador que ha «consumado la ley, y la
ha hecho honrosa, e introdujo la justicia perdurable», justicia en la que
permanecemos completos finalmente delante de nuestro Hacedor, si estamos
en Cristo. Todo lo que hace la ley, como observaréis, es maldecir; no
puede bendecir. En todas las páginas de la revelación no encontraréis
nunca bendiciones que la ley diera jamás a nadie que la infringiera. Había
bendiciones, y éstas eran relativamente pequeñas, que podían ser
alcanzadas por aquellos que la guardaran totalmente; pero ninguna
bendición fue jamás dispuesta para ningún infractor. Las bendiciones las
hallamos en el evangelio; las maldiciones las hallamos en la ley.
Esta tarde consideraremos brevemente, primero,
la maldición de la ley; segundo, la remoción de la maldición; tercero, el
gran Sustituto que la removió -«Habiéndose hecho maldición por
nosotros.» Y luego llegaremos, por fin, a preguntarnos solemnemente
unos a otros si estamos incluidos en el gran numero de aquello
por quienes Cristo llevó sus iniquidades y por quienes «fue hecho
maldición».
I
Primero, entonces tenemos LA MALDICIÓN DE LA LEY.
Todos los que pecan contra la ley quedan bajo la maldición de la ley;
todos los que se rebelan contra sus mandamientos son maldecidos -maldecidos
en el acto, maldecidos de una manera terrible.
1. Consideraremos esta maldición, primero, como
maldición universal, reposando sobre todos los descendientes de
Adán. Quizá haya alguno aquí inclinado a decir: «Naturalmente, la ley de
Dios maldice a todos aquellos que son de vida disoluta, o de conversación
profana. Todos podemos imaginarnos que el blasfemo es un hombre maldito,
maldecido por Dios. Podemos suponer que la ira de Dios reposa sobre la
cabeza de aquel que es de vida sucia, y cuya conversación no es recta,
sobre el hombre degradado, bajo la proscripción de la sociedad.» Pero,
¡ah!, amigo mío, no es tan fácil llegar a la realidad, que es ésta: que la
maldición de Dios reposa sobre cada uno de nosotros tal como somos por
naturaleza delante de él. Puede que seas la persona más moral del mundo,
pero la maldición de Dios reposa sobre ti. Puede que seas encantador en tu
vida, casi semejante a Cristo en tu conducta, pero sino has nacido de
nuevo y no has sido regenerado por la gracia soberana, la maldición de
Dios sigue reposando sobre W cabeza. Si has cometido tan sólo un pecado en
tu vida, la justicia de Dios es tan inexorable que condena al hombre por
una sola trasgresión aislada; y aunque tu vida desde ahora en adelante
fuese una carrera continua de santidad, si has pecado tan sólo una vez, a
no ser que estés refugiado bajo la sangre de Cristo, los truenos del Sinaí
rugen sobre ti, y los rayos de la terrible venganza destellan sobre ti.
¡Ah, mis oyentes!, cuán humillante es esta doctrina para nuestro orgullo,
que la maldición de Dios está sobre cada hombre de la simiente de Adán;
que cada hijo nacido en este mundo ha nacido bajo la maldición, por cuanto
ha nacido bajo la ley; y que en el momento en que he pecado, aunque
transgreda sólo una vez, estoy desde aquel momento ya condenado; porque
dice: «Maldito todo aquel que no permanezca en todas las cosas escritas en
el libro de la ley, para hacerlas» -maldito sin una sola esperanza de
misericordia, a no ser que halle esta misericordia en el Sustituto «hecho
por nosotros maldición». Es un pensamiento terrible, que el rastro de la
serpiente está por toda la tierra; que el veneno está en la fuente de cada
corazón; que la comente de la sangre en todas nuestras venas está
corrompida; que todos estamos condenados; que cada uno de nosotros, sin
excepción, sea filántropo, senador, filósofo, teólogo, príncipe, monarca,
está bajo maldición, a no ser que acudamos a Cristo, y hayamos sido
absueltos por medio de él.
2. Además, tenemos que observar que la maldición,
en tanto que es universal, es justa. Ahí tenemos la gran dificultad. Hay
muchas personas que creen que la maldición de Dios sobre los que son
innegablemente malvados es, naturalmente, justa; pero que la maldición de
Dios sobre aquellos que mayormente parecen excelentes, y que pueden haber
pecado sólo una vez, es un acto de injusticia. Respondemos: «No, sino que
cuando Dios pronuncia la maldición, lo hace con justicia; él es un Dios de
justicia; "él es justo y recto".» Y observa esto, hombre: si estás
condenado, será con una estricta justicia; y si has pecado tan sólo una
vez, la maldición es justa cuando caiga sobre tu cabeza. ¿Me preguntas que
cómo puede ser así? Te respondo: Tú dices que tu pecado es pequeño;
entonces, si el pecado es pequeño, ¡qué poco te habría costado evitarlo!
Si tu trasgresión es una pequeñez, ¡qué pequeño el esfuerzo para privarte
de ello! Los hay que han dicho: «Ciertamente, el pecado de Adán fue
pequeño; sólo tomó una manzana.» Sí, pero en su pequeñez estaba su
grandeza. Si era una cosa pequeña tomar el fruto, ¡con qué facilidad se
podría haber evitado! Y debido a que era un acto tan insignificante,
estaba envuelto en la mayor malignidad de la culpa. Así, puede que tú
tampoco hayas blasfemado contra Dios, que nunca hayas profanado el domingo;
sin embargo, por cuanto has cometido un pequeño pecado, eres condenado con
justicia, porque un pecado pequeño tiene en su seno la esencia de todo
pecado; y no puedo dejar de ver que lo que llamamos pecados pequeños
pueden ser más grandes a los ojos de Dios que aquellos que el mundo
condena Universalmente , y contra los que sube continuamente el silbido de
11 execración de la humanidad. Digo que Dios es justo, aunque de sus
labios rujan truenos para hacer saltar todo el universo. Dios es justo
aunque maldiga a todos. Temblad, hombres, y «besad al Hijo, para que no se
enoje, y perezcáis en el canino; pues se inf7 ama de pronto su ira». La
maldición es universal, la maldición es justa.
3. Pero observemos, a continuación, que la
maldición es terrible. Los hay que creen que es poca cosa ser maldecidos
por Dios; pero ¡oh!, si conocieran las terribles consecuencias de aquella
maldición, la considerarían verdaderamente terrible. Sería suficiente para
hacer que nuestras rodillas entrechocaran, que nuestra sangre se helara, y
que se nos erizaran los cabellos, si tan sólo supiéramos qué es estar bajo
la maldición de Dios. ¿Qué es lo que incluye esta maldición? Involucra la
muerte, la muerte de este cuerpo: no es en absoluto una parte
insignificante de la sentencia. Incluye la muerte espiritual, una muerte
de aquella vida interior que tenía Adán -la vida del espíritu, que ahora
ha desaparecido, y que sólo puede ser restaurada por aquel santo Espíritu
que «da vida a quien quiere». E incluye, finalmente, y lo peor de todo,
aquella muerte eterna, aquel morar para siempre en el lugar
«Donde hondos lamentos y huecos gemidos
Y chillidos de espíritus atormentados...»
constituyen su única música. La muerte eterna
incluye todo lo que puede recogerse en aquella palabra terrible, horrenda
-casi diríamos que impronunciable: «Infierno.» Ésta es una maldición que
descansa por naturaleza sobre cada hombre. No hacemos excepción alguna de
rango ni de grado, porque Dios no ha hecho ni11b roa. No ofrecemos
esperanza alguna de excepción de carácter o de reputación; porque Dios no
ha hecho nunca. Todos nosotros estamos encerrados en esto, que (por lo que
a la ley concierne) hemos de morir -morir aquí y morir en el mundo
venidero, y, morir una muerte que nunca muere; sentir un gusano que
morderá para siempre, y un fuego que ronca se extinguirá, ni por un
diluvio de lágrimas de futura penitencia. Allí habremos de estar para
siempre, ¡oh, para siempre perdidos! Si pudiésemos valorar esta maldición,
os digo otra vez, los tormentos que los tiranos pueden infligir podrían
bien ser ridiculizados, los males que este cuerpo puede resistir podrían
bien ser menospreciados, en comparación con aquel terrible alud de amenaza
que se precipita con una terrible fuerza desde el monte de la verdad de
Dios. La condenación -aquella maldición de Dios- reposa sobre todos
nosotros.
4. Nos apresuramos a hablar acerca de esto, amados,
porque es un trabajo terrible hablar sobre esto; pero con todo no nos
podemos apartar totalmente hasta que hayamos insinuado otro pensamiento; y
es que la maldición que sobreviene a los hombres pecadores es una
maldición presente. ¡Oh mis queridos oyentes, si yo pudiera sostener
vuestras manos, si no estáis convertidos, trabajaría con lágrimas y
gemidos para conseguir que comprendierais este pensamiento! No es tanto
una condenación en el futuro lo que habéis de temer, como una condenación
ahora. Sí, sentado como estás ahí, mi oyente, si estás fuera de Cristo
estás condenado ahora; tu condenación está sellada; tu sentencia de muerte
ha sido estampada con el gran sello de la Majestad en el cielo; la espada
de la venganza del ángel ya está desenvainada y pende esta tarde sobre tu
cabeza. Seas quien seas, si estás fuera de Cristo, una espada pende sobre
ti, una espada suspendida por un cabello, que la muerte cortará; y
entonces descenderá esta espada, separando W alma de tu cuerpo, y enviando
ambos a sufrimientos eternos. ¡Ah!, algunos de vosotros saltaríais
atemorizados de vuestros asientos si sólo conocierais esto. Vosotros
tenéis buena reputación, sois respetables, sois honorables, quizá muy
honorables, y sin embargo sois hombres condenados, mujeres condenadas. En
las murallas del cielo estáis proscritos, escritos allí como deicidas, que
habéis dado muerte al Salvador -como rebeldes contra el gobierno de Dios,
habiendo cometido alta traición contra él; y quizá ya ahora el negro y
halado ángel de la muerte está extendiendo sus alas sobre el abismo,
apresurándose a precipitaron a la destrucción. No digas, pecador, que te
quiero asustar; más bien di que querría llevarte al Salvador; porque tanto
si oyes esto como si no, si lo crees como si no, no puedes alterar la
verdad -que ahora estás, si no te has dado a Cristo, «ya condenado»; y sea
donde sea que te sientes, sigues estando en capilla; porque toda esta
tierra es una enorme cárcel en la que cada condenado va avanzando
lentamente por la cola de los reos, hasta que la muerte lo lleva al
cadalso, donde tiene que ejecutarse en él la terrible sentencia de
horrendo castigo. Condenado ahora, y condenado para siempre: escucha esta
palabra: «¡La maldición de la ley!»
II
Pero ahora puedo hablar, en segundo lugar, de LA
REMOCIÓN DE ESTA MALDICIÓN. Éste es un deber dulce y placentero. Algunos
de vosotros, mis queridos amigos, podréis seguirme en vuestra experiencia,
mientras sólo os recuerdo cómo fue que Cristo, en vuestra salvación,
eliminó la maldición.
1. Primero, estaréis de acuerdo conmigo en que la
remoción de la maldición de sobre nosotros fue hecha en un instante. Es
algo instantáneo. Yo puedo encontrarme aquí en un momento determinado bajo
la maldición; y si el Espíritu me mira, y yo lanzo una oración al cielo -si
por fe acudo a Jesús- en un segundo solitario, antes que el reloj dé su
tic-tac, mis pecados pueden quedar todos perdonados. Hart cantó con verdad,
cuando dijo: «El momento en que un pecador cree, Y confía en su Dios
crucificado, Su perdón en el acto recibe, Salvación plena, por su sangre.»
Recordarás en la vida de Cristo que la mayoría de
las curaciones que llevó a cabo --sí, creo que todas fueron curaciones
instantáneas. ¡Mira!, allí tenemos a un hombre yaciendo en su camilla, de
la que no se ha levantado durante años. «Toma tu camilla, y anda», le dijo
Cristo con majestad. El hombre tomó su camilla, y sin la intervención de
semanas de convalecencia se la llevó en el acto, saltando como un ciervo.
Hay otro. De sus cerrados labios apenas si había salido un son; es mudo;
Cristo toca sus labios. «Efatá, sé abierto;» y se pone a cantar en el acto.
No habla con dificultad, sino que habla claramente; la lengua del mudo
canta. Sí, e incluso en los casos en que Cristo curó la muerte misma, lo
hizo instantáneamente. Cuando aquella hermosa criatura yacía durmiendo el
sueño de la muerte, Jesús acudió a ella; y aunque sus negros rizos cubrían
sus ojos, que estaban ahora vidriados por la muerte, Jesús tan sólo tomó
su mano yerta y fría, y le dijo: «Talita cumi, muchacha, a ti te digo,
levántate», y tan pronto como lo hubo dicho, ella se sentó y abrió los
ojos; y para mostrar que no estaba sólo medio viva o medio restaurada,
ella se levantó y comió. No decimos que la gran obra de la conversión es
instantánea; puede que precise de un cierto tiempo; porque Cristo comienza
una obra en un corazón, que ha de ser continuada a través de la vida en
santificación; pero la justificación, la remoción de la maldición, se hace
en un solo momento. «Deshaz la maldición», dice Dios. Hecho está. La
absolución es firmada y sellada; no precisa de más que de un instante.
«Del todo absuelto por Cristo estoy
De la terrible maldición y culpa del pecado.»
Puedo encontrarme aquí en este momento, y puedo
haber creído en Cristo hace sólo cinco minutos; con todo, si he creído en
Cristo sólo este espacio de tiempo, estoy tan justificado, delante de Dios,
como lo estaría si viviera hasta que estos cabellos queden blancos bajo el
sol del cielo, o como lo estaré cuando camine entre las doradas lámparas
de la ciudad de los palacios. Dios justifica a su pueblo en el acto; la
maldición es quitada en un solo momento. ¡Pecador, escucha esto! Puede que
ahora estés bajo condenación; pero antes que puedas decir «ahora» otra vez,
puede que seas capaz de decir: «Ahora, pues, ninguna condenación hay para
mí, por cuanto estoy en Cristo Jesús.» Podemos ser plenamente absueltos en
un momento.
2. Observad, amados, en siguiente lugar, que esta
remoción de la maldición de sobre nosotros, cuando tiene lugar, es una
total remoción. No es una parte de la maldición la que es quitada. Cristo
no se pone en el pie del Sinaí para decir: «¡Truenos! ¡Disminuid vuestra
fuerza!» No detiene un rayo aquí o allá, y lo ata; no, sino que cuando
viene termina con todo el humo, quita todo el trueno, apaga todos los
rayos; lo quita todo. Cuando Cristo perdona, perdona todo pecado; perdona
en un momento los pecados de dos veces diez mil años. Puede que seas viejo
y que hayas encanecido, y hasta aquí carente de perdón; pero aunque tus
pecados excedan en cantidad a las estrellas extendidas por el cielo, en un
instante los quita todos. Fíjate bien: «lodos!» Aquel pecado de medianoche;
aquel negro pecado que, como espectro, te ha acosado toda tu vida; aquel
crimen abominable; aquel acto negro desconocido que ha ensuciado tu
carácter; aquella terrible mancha sobre tu conciencia -todos serán
quitados. Y aunque tengas una mancha en esta mano -mancha que has tratado
de lavar frecuentemente con todas las mixturas que Moisés puede darte-
descubrirás, cuando quedes bañado en la sangre de Jesús, que entonces
podrás decir: «Todo limpio, mi Señor, todo limpio estoy; tu una mancha
queda, todo ha quedado eliminado; estoy totalmente lavado de los pies a la
cabeza; todas las manchas se han ido.» Es la gloria de esta remoción de la
maldición que toda ella es quitada; no queda ni un átomo. Apagados quedan
los truenos de la maldición; la sentencia queda totalmente sin efecto, y
no queda temor.
3. Tenemos que decir de nuevo acerca de esta
cuestión que cuando Cristo quita la maldición se trata de una remoción
irreversible. Una vez he quedado absuelto, ¿quién es el que me condena?
Hay algunos en nuestros tiempos modernos que dicen que Dios justifica y
que, sin embargo, después de ello condena a la misma persona a la que ha
justificado. Hemos oído decirlo de manera muy abierta, que un hombre puede
ser hoy un hijo de Dios -oídlo, oh cielos, y asombraos-, y ser mañana un
hijo del diablo; lo hemos oído decir, pero sabemos que es falso, porque no
encontramos nada en las Escrituras que lo justifique. Muchas veces nos
hemos preguntado a nosotros mismos: ¿Pueden los hombres creer
verdaderamente que, después de haber sido «engendrados para una esperanza
viva», que este nacimiento en Dios, por medio de Cristo, y de su Espíritu,
puede fallar? Nos hemos preguntado: ¿Podemos imaginar que, después que
Dios ha quebrantado nuestras cadenas, y nos ha puesto en libertad, que nos
llamará de nuevo, y volverá a atarnos, como a Prometen, a las altas rocas
de la desesperación? ¿Borrará él una vez el escrito que era contra
nosotros, y luego volverá a escribir la acusación? ¿Una vez perdonado, y
luego condenado? Nos parece que si Pablo hubiera cruzado el camino de
estos hombres, les hubiera contestado: «¿Quién condenará? Es Cristo el que
murió; más aún, el que también resucitó. ¿Quién acusará a los escogidos de
Dios?» No hay condenación para nosotros, estando en Cristo Jesús. «No
andamos según la carne, sino según el Espíritu.» Es un pensamiento dulce,
que el mismo Satanás no puede robarme mi perdón. Puedo perder mi copia del
mismo, y perder mi consolación; pero el perdón original está archivado en
el cielo. Puede que surjan negras dudas, y puedo temer creer que he sido
perdonado, pero:
«¿Resplandeció Jesús una vez sobre mí?
Entonces Jesús para siempre es mío.»
«¡Oh, corazón mío dudoso!;
¡Cuán pequeña tu fe aparece!
Mucho más grande, Señor, tú eres,
Que todos mis temores y dudas.
En medio de todo mi pecado, temor y mal,
Tu Espíritu no me dejará ir.»
Me encanta, en ocasiones, volver a la hora en la
que espero fui perdonado por la sangre del Salvador. Hay mucha consolación
en recordar aquella bendita hora en la que al principio conocimos al Señor.
«¿Recuerdas el lugar, el sitio exacto,
Donde Jesús te encontró?»
Quizá sí; quizá puedas volver tu mirada al lugar
exacto donde Jesús te dijo que eras suyo. ¿Puedes hacerlo? ¡Ah, cuánto
consuelo te dará esto! Porque recuerda, una vez absuelto, siempre absuelto.
Así lo dice la Palabra de Dios. Una vez perdonado, estás libre; una vez
libertado, nunca volverás a ser un esclavo; una vez el Sinaí ha quedado
aplacado, nunca volverá a tronar. ¡Bendito sea el nombre de Dios! Somos
llevados al Calvario, y seremos también llevados a Sión. Al final
estaremos delante de Dios, e incluso entonces podremos decir:
«¡Gran Dios! Limpio estoy;
Por la sangre de Jesús, limpio estoy.»
III
Y ahora somos traídos, en tercer lugar, a
contemplar AL GRAN SUSTITUTO por medio de quien es removida la maldición.
La maldición de Dios no es quitada fácilmente; de hecho, sólo había un
método por el que pudiera ser quitada. Los rayos estaban en manos de Dios;
tenían que ser lanzados; había dicho que lo serían. La espada estaba
desenvainada; tenía que quedar satisfecha; Dios había hecho voto de que lo
sería. La venganza estaba lista; la venganza había de caer; Dios había
dicho que debía hacerlo. ¿Cómo, pues, podía ser salvo el pecador? La única
respuesta era ésta. El Hijo de Dios aparece, y dice: «¡Padre! Lanza sobre
mí tus rayos; aquí está mi pecho, hunde en él aquella espada; aquí están
mis hombros, que el látigo de la venganza caiga sobre ellos»; y Cristo, el
sustituto, vio y se puso por nosotros, «el justo por los injustos, para
llevarnos a Dios.» Es nuestro deleite enseñar la doctrina de la
sustitución, porque estamos totalmente persuadidos de que no se predica el
evangelio cuando se omite la sustitución. A no ser que a los hombres se
les explique de manera clara y llana que Cristo se puso en lugar de ellos,
en el puesto de ellos, para llevar la culpa de ellos y sufrir sus dolores,
nunca podrán ver cómo Dios va a ser «justo, y el que justifica a los
impíos». Hemos oído a algunos predicar un evangelio que va más o menos en
este orden: Que aunque Dios está airado con los hombres, sin embargo, por
su gran misericordia, por causa de algo que Cristo ha hecho, no les
castiga, sino que les remite la-pena. Ahora bien, nosotros sostenemos que
esto no es el evangelio de Dios, porque no es ni justo para Dios ni seguro
para el hombre. Creemos que Dios nunca remitió la pena, que no perdonó el
pecado sin castigarlo, sino que hubo sangre por sangre, azote por azote,
muerte por muerte, y castigo por castigo, sin cederse una sola jota o
tilde; que Jesucristo, el Salvador, bebió la verdadera copa de nuestra
redención hasta las heces; que sufrió bajo las terribles y aplastantes
ruedas de la venganza divina, las mismísimas penas y los mismísimos
sufrimientos que nosotros deberíamos haber soportado. ¡Oh, la gloriosa
doctrina de la sustitución! Cuando es predicada plena y correctamente, ¡cuán
atractiva es, cuánto poder tiene! ¡Oh, cuán dulce decirle a los pecadores
que aunque Dios haya dicho: «Debes morir», el Hacedor de ellos baja la
cabeza para morir por sus criaturas, y el Cristo encarnado expira en un
madero, para que Dios ejecute su venganza y pueda, sin embargo, perdonar a
los impíos!
Si hay aquí alguno que no comprende la sustitución,
voy a repetir lo que he dicho. Pecador, la única forma en que puedes
salvarte es ésta: Dios tiene que castigar el pecado; si no lo hiciera,
dejaría de ser Dios; pero si él ha castigado el pecado en la persona de
Cristo por ti, tú quedas plenamente absuelto, estás totalmente libre;
Cristo ha sufrido lo que tú debieras haber sufrido, y tú puedes gozarte en
ello. «Bien», dirás tú, «yo debiera haber muerto.» ¡Cristo ha muerto! «Yo
debería haber sido mandado al infierno.» Cristo no fue allí para soportar
aquel tormento para siempre, pero sufrió tai equivalente de ello, algo que
dio satisfacción a Dios. Todo el infierno estaba destilado en su copa de
dolores. Él la bebió. La copa que su Padre le dio, la bebió hasta las
heces.
«En un tremendo trago de amor,
Bebió la destrucción, la copa vació.»
Todo el castigo, toda la maldición, fue echada
sobre él. La venganza ha quedado ahora satisfecha; todo ha sido removido,
removido para siempre, pero no removido sin haber sido quitado por el
Salvador. Los truenos no fueron retirados, sino que fueron lanzados contra
él, y la venganza quedó satisfecha, por cuanto Cristo sufrió la pena.
Ahora nos toca contestar la última pregunta: ¿Cuántos
entre nosotros pueden decir que «Cristo los redimió de la maldición de la
ley, habiéndose hecho maldición por nosotros?» La primera parte del
discurso ha sido totalmente doctrinal: a algunos de vosotros os ha tenido
sin cuidado, porque no pensabais que os interesase. Era natural que así
fuera. En la lectura de un testamento, ¿acaso la criada se queda a
escucharlo? No, porque no hay nada para ella; pero si alguien tiene un
hijo, ¡cómo abre éste los oídos para saber si hay herencia para él!; y por
mal que el notario lea las disposiciones testamentarias, ¡qué anhelante
está por escuchar cada palabra, y saber si hay una parte para él entre los
hermanos! Ahora bien, querido amigo, leamos de nuevo este testamento para
ver si perteneces a aquellos por los que Cristo obró la satisfacción. La
manera usual para la mayoría de nuestras congregaciones es ésta: ellos se
apuntan para Cristo mucho antes que Dios lo haya hecho. Hacéis una
profesión de religión, lleváis el disfraz de cristiano, os comportáis como
cristianos, tomáis un asiento en una iglesia o capilla cristiana, y os
pensáis que estáis ya cristianizados; mientras que la mitad de la gente en
nuestras congregaciones que se imaginan que son cristianos cometen un gran
error; nunca estuvieron más lejos de cualquier cosa que de ser verdaderos
cristianos. Dejad que os ruegue que no supongáis que sois creyentes porque
lo fueran vuestros padres o porque pertenecéis a una iglesia ortodoxa. La
religión es algo que tenemos que tener por nosotros mismos; y es una
pregunta que todos deberíamos hacernos, si estamos en absoluto interesados
en la expiación de Cristo y si tenemos una parte en los méritos de sus
agonías. Ven, entonces, y te haré una pregunta. Primero, deja que te
pregunte esto, amigo mío: «¿Te sentiste nunca condenado por la ley en tu
propia conciencia?» «No», dices tú, «no sé de qué me estás hablando.»
Claro que no lo sabes; y entonces no tienes esperanza de estar a salvo.
Pero te volveré a preguntar otra vez: ¿Has sido condenado por la ley en tu
conciencia? ¿No has oído nunca la palabra de Dios diciendo en tu propia
alma: «Maldito todo aquel que no permanezca en todas las cosas escritas en
el libro de la ley, para hacerlas»? ¿Y no has sentido que estabas
maldecido? ¿No has comparecido nunca delante del tribunal de Dios, como un
pobre criminal condenado delante de tu juez, listo para ser ejecutado? ¿No
has visto nunca, tal como lo describiera, una soga alrededor de tu cuello?
¿Nunca has pensado en ti mismo como a punto de ser colgado en la horca? ¿Nunca
has caminado por la tierra como si a cada paso la tierra fuera a abrirse
bajó tus pies y a tragarte vivo? ¿No te has sentido nunca como un pecador
indigno, arruinado, condenado por tu pecado, condenado por la ley,
condenado por tu conciencia? ¿No te has postrado nunca delante de Dios, y
dicho: «Señor, tú eres justo; aunque me mates, diré que eres justo; porque
yo soy pecaminoso y merezco tu ira»? Vive el Señor que si nunca has
sentido esto, eres extraño a su gracia; porque a aquel que a sí mismo se
absuelve, Dios lo condena; y si la ley, te condena, Dios te absolverá. En
tanto que te hayas sentido condenado, puedes saber que Cristo murió por
los condenados, y que derramó su sangre por pecadores; pero si tú te
doblas de brazos en tu propia seguridad, si dices: «Soy bueno, soy justo,
soy honorable», queda advertido de esto: tu armadura está hecha de
hojarasca; será desmenuzada; las vestimentas de tu justicia son tan
ligeras como una gasa, y será lanzada fuera por el soplo del Eterno, aquel
día en que destejerá lo que la naturaleza haya llegado a tejer. Sí, te
llamo a que escuches; si nunca has sido condenado por la ley, nunca has
sido absuelto por la gracia.
Y ahora te haré otra pregunta: ¿Numa te has sentido
absuelto por Cristo? «No», dice uno, «nunca esperé sentirlo; pensé que
quizá llegaríamos a conocerlo cuando nos llegara el momento de morir -que
algunos eminentes cristianos pudieran entonces saber por sí mismos que
estaban perdonados; pero pienso, señor, que es usted muy fanático al
preguntarme a mí si yo me he sentido alguna vez perdonado.» Querido amigo,
te equivocas. ¿Crees que si alguien hubiera sido un esclavo en galeras,
encadenado a un remo durante muchos años, si lo dejaran libre no sabría si
estaba libre o no? ¿No crees que un esclavo que ha estado afanándose
durante años, al pisar la tierra ya liberado, no lo sabría si le
preguntaras si sabe que está emancipado? O alguien que ha estado muerto y
sepultado, si fuera despertado a la vida, ¿no crees que lo sabría? Puede
que haya ocasiones en las que se olvida del pasado; pero sabrá que está
vivo; se sentirá y se sabrá libre. Dime, ¿es fanatismo preguntarte si has
sentido alguna vez rotas las cadenas? Señores, si nunca habéis sentido las
cadenas cayendo de vosotros, entonces sabed que tenéis las cadenas encuna;
porque cuando Dios rompe nuestras cadenas de nosotros, nos sabemos libres.
La mayoría de nosotros, cuando Dios nos liberó de la cárcel en que
estábamos encerrados, saltamos de gozo; y recordamos cómo los montes y los
collados prorrumpían en cánticos delante de nosotros, y que los árboles
del campo batían las palmas. Nunca olvidaremos aquel feliz momento; ha
quedado impreso en nuestras memorias; lo recordaremos hasta la última hora
de nuestras vidas. Te vuelvo a preguntar: ¿No te has sentido nunca
perdonado? Y si dices «No», entonces no tienes derecho a pensar que lo
estás. Si Jesús jamás murmuró en tu oído, «Yo, yo soy el que borro tus
transgresiones», no tienes derecho a sentirte perdonado. ¡Oh!, te lo ruego,
¡examínate a ti mismo, y sabe si has sido condenado por la ley, y si has
sido absuelto por Cristo!
Y, por último, amigos míos, puede que haya muchos
aquí presentes, e indudablemente los habrá, que han vendo simplemente a
pasar una hora, pero que no tienen deseo ni interés ni preocupación por
sus propias almas fue quizá sean total y enteramente descuidados en cuanto
a si están condenados o no. ¡Oh!, si pudiera hablaros como quisiera,
hablaría
«Como si jamás pudiera volver a hablaros,
Un moribundo a moribundos.»
Cuando recuerdo que quizá nunca más veré los
rostros de muchos de vosotros, siento que tengo una profunda y terrible
responsabilidad sobre mí al hablar a los que de entre vosotros son
descuidados. Hay aquí algunos de vosotros que estáis dejando a un lado el
día malo, y que estáis diciendo: «Si estoy condenado, no me preocupa.»
¡Ah, amigo mío!, si te viera durmiendo descuidado sobre tu cama, mientras
las llamas rugen en tu dormitorio, gritaría en tus oídos, o te arrastraría
de tu cama aunque estuvieras dormido. Si supiera que mientras estabas
enfermo no querías tomar la medicina, y que si no la tomabas morirías, te
imploraría de rodillas que tomaras la medicina que te salvaría. Pero, ¡aya,
aquí estáis; y estáis muchos de vosotros en peligro de destrucción, y
tenéis en vosotros una enfermedad que pronto destruirá vuestras vidas; y
sin embargo, ¡qué criaturas más descuidadas, endurecidas e irreflexivas
sois! Sólo os cuidáis del cuerpo, y no vais en pos de Cristo. Así como el
ángel puso su mano sobre Lot, y le dijo: «No mires detrás de ti, ni te
quedes en la llanura, sino huye al monte», así querría yo hacerlo con
vosotros. Vendría a cada uno de vosotros y os diría: «Hermano mío, puede
que el descuido te vaya bien ahora, pero el descuido no detendrá la voz de
la muerte cuando ella hable. La indiferencia puede que silencie mi voz en
tu conciencia, pero cuando venga el tétrico esqueleto de la muerte para
dirigirse a ti, la indiferencia de nada te servirá entonces. Ahora puede
que te rías, ahora puede que bailes; ahora puede que te diviertas; ahora
puede que tu copa esté llena hasta el borde: pero ¿qué harás aquel día,
cuando los cielos estén cubiertos de gloria, cuando los libros sean
abiertos, cuando sea establecido el gran trono blanco, y cuando acudas a
ser condenado o absuelto delante de tu Hacedor? Anticípate, te lo ruego,
anticípate a aquel día. Te lo ruego, por amor a Cristo, imagínate ahora
mismo delante de tu juez; imagínalo ahora en los cielos en su trono;
imagínate que estás ahora mirándole. ¡Oh, mi oyente!, ¿qué harás? Estás
delante del trono del juicio, sin Cristo; estás allí desnudo. «¡Rocas,
escondedme! ¡Ocultadme! ¡Ocultadme! ¡Estoy desnudo!» Pero, pecador, eres
arrastrado allá. ¿Qué harás ahora? Eres arrastrado desnudo delante de tu
juez. Te veo doblando la rodilla. Te oigo gritando: «¡Oh Jesús, vísteme
ahora!» «No», dice Jesús, «la ropa está colgada para siempre, no la
llevarás.» «¡Salvador! ¡Extiende sobre mí tus alas!» «No, por cuanto llamé,
y me rehusasteis; extendí mi mano, y nadie se cuidó. También yo me reiré
de vuestra calamidad, y me burlaré cuando os sobrevengan vuestros temores.»
¿Estoy hablando de realidades o de meras ficciones? Pues bien, realidades;
y sin embargo, si os estuviera leyendo una novela, estaríais bañados en
lágrimas; pero cuando os hablo la verdad de Dios, que pronto su carro
descenderá sobre la tierra, y que él nos juzgará, os quedáis sentados
inconmovidos y descuidados ante tal acontecimiento. Pero, ¡oh!, sepan
todos los pecadores descuidados, que la muerte y el juicio no son cosas
imaginarias; que la ira eterna y la separación eterna de Dios no son cosas
tan ligeras de soportar corno se imaginan. «Cosa horrenda es caer en manos
del Dios vivo.» «¿Quién entre nosotros morará con el fuego consumidor? ¿Quién
entre nosotros morará con tormentos eternos?»
Pero termino: ¿Oigo aquí decir a alguien: «Qué debo
hacer para ser salvo, porque me siento condenado»? Escucha las propias
palabras de Cristo: «El que crea y sea bautizado, será salvo; mas el que
no creyere, será condenado.» ¿Me preguntas qué significa creer? Oye, pues,
la respuesta. Creer es mirar a Jesús. Esta pequeña palabra «mirar» expresa
de manera hermosa lo que el pecador debe hacer. Hay poco en su apariencia,
pero mucho en su significado. Creer es dejar que las manos reposen, y
volver la mirada a Cristo. No podemos ser salvados por nuestras manos;
somos salvos por medio de nuestros ojos, cuando miran a Jesús. ¡Pecador!,
de nada te sirve que trates de salvarte a ti mismo; pero creer en Cristo
es el único camino de la salvación; y esto significa echar el yo a tu
espalda y poner a Cristo justo delante de ti. Nunca puedo encontrar una
mejor figura que la que empleó aquel hombre negro: Creer es caer sobre la
promesa y quedarse allí. Creer es cómo un hombre haría en un río. Se dice
que si nos cruzáramos de brazos y nos quedáramos inmóviles, no podríamos
hundirnos. Creer es flotar sobre la corriente de la gracia. Lo admito,
obrarás después; pero debes vivir antes de poder obrar. El evangelio es la
inversa de la ley. La ley dice: «Haz esto, y vivirás.» El evangelio dice:
«Vive primero, y luego harás.» La manera de hacer, pobre pecador, es decir:
«Aquí, Jesús, aquí estoy; a ti me doy.» Nunca conseguí una mejor idea
acerca de creer que la que me dio un pobre campesino. Puede que haya
mencionado esto antes; pero me impresionó mucho en aquel tiempo, y no
puedo dejar de repetirlo. Hablando acerca de la fe, dijo: «El viejo
enemigo me ha estado afligiendo mucho últimamente; pero le he dicho que no
me ha de decir nada acerca de mis pecados, que Gene que ir a mi Señor,
porque le pasé toda mi cuenta a él, bancarrota y todo.» Esto es creer.
Creer es dar todo lo que tenernos a Cristo, y tomando todo lo que Cristo
tiene para nosotros. Es cambiar casas con Cristo, cambiar de ropas con
Cristo, cambiar nuestra injusticia por su justicia, cambiar nuestros
pecados por sus méritos. Haz la transferencia, pecador; o más bien, que la
gracia de Dios la haga, y te dé fe en ello; y luego, la ley no será más tu
condenación, sino que te absolverá. ¡Que Cristo añada su bendición! ¡Que
el Espíritu Santo repose sobre nosotros! ¡Y que nos encontremos al final
en el cielo! Entonces «cantaremos para alabanza de la gloria de su gracia,
con la que nos hizo aceptos en el Amado».
*** |