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INTRODUCCIÓN
Dichosos nosotros cuando lo que nos manda nuestro
padre y aconseja nuestra madre está conforme con la Ley, los Mandamientos
de nuestro Dios. Dichosas aquellas almas jóvenes a las que una doble
fuerza impulsa hacia el bien: los lazos de la naturaleza y de la gracia
divina. Peca doblemente el que, al mismo tiempo, desobedece a su padre
según la carne y a su Padre celestial; y de muestra una perversidad fuera
de lo ordinario, aquel que desprecia, a la vez, las dulces lecciones de la
casa paterna y lo que la conciencia y el Señor prescriben.
En el capítulo del cual tomo mi texto, se dirige
Salomón, evidentemente, a los hijos que tienen la fortuna de tener padres
piadosos, y cuyas enseñanzas son conformes al mandamientos divino. Con el
lenguaje figurado que le es propio, les manda «atar siempre estas
enseñanzas a su corazón, y enlazarlas en su cuello.»
La primera de estas imágenes se refiere a la
aplicación interna, la segunda a la confesión exterior. La ley de Dios
debiera, en efecto, constantemente envolver, por decirlo así, el órgano
más vital de nuestro ser. Podemos olvidarnos de lo que tenemos en la mano
y hasta perderlo; lo que llevamos sobre nuestro cuerpo se nos puede
arrancar; pero lo que está unido al corazón se puede conservar mientras se
vive. Debemos amar la Palabra de Dios «de todo nuestro corazón, de toda
nuestra alma y de todas nuestras fuerzas.» Debemos consagrarle nuestros
afectos más ardientes y asirla con todas las fibras de nuestro ser.
Mas, no es esto todo: el Sabio nos dice, también,
que la enlacemos en nuestro cuello; lo cual equivale a decir, que la
ostentemos en público, que jamás nos avergoncemos de ella. Que no se
avergüence nuestro rostro, cuando se nos designe como hombres temerosos de
Dios. No bajemos la voz, por mi~ do a ser oídos, cuando hablamos de cosas
santas. Debemos llevar nuestra cruz virilmente, y confesar con gozo a
nuestro Maestro. Consideremos la religión verdadera, como nuestro más
preciado adorno, y así como los grandes dignatarios ostentan con orgullo
las condecoraciones sobre su pecho, enlacemos en nuestro cuello, a la
vista de todos, los mandamientos y el Evangelio del Señor nuestro Dios.
I
Para persuadirnos a obrar así, nos da Salomón tres
razones muy poderosas. Nos dice que «la enseñanza de Dios» (por la cual
entiendo las Escrituras inspiradas y, especialmente, el Evangelio de
Jesucristo) será, en primer lugar, nuestro guía: «Te guiará cuando
anduvieres». En segundo lugar, será nuestro protector: «Cuando
durmieres te guardara'.» Y al fin, que será nuestro amigo, nuestro
compañero de cada día: «Hablará contigo cuando despertares.»
Cualquiera de estos tres argumentos basta para
hacernos apreciar la Palabra divina. Todos tenemos necesidad de un guía,
porque «no es dado al hombre que marcha el dirigir sus pasos». Dejados a
nuestra propia sabiduría, caemos de locura en locura. Hay dilemas, hay
dificultades en la vida para los cuales es muchísimo más precioso un guía
seguro que un lingote de oro fino. La Palabra de Dios se nos ofrece cual
consejero infalible; y si aceptamos su ayuda, nos llevará por el camino
real del bien y de la verdad.
La segunda razón indicada por Salomón, no tiene
menos valor: la Palabra de Dios será nuestro protector y defensa. «El que
me oyere, habitará confiadamente, y vivirá reposado, libre de temor de
mal.» Sea por falta de prudencia o a causa de nuestras imperfecciones, hay
momentos cuando, sin la protección de un poder superior, caeríamos en las
manos del enemigo. Feliz aquel que teniendo la Ley de Dios grabada en su
corazón, y estando como revestido de una armadura, resiste en la hora del
peligro y queda invulnerable, «...guardado en la virtud de Dios... para
alcanzar la salud».
Pero, por muy interesantes que sean estos dos
puntos, prefiero no detenerme hoy en ellos, sino limitarme a llamar
vuestra atención, queridos oyentes, a la tercera razón que debe
impulsarnos a estimar el Libro de Dios: «Hablará contigo cuando
despertares», dice el Sabio; o lo que es lo mismo: será para nuestras
almas un dulce y fiel compañero. La Palabra inspirada de David, en
el salmo 119, llama alternativamente la Ley de Dios, Sus testimonios, Sus
mandamientos, Sus estatutos; y esta Palabra inspirada es la amiga del
creyente. El meollo y la esencia de la revelación es, sin contradicción,
el Evangelio de Jesucristo; y así esta parte de las Escrituras es, para el
hijo de Dios, objeto de especial predilección; pero de todo el santo
Volumen se dice en verdad: «Hablará contigo cuando despertares.»
El Libro de los libros habla con aquellos que
obedecen fielmente sus preceptos. Esto es una verdad muy sencilla y
práctica, de la cual cada uno de nosotros puede hacer la prueba. La
Palabra de Dios nos ha hablado, nos habla.
Meditando mi texto, he anotado cuatro o cinco
pensamientos, a los cuales deseo llamar la atención.
Notad, primeramente, hermanos míos, que LA PALABRA
DE Dios ES VIVA. De no ser así, ¿cómo habría podido decirse: «hablará
contigo?» Un libro muerto está mudo, y un libro mudo no puede hablar. Es,
pues, evidente que, hablando, es un libro vivo, es la Palabra de Dios «que
vive y permanece para siempre». ¡Cuántos libros humanos han muerto, mucho
tiempo ha, habiendo quedado reducidos al estado de momias egipcias! Ha
bastado el curso del tiempo para quitarles el valor; ningún interés
ofrecen y sus enseñanzas a nadie convencen. Enterradles, si queréis, a
título de curiosidades en las bibliotecas públicas, pues no hacen vibrar
ningún alma humana, ni despiertan calor en el corazón de ningún hombre.
¡Qué contraste, con la Palabra santa de Dios!
Aunque hace millares de años que fue escrita, goza de una juventud
imperecedera, de un vigor inalterable. El rocío de la mañana parece
reposar aún sobre ella, y sus palabras corren tan frescas, tan dulces,
como los arroyos primaverales. Las promesas que contiene son fuentes que
se desbordan en consolaciones, siempre nuevas. Jamás libro alguno ha
hablado cual este Libro; su voz está llena de potencia y majestad; es la
voz de Dios mismo.
Pero ¿por qué es viva la Palabra de Dios? ¿No lo
es, ante todo, porque es la verdad? El error es la muerte,
la verdad es la vida. Puede ser establecido un error por la fuerza de las
armas, por la corriente del pensamiento humano o por el racionalismo de la
filosofía; mas llegada la hora es consumido como el rastrojo destinado a
la hoguera. La guadaña del tiempo derriba todas las falsedades; unas tras
otras caen y se marchitan como la hierba verde.
Sólo la verdad permanece para siempre; sus orígenes
son inmortales. Encendida en el foco de la luz divina, su llama no puede
ser apagada. Si alguna vez, en la esperanza de ahogaría, la cubre de
cenizas la persecución, pronto reaparece más brillante que nunca,
vengándose así de sus adversarios. ¡Cuántos sistemas de error, venerados
en otro tiempo, se pudren hoy en la tumba del olvido! Pero la verdad, tal
cual es en Jesús, no conoce el sepulcro; no teme los funerales que la
incredulidad anuncia sin cesar. Continúa viva, y vivirá tanto tiempo como
el Eterno esté sentado en Su trono perdurable.
Podemos decir, en segundo lugar, que la Sagrada
Escritura es viva, porque emana de un Dios infalible e inmutable.
Dios no expresa un día lo que no hubiera dicho la víspera anterior. Él no
borrará mañana lo que hoy ha escrito. Cuando leemos una promesa hecha tres
mil años atrás, encontramos el mismo sabor que si acabase de salir de los
labios eternos. Las promesas divinas no tienen fecha; no tienen ninguna
interpretación particular, ni pueden ser monopolizadas por generación
humana alguna. Las palabras de la eterna verdad caen, lo repito, de los
labios del Todopoderoso, tan frescas hoy como cuando las dirigió a Moisés
y a Elías, o las pronunció por medio de Isaías o Jeremías.
La Palabra santa es siempre firme, cierta y potente.
Jamás envejece. Es una fuente inagotable de bendiciones, una especie de
manantial espiritual del cual manan aguas siempre puras, límpidas y
refrescantes por los siglos de los siglos.
La Escritura es viva, porque el mismo corazón de
Jesús esta en ella, como si encajado. Cristo es el más vivo de los
seres. Aunque traspasado en otro tiempo por la lanza del soldado romano,
su corazón no ama menos; es decir, vive y es tan tierno y compasivo como
cuando el Hijo del hombre andaba por la tierra. Jesús, el amigo de los
pecadores, se pasea a través de las páginas de las Escrituras, tal como en
otro tiempo recorría las llanuras y montañas de Palestina.
Si vuestros ojos están abiertos, podréis
descubrirle en las antiguas profecías, y le veréis más claramente aún en
los cuatro Evangelios. En las epístolas os abre todas las profundidades de
Su alma; y en los símbolos del Apocalipsis, os hace oír cómo el ruido de
Sus pasos se aproxima para el gran día de Su gloriosa venida. El Cristo
vivo está en la Palabra escrita. Allí podéis contemplar Su rostro casi en
cada página. El divino Predicador de la Montaña de las Bienaventuranzas os
hace oír aún Su voz. El Dios que dijo, al principio: «Sea la luz», anima
con Su soplo divino el Libro de la Revelación, como cuando la
incorruptible verdad, de que cada una de sus páginas está impregnada, fue
escrita por primera vez, y la mantiene en toda su fuerza, preservándola de
la decrepitud. «Secase la hierba, caese la flor: mas la Palabra del Dios
nuestro permanece para siempre.»
En fin, y sobre todo, sabemos que la Palabra de
Dios es viva, porque el Espíritu Santo se deja sentir por medio de ella,
de una manera muy especial. El obra, sin duda por el ministerio de los
predicadores del Evangelio; pero hemos notado que, más a menudo, la obra
del Espíritu se efectúa en los corazones por medio de los textos que
citamos, más bien que por las explicaciones que podemos dar. «Es la
Palabra de Dios y no los comentarios de los hombres lo que salva las almas»,
ha dicho un experimentado cristiano.
Dios no desprecia los esfuerzos de Sus siervos. Él
puede bendecir sus explicaciones y sus predicaciones; pero, lo repito, la
mayor parte de las conversiones son debidas a un sencillo pasaje de la
Escritura. «La Palabra de Dios es viva y eficaz, y más penetrante que toda
espada de dos filos.» La Biblia debe ser una fuente de vida, puesto que
por ella nacen de nuevo las almas.
Tocante a los creyentes, cuando estudian el santo
Libro, el Espíritu de Dios les aclara frecuentemente sus ofuscaciones.
Hubo un tiempo cuando nosotros no veíamos allí más que letras y palabras;
pero el Espíritu Santo se paseó sobre las letras y sobre las palabras y
fueron cambiadas en lenguas de fuego. Quizás el capítulo que leemos sea
tan insignificante, en apariencia, como en un principio la zarza de Horeb;
pero de repente brilla con esplendor celeste. Dios se nos aparece entre
las palabras tan evidentemente, que experimentamos lo que Moisés debió
experimentar cuando reconoció que el lugar donde se encontraba era tierra
santa, y descalzó los zapatos de sus pies.
Sé que la masa de mis oyentes nada comprende de
esto. Miran la Biblia, como cualquier otro libro; pero, si no lo
comprenden, que crean al menos nuestra palabra cuando afirmamos que hemos
sentido cien y cien veces la presencia de Dios en las páginas de la
Escritura; tan realmente como la sintió el profeta Elías, cuando oyó «el
silbido apacible y delicado» que no era otro sino la voz de Dios.
La Biblia nos ha hecho, a menudo, el efecto de la
casa de Dios, de aquel Templo que llenaba en otro tiempo con Su presencia;
y, como los Serafines, hemos exclamado con adoración: «Santo, Santo,
Santo, Jehová de los ejércitos.» Los judíos tienen la costumbre de colocar,
a guisa de frontispicio, en sus Biblias in-folio, las siguientes
palabras de Jacob: «Ciertamente Jehová está aquí... esto es la casa de
Dios y la puerta del cielo.» Ellos tienen razón. Sí; la Biblia es un
santuario espiritual, un lugar Santísimo, ornado de todas las piedras
preciosas, guarnecido, así por dentro como por fuera, del oro fino de la
verdad, y todo iluminado por la gloria del Eterno.
Si estas cosas son verdaderas, mis queridos
hermanos, si la Palabra de Dios es en realidad viva (y podemos afirmarlo,
conforme a nuestra experiencia personal), hemos de poner mucho cuidado en
el modo de tratarla.
Si os preguntásemos ahora: ¿Sois vosotros de
aquellos que escudriñan las Sagradas Escrituras? ¿No les acusaría a muchos
su conciencia? Quiero creer que la leéis; pero, ¿la escudriñáis? La
bendición divina no es prometida a los simples lectores de la ley de Dios,
sino a los que tienen su delicia en esta ley y la meditan día y noche. ¿Deseas,
tú, creyente, no solamente ser salvo como a través del fuego, sino gozar
además de todas las gracias y privilegios que Dios quiere conceder a Sus
elegidos? Siéntate, pues, cual un niño, a los pies de Jesús, estudiando
dócilmente Su Palabra. ¿Te sientes humillado por una caída reciente?
Conforta tu alma meditando las promesas divinas, y podrás exclamar, como
David: «Tu Palabra me ha dado la vida.» ¿Estás débil y fatigado? Ve y
comunica con el Libro vivo: él te devolverá tu energía de tal suerte, que
tus alas serán como las de águila.
Pero, tal vez, queridos oyentes, no sois todavía
convertidos; en tal caso no puedo prometeros que la simple lectura de la
Biblia os lleve a la salvación, y aún menos que esta lectura os sea
contada como mérito. No obstante, os exhorto a que tengáis el respeto más
profundo al santo Libro; a abrirlo con frecuencia y no continuar ignorando
su contenido. Vale la pena seguir el consejo, porque millares de veces ha
sucedido que, una persona no convertida, estudiando lealmente la Palabra
de vida, ha logrado la vida de su alma. «El precepto de Jehová... alumbra
los ojos», dice el salmista. Como Eliseo, sobre el niño que acababa de
morir, la Palabra de Dios se extiende, de cierto modo, sobre los pecadores
y comunica a sus almas muertas el calor de la vida.
Uno de los lugares donde más se puede tener la
seguridad de hallar al Señor Jesús, es el jardín de las Escrituras, pues
le place pasearse allí. Así como los ciegos del tiempo del Señor se
detenían al borde del camino por donde Jesús debía pasar, para implorarle
compasión, así vosotros, queridos amigos, sentaos junto al camino de las
Escrituras. Escuchad sus palabras de amor, sus promesa de perdón: Jesús es
quien se os aproxima; y mientras que oís Su voz, clamad como los ciegos de
Jericó: «¡Hijo de David, ten misericordia de nosotros!»
Tened cuidado, también, de escuchar las
predicaciones que más nutridas estén de la Palabra de Dios. Preferid éstas
a las que abundan en flores retóricas, que os deslumbran con frases más
bien decorativas que edificantes.
Mas, ante todo, os lo repito, estudiad
diligentemente la misma Palabra de Dios. Leedía con el sincero deseo de
comprenderla; estoy persuadido que, obrando así, vosotros, que aún estáis
alejados de Dios, seréis llevados cerca de Él e impulsados a aceptar la
salvación en Jesús. «La ley de Jehová es perfecta, que vuelve el alma.»
«La fe viene por el oír, y el oír por la Palabra de Dios.»
II
Pero, el Libro divino no es solamente vivo, Es
TAMBIÉN PERSONAL; pues se dirige a cada uno de vosotros individualmente. ¿Qué
dice mi texto? «Hablará contigo cuando despertares.» No dice,
notadlo bien, queridos amigos: «Hablará con los hijos de los hombres en
general», sino: «Hablará contigo.» Ya sabéis lo que significa esta
expresión: hablar con alguno. En este momento no hablo yo con cada uno de
vosotros en particular; a un auditorio tan numeroso no puedo dirigirme
sino en conjunto, pero cuando volváis a vuestras casas, podréis hablar
cada cual con su vecino, cambiando entre vosotros individualmente,
vuestros pensamientos e impresiones. Esto es precisamente lo que hace la
palabra de Dios. ¡Oh, inexplicable condescendencia! El Señor habla
familiarmente con cada uno de los lectores de Su Libro: tal como un amigo
lo hace con su amigo. Detengámonos un poco en este pensamiento que llega
hasta el alma.
Consideremos, primero, que la Escritura trata con
nosotros, de nuestros intereses más inmediatos. Nos habla de
nosotros mismos, de nuestra época, de nuestros contemporáneos, con tanta
exactitud como si hubiese sido escrita la semana pasada. Gentes hay que
abren la Biblia con la idea de encontrar informaciones históricas. Las
hallarán, seguramente, y muy preciosas, pero no es éste el objeto de la
Biblia. Otros buscan datos geológicos, y se han hecho grandes esfuerzos
para conciliar la geología con la Escritura o la Escritura con la geología.
Por nuestra parte, estamos ciertos que el progreso de la verdad no puede
contradecirse jamás con la verdad misma; y además, como nadie hasta el
presente puede jactarse de haber dicho la última palabra sobre geología,
esperamos que los filósofos se pongan de acuerdo entre sí para examinar el
asunto, no dudando que, cuanto mejor conozcan esta ciencia, tanto más
vendrán sus descubrimientos a confirmar lo que Dios ha revelado.
Sabemos, sin embargo, que las Escrituras no se nos
han dado con un fin científico. Estas se ocupan preferentemente del
hombre: de la felicidad del hombre en la inocencia, de su caída y de su
regeneración.
¿Por qué nos habla tanto, el Libro de Dios, de
víctimas, de sacrificios, de ofrendas y purificaciones? Lo hace con el fin
de darnos a conocer el plan divino, por el cual puede el hombre levantarse
de su caída y ser reconciliado con su Creador.
Leed la Escritura desde el principio hasta el fin,
y veréis cómo tiene por objeto hacer la historia de la humanidad. No se
ocupa en particular de judíos o gentiles, de griegos o bárbaros, sino de
la familia humana entera, salida de una misma sangre y llamada a los
mismos gloriosos destinos. No se ocupa de lo que sucede en la luna o en
los planetas, ni de los acontecimientos que sólo miran a los siglos
pasados o a los venideros. La Biblia nos lleva a ocuparnos de nuestra
tierra, de nuestra raza, del tiempo actual, de los asuntos de hoy. Indica
a cada uno cómo puede librarse de sus pecados inmediatamente y cómo puede
unir su alma a Cristo. No lee la Palabra de Dios como debe, aquel que no
la oye hablar de sus intereses más íntimos y más importantes.
La Sagrada Escritura es personal, porque se
dirige a los pecadores de toda categoría y condición. Escuchad sus
directos llamamientos: «Venid luego -dirá Jehová-, y estemos a cuenta. Si
vuestros pecados fueren como la grana, como la nieve serán emblanquecidos;
si fueren rojos como el carmesí, vendrán a ser como blanca lana.» La
Escritura abunda en invitaciones llenas de ternura. Se hace, por decirlo
así, todo a todos. Si los pecadores no quieren doblar su rodilla ante la
misericordia divina, la Escritura se baja hasta ellos para mostrarles esta
misericordia. Habla de la gracia de Dios como de un festín con animales
engrosados y viandas aparejadas; festín abierto para todos y al cual todos
son invitados; habla también de vestidos tejidos en el telar de la
sabiduría y del amor divino, y suplica al hombre que cubra su desnudez y
sus manchas con el ropaje de la justicia divina.
Ningún ser humano, cualquiera que sea su condición
moral, puede decir que en la Palabra de Dios no hay nada que pueda
apropiarse. Si has sido un perseguidor, la historia de Saulo de Tarso te
corresponde. Si has cometido un pecado terrible, el arrepentimiento de
David te instruye. Si has sido un ladrón o una mujer de mala vida, hay en
la Biblia casos especiales que se dirigen a ti. Cualquiera que sea la
naturaleza de tu pecado, querido oyente, ten la seguridad que hay alguna
porción en el Libro de Dios, alguna palabra que ha sido escrita para ti.
Mas, cuando llegamos a ser hijos de Dios es,
sobre todo, cuando el Libro nos habla con claridad y precisión admirables.
La Biblia es el Libro de familia de los hijos de Dios.
Tan pronto como conocemos a nuestro Padre
celestial, el santo Volumen viene a ser para nosotros cual una carta
querida, firmada por la mano de este buen Padre, y perfumada de Su tierno
amor.
Cualquiera que sea nuestra situación espiritual, el
Libro parece haber sido escrito en vista de esta situación. Se dirige a
nosotros, no tal como debiéramos ser o como otros han sido, sino como
somos actualmente. Responde admirablemente a las necesidades de nuestra
alma. ¿Hemos perdido nuestro primer celo y nuestro primer amor? El Libro
de Dios tiene un mensaje especial para nosotros. ¿Crecemos en la gracia y
tenemos altas aspiraciones espirituales? El Libro va siempre delante de
nosotros y nos anima, diciéndonos: «¡Excelsior! ¡Más arriba! ¡Más
arriba!»
Tengo en mi biblioteca muchos libros a los cuales
me he adelantado ahora. Los leí en otro tiempo con placer y provecho; pero
cuando, más tarde, he querido volverlos a leer, he quedado contrariado y
no pienso abrirlos más, porque no tienen ya nada que enseñarme. Me fueron
muy útiles en otro tiempo, tanto como los vestidos que llevaba cuando
tenía diez años; pero ya no corresponden a mi estatura. Hoy sé más que
esos libros y conozco sus defectos y errores. Pero nadie ha pasado jamás
delante de la Escritura. A medida que avanzamos en edad y conocimientos
cristianos, aumenta Ella en anchura y profundidad. Realmente no puede
crecer, porque es perfecta; pero, a medida que nosotros crecemos, nos
parece que se engrandece también. Cuanto más se ahonda en las Escrituras,
tanto mas se nos presenta como una mina inagotable.
El recién convertido que ha entendido y aceptado
los cuatro o cinco puntos de la doctrina ortodoxa, se dice con
satisfacción: «Ahora, ahora comprendo el Evangelio y poseo toda la verdad.»
Espera un poco, querido hermano, y verás cómo tu alma, cuando haya
aprendido a conocer mejor a Cristo, exclamarás con sorpresa de admiración:
«¡Oh Jehová, ancho sobremanera es Tu mandamiento!»
¿Y no habéis notado nunca, amados míos, que la
Palabra de Dios se adapta tanto a nuestros sufrimientos como a nuestros
goces? Cuando atravesamos tiempos de sombrío dolor y triste
abatimiento, el libro de Job mezcla sus gemidos con los nuestros. He leído
y releído en horas de tristeza las Lamentaciones de Jeremías, y
concordaban tan bien con lo que pasaba en mí, que casi me parecía haberlas
escrito yo.
Si lloramos, el Libro llora con nosotros. Y si, por
el contrario, se eleva nuestra alma hasta las cimas más altas, hasta el
Tabor o el Líbano, cuando contemplamos gloriosas visiones y vemos al Amado
cara a cara, la Palabra divina participa de nuestros trasportes; y en el
magnífico lenguaje de los Salmos, o del Cantar de los Cantares, expresa
todo lo que hay en nuestro corazón. Puede decirse, que la Biblia es un
amigo experimentado que ha estado antes que nosotros en los abismos y
sobre las cumbres, y ha conocido alternativamente las angustias de la
aflicción y los triunfos del gozo.
Por lo que a mi toca, puedo deciros que considero
la Palabra de Dios como mi libro; hubiese sido imposible escribir
otro que me conviniese tan bien; lo creería compuesto expresamente para mí.
No dudo, hermanos, que sea lo mismo para vosotros.
Y tú, pobre corazón afligido, ¿no es cierto que hay
alguna parte de la Biblia, una página o un versículo, que humedeces a
menudo con tus lágrimas, mientras tus labios murmuran: «¡Aquí está mi
promesa!, me pertenece; mi Dios me la ha dado!»? ¡Oh!, sí; el Libro es
divinamente personal, porque cualquiera que sea nuestra situación
particular corresponde a los menores detalles de nuestras
experiencias.
Y ¡cuán fiel es también! Fiel en todo y
todos los días. La Palabra de Dios no calla nunca lo que nos es provechoso.
Como Natán el profeta a David, nos grita:
«Tú eres aquel hombre.» Nunca deja sin reprensión
nuestros pecados, ni nuestras inclinaciones dañinas sin advertencia. Desde
el momento que tropezamos nos llama al orden y nos censura, por poco que
nos apartemos del camino recto. «Despiértate, tú que duermes; vela y ora;
guarda tu corazón sobre todas las cosas.» Estas palabras, y otras mil
semejantes, son otros tantos llamamientos directos, dirigidos a cada uno
de nosotros.
Antes de dejar este punto, permitid que os
recomiende un ejercicio espiritual, que no puede menos que seros saludable.
Examinaos, cada cual, cuidadosamente y preguntaos: «¿Mi alma tiene trato
directo con la Palabra de Dios? ¿Sé discernir esta voz que viene de los
cielos?
¿Qué contestas, querido hermano? ¿Lees la Sagrada
Escritura en el secreto de tu cuarto, y sientes que se dirige
personalmente a ti? ¿Has oído alguna vez que te mandaba? ¿Has temblado
ante sus amenazas? ¿Has ofrecido luego tu alma manchada a Jesús, el
Salvador, el Hijo de Dios encarnado, muerto en la cruz para expiar tus
pecados? Y ahora, ¿testifica este mismo Libro, a tu propio espíritu, que
eres hijo de Dios? ¿Tienes la costumbre de acudir a la Palabra divina para
conocer tu corazón, como vas al espejo para mirar tu rostro? ¿La consultas,
para saber dónde te encuentras, bajo el punto de vista espiritual?
¡Oh!, no trates este Libro ligeramente. ¡Dichoso tú
si haces de él un amigo! ¿No ha dicho el Señor, que habitará con aquel que
es humilde de corazón y teme a Su Palabra? Pero si la consideras como el
libro de todo el mundo, sin tomar para ti mismo sus amenazas y promesas, ¡cuidado!
Estás en peligro de ser contado en el número de los malos, que
menosprecian los estatutos del Eterno.
III
Nuestro texto nos hace comprender también, que LA
SAGRADA ESCRITURA ES FAMILIAR para con el hombre.
«Hablará contigo cuando despertares», dice el texto.
Hablar con alguien cuando despierta, supone gran intimidad y relaciones
familiares.
No dice, notadlo bien: «El Libro te predicará, te
hará un discurso.» Conozco personas que tienen en alta estima la Palabra
de Dios, pero que la consideran como una especie de predicador solemne,
cerniéndose en el espacio, y hablando a los débiles mortales que habitan
aquí abajo; desde lo alto de un tribunal inaccesible. Lejos de mí el
condenar la veneración que el Libro de Dios inspira a tales personas; pero
quisiera al propio tiempo, que no desconocieran su familiaridad. Repito
que no dice mi texto: «Te predicará un sermón o una amonestación.» No, no:
«Hablará contigo», conversará, digámoslo así, contigo. Nosotros nos
sentamos ante la Palabra divina, o más bien, ante Jesús mismo que nos
habla por medio de Su Palabra, y Él habla con nosotros tan libremente como
hablaba, en otro tiempo, con sus discípulos.
El primer rasgo de la familiaridad de las
Escrituras es que emplea el lenguaje de los hombres. Si hubiese
escrito Dios un libro en su propia lengua, no lo habríamos entendido; y si
algo entendiéramos, quedaríamos tan asustados, que pediríamos al
Todopoderoso que no nos hiciese oír más Su voz. Pero, en lugar de esto, se
ha servido el Señor de un lenguaje que, aunque rigurosamente verdadero, no
es el de Su infinita sabiduría, teniendo en cuenta lo flaco de la
inteligencia humana. Por esto la Escritura abunda en símiles, en figuras y
analogías, de las que puede decirse son del todo humanas; pero no esa
verdad absoluta que es la esencia misma de Dios.
Como el hombre, para dejarse comprender por un niño
imita su lenguaje balbuciente e incorrecto, así nuestro Padre celestial,
en Su condescendencia infinita, Se coloca en nuestro lugar empleando
nuestro modo de hablar. Su Libro no está escrito en el idioma celestial,
sino en el humilde dialecto de nuestra tierra. Nos alimenta con un pan
expresamente amasado para nosotros, con alimentos apropiados a nuestra
naturaleza. Se nos habla del brazo de Dios, de Su mano, de Su dedo, de Sus
alas y hasta de Sus plumas. Estas expresiones no son, evidentemente, otra
cosa que imágenes familiares en relación a nuestra limitada capacidad y
que, literalmente, no podrían comprenderse.
¡Admirable manifestación del amor divino, que se
digna servirse de las figuras y parábolas más vulgares, para ayudarnos a
comprender las verdades más sublimes!
Notad, además, queridos hermanos, cómo se
acomoda la Escritura a la sencillez de los pequeños y de los ignorantes.
Supongamos que el Volumen sagrado hubiese sido escrito todo en el
estilo del profeta Ezequiel, y tendremos que confesar que, en tal caso, la
generalidad de los hombres hubieran sacado poco provecho. Imaginémonos que
todos los libros del Nuevo Testamento estuviesen también envueltos en el
misterio en que se encuentra el Apocalipsis: nuestro deber sería
estudiarlos, cuando menos; pero si para recibir bien tuviésemos que
comprenderlos todos, su utilidad sería muy reducida.
Pero, ¿qué más sencillo que los Evangelios? ¿Qué
más comprensible que palabras tales como éstas: «El que creyere y fuere
bautizado, será salvo»? ¡Es una delicia fijarse en la claridad de las
parábolas: la moneda perdida, la oveja descarriada y el hijo pródigo!
Siempre que la Escritura toca los puntos esenciales de la salvación, es
tan luminosa como un rayo de sol. Cierto que contiene páginas oscuras y
doctrinas profundas; hay allí abismos donde el Leviathan puede
moverse a sus anchas; mas al lado de tales abismos, hay límpidas
corrientes que el recién convertido, un niño en la gracia, puede vadear a
nado.
Las narraciones evangélicas están al alcance de
todos; el espíritu más inculto, y hasta el más obtuso, diría yo, puede
comprenderlas. Son como una conversación familiar. Es la soberana
sabiduría de Dios que baja hasta nuestra pequeñez, para elevarnos hasta Su
grandeza.
La Sagrada Escritura también es familiar, porque
se ocupa de todo lo que nos interesa. Expreso aquí mis experiencias
personales. Ellas me hablan de mi carne, de mi corrupción y de mis pecados,
como no podría hacerlo nadie, aunque me conociese a fondo. Hablan de mis
pruebas, del modo más sabio, conocen hasta aquellas que no tengo valor de
confesar. Se ocupan de mis dificultades y de mis más pequeños cuidados;
tal vez los hombres se me burlarían, pero la Palabra de mi Dios simpatiza
con mis cosas más insignificantes. Sabe mis temores, mis dudas, mis
desfallecimientos y todos los vientos que soplan en el pequeño mundo que
se llama mi corazón.
Me parece que este Libro maravilloso ha pasado por
todas mis experiencias. Describe, hasta en sus más insignificantes
detalles, el camino que he seguido; diríase que es un compañero de viaje
que ha participado de mis impresiones. Y no me expone solamente bellas
teorías; no me mira a mí, criatura caída, desde las frígidas alturas de
una severa perfección. No, la Palabra santa, como el Salvador que me da a
conocer, parece tocada de mis enfermedades y compartir las tentaciones a
las cuales estoy expuesto.
¿No os han sorprendido a menudo, queridos hermanos,
los acentos absolutamente humanos de la Palabra de Dios? Truena como
Jehová; pero llora como uno de nosotros. Nada puede ser tan pequeño, ni
tan grave la culpa, que la Escritura desdeñe ocuparse de ello. Toca a la
humanidad por todos lados, y no viene a nosotros con la reserva de un
extraño, sino con la familiaridad de un amigo.
Me detengo aún en este punto, queridos oyentes,
para exhortaros a que vosotros mismos os examinéis. ¿Consideráis realmente,
la Palabra de Dios como un afectuoso y simpático amigo? Si entre vosotros
hay alguno que la olvida y descuida, ¿qué le diré? Si fuese un libro
sombrío y lúgubre, no conteniendo más que maldiciones y lamentos,
fulminando en cada página amenazas de venganzas, podría, hasta cierto
punto, explicarme vuestra conducta. Pero tú, preciosa Palabra de mi Dios,
gozo de mi alma, consoladora en todos mis dolores; tú, que te acercas a mi
lecho de dolor, que enjugas mi lágrimas, y esclareces mis tinieblas, ¡oh!,
¿cómo puede haber quien te olvide?, ¿cómo puede haber quien te descuide?
Se relata que un predicador del Evangelio, después
de haber exaltado el valor inapreciable de la Biblia, cogió la que había
sobre la tribuna, la colocó tras de si y supuso que Dios decía a los
hombres desde lo alto del cielo: «¿No queréis leer mi Palabra? ¿Os fatiga?
¿Os aburre? ¡Bien, pues! Me la llevo.» Luego trazó el predicador un cuadro
espantoso de la oscuridad y desolación que reinarían en el mundo si fuera
privado de la revelación divina, y pintó el dolor de los hombres más
sabios, que cercarían noche y día el trono de la gracia, pidiendo
encarecidamente que les fuese devuelto el santo Libro.
Esto nos ofrece una idea perfectamente ajustada a
la verdad. Aunque la humanidad desprecia y descuida el Libro de Dios, si
le fuese arrebatado, sentiría que se le había quitado el guía más seguro y
el consolador más fiel.
IV
Nuestro texto nos enseña, en cuarto lugar, que el
Libro de Dios, no sólo nos habla, sino que además, ESTABLECE UNA
INTELIGENCIA RECÍPROCA, ENTRE SÍ Y NOSOTROS, UNA ESPECIE DE DIÁLOGO
MISTERIOSO, PERO MUY REAL.
«Hablará contigo cuando despertares.» Cuando
dos personas conversan, es evidente que ambas tienen algo que decirse; una
y otra toman parte en la conversación. Nuestras relaciones con la
Escritura son semejantes: habla y hace hablar al hombre, estando siempre
dispuesta a replicar. Cualquiera que sea la disposición con que abráis la
Palabra, tened la seguridad de que os responderá con maravillosa
oportunidad. Si estáis tristes, parece que se haya puesto de luto; y si
posáis sobre el estiércol, como el pobre Job, toma asiento a vuestro lado,
cubierta de saco y ceniza. Mas, si acudís al LIBRO divino con el corazón
saltando de gozo, pronto le ois regocijándose con vosotros; tomando el
salterio y el arpa y trayendo los sonantes címbalos. Recorred el rico
territorio de la Escritura en un estado de espíritu dichoso, y veréis cómo
las montañas y los collados cantan de gozo en derredor vuestro, y baten
palmas los árboles del bosque.
Como el rostro se refleja en el agua, así, en las
límpidas corrientes de la Verdad revelada, encuentra el hombre su propia
imagen.
Una de las mejores pruebas de esa misteriosa
inteligencia que existe entre la Palabra de Dios y nosotros es que
responde a nuestras preguntas. Por mi parte he quedado maravillado en
muchas ocasiones de las respuestas, tan claras y directas, que me daban
los santos Oráculos. Os interrogáis, reflexionáis y buscáis la solución de
un problema, y, sin pensarlo, en vuestro culto de la mañana o bien por un
versículo que al azar cae bajo vuestra vista, encontráis la solución
deseada.
¿Cuál es el cristiano que, una vez u otra no ha
visto, digámoslo así, que se desprende un texto del santo Libro, y vuela
hacia él cual un serafín, tocando sus labios como con un carbón de fuego?
(Is. 6:17). Este texto reposaba entre las plantas aromáticas del jardín
llamado la Palabra de Dios; pero ha recibido una misión divina, y de
pronto trae a nuestro corazón atribulado instrucción y consuelo.
Otra prueba de que la Palabra de Dios nos comprende
y nos contesta es que cuando nosotros le abrimos nuestra alma, se abre
también ella a nosotros. Si leéis la Biblia, diciendo: «¡Oh preciosa
Revelación, ya he gustado tu dulzura, pero penetra más y más en mi alma;
renuncio a mis prevenciones, a mis ideas preconcebidas; deseo ser cual
blanda cera, capaz de recibir tus impresiones.» Si decís esto con toda
sinceridad, la Escritura os descubrirá sus secretos más íntimos; pues ella
tiene secretos que no revela al común de sus lectores; tiene tesoros
escondidos en las montañas eternas, ricos filones de la verdad divina, que
no pueden descubrir más que los que los buscan resueltos y perseverantes.
Querido oyente, date por entero a la Biblia y la
Biblia se dará a ti también por entero. Léela con rectitud y sencillez, y
abrirá ante ti una puerta tras otra, y descubrirá, ante tus sorprendidos
ojos, lingotes de plata que no podrás pesar y trozos de oro fino que no
sabrás medir.
Dichoso el hombre que, abriendo su corazón a las
Escrituras, prueba en sí mismo la verdad de estas palabras: «El secreto de
Jehová es para los que Le temen.»
Si amáis la Biblia ¡cuán tierna será para
vosotros! La soberana sabiduría que la inspiró nos dice: «Yo amo a los
que Me aman.» Abrazad la Palabra de Dios y, a su vez, os abrazará a
vosotros. Si apreciáis cada uno de sus versículos y cada una de sus
palabras, parecerá que os sonríe, os dará la bienvenida y os tratará cual
huéspedes privilegiados.
Queridos oyentes, no os pongáis a las malas con la
Biblia, sin la cual no estaréis bien con Dios. Cuando nuestro Credo
no cuadre con la Palabra divina, es ya más que hora de vaciar nuestro
Credo en otro molde. La Revelación de Dios no debe ser cambiada. ¡Oh!
¡Cuántas mutilaciones, entabladuras y limaduras le han inferido ciertos
comentadores para hacerla ortodoxa a su manera! ¿No es mejor tomarla
sencillamente tal como es? Cuantas veces nos hallemos en desacuerdo con la
Biblia, es menester decir que ella está en la verdad y nosotros en el
error. Sus enseñanzas son infalibles y deben ser respetadas como tales.
Cuando la amemos tan de veras que, en modo alguno,
consintamos cambiar ni una de sus líneas y que, a ser necesario, estemos
dispuestos a morir en defensa de las verdades que contiene, estemos
seguros que nos pagará con creces. Nos tratará como a hijos de casa y nos
descubrirá sus misterios como no lo puede hacer a todo el mundo.
Debo dejar ya este orden de ideas; pero antes
permitidme, queridos amigos, que os dirija la siguiente pregunta: ¿Habláis
al Señor? ¿Habla el Señor con vosotros? ¿Se eleva vuestro corazón al cielo,
aceptando la Palabra de Dios, como venida directamente de El? Si estos
benditos diálogos os son desconocidos, debo deciros que no sois aún
miembros vivos de la familia de Dios. ¡Oh! Si podéis serlo, si podéis
contemplar al Señor Jesús en Su Palabra, viéndole moribundo en la cruz por
vuestros pecados y poniendo en El toda vuestra confianza; desde este
instante, no lo dudéis: el Libro de Dios tendrá eco en vuestro corazón y
responderá a todas sus emociones.
Hallamos, finalmente, que LA ESCRITURA EJERCE UNA
INFLUENCIA PRACTICA EN AQUELLOS QUE LA ESCUCHAN. El mismo Salomón nos lo
enseña; pues, luego de habernos dicho que la Ley de Dios «nos hablará»,
añade que preservará al joven «de la mujer extraña» y de diferentes
pecados, que enumera en los versículos que siguen a mi texto.
Y, efectivamente, por poco que la Palabra divina
hable realmente a nuestro corazón, influye desde luego en nuestra conducta.
Toda conversación ejerce más o menos influencia
sobre los que toman parte en ella. Estimo que la conversación es mucho más
poderosa, sea para bien o para mal, que la predicación; y así, el
predicador nunca predica mejor que cuando se contenta con hablar. Ninguna
oratoria es superior al lenguaje sencillo y natural: éste es el tipo de la
elocuencia. Todos los ademanes y la verbosidad de nuestros retóricos no
son más que artificio y oropel. El predicador que aspira a llegar al
corazón de los que le oyen, nada mejor puede hacer que imitar la Palabra
de Dios, esto es: hablar a sus oyentes.
El sagrado Libro ejerce su influencia sobre
nosotros de muchas maneras.
Calma nuestros temores y nos inspira ánimo. Más
de un soldado de Cristo ha estado tentado a huir el día de la batalla;
pero el Señor, por medio de Su Palabra, ha puesto sobre él su mano,
diciéndole: «Tente firme; no temas, que Yo soy contigo; no desmayes que Yo
soy tu Dios que te esfuerzo: siempre te ayudaré, siempre te sustentaré con
la diestra de Mi justicia.»
Oímos hablar de valientes cristianos; pero no
sabemos cuántas veces se habrían portado como verdaderos cobardes, si la
buena Palabra de su Maestro no les hubiese animado para llegar a ser más
fuertes que los leones.
La Biblia ejerce también, en grado extraordinario,
una acción vivificante en nuestras almas. ¿No habéis sentido nunca,
queridos hermanos, que os infundía como una nueva sangre en vuestras venas?
Os habéis reprochado de languidez espiritual, diciéndoos: «¿Cómo puedo
soportar esta miserable vida, que parece una muerte? Es necesario que
sacuda este sopor, que vaya adelante, al blanco.» ¿No es cierto que,
entonces, la Palabra os ha estimulado y os ha dado alas?
Lee, oh creyente, las porciones del Evangelio que
te hablan de la agonía de tu Maestro, y exclamarás, arrebatado de
entusiasmo:
«Mi espíritu, alma y cuerpo
Mi ser, mi vida entera,
Cual viva santa ofrenda
Entrego a Ti, mi Dios.
Soy Tuyo, Jesucristo1
Comprado con Tu sangre;
Haz que contigo ande
En plena comunión.»
Lee, también, las magnificas descripciones que da
la Biblia de las glorias del cielo, y te sentirás inflamado de nuevo ardor
para correr hacia el blanco, sabiendo que te está reservada una corona
incorruptible. Nada eleva tanto al hombre sobre sus groseras
concupiscencias, sus pensamientos de lucro o ambición carnal, como estas
conversaciones con el Espíritu de verdad que ha dictado los santos Libros;
por medio de ellos ennoblece el alma al mismo tiempo que es alentada.
La Escritura también inspira al cristiano prudencia
y vigilancia. ¡Con qué cuidado le enseña a mirar bien por qué camino
anda! Me habría inclinado yo a la derecha o a la izquierda, si la Palabra
de Dios no me hubiese dicho: «Tus ojos miren lo recto, y tus párpados en
derechura delante de ti.» ¿No se llamará señal de alarma a la que nos
advierte que la tempestad arrecia a lo lejos, y que nos debemos quedar en
el puerto?
La Palabra de Dios opera, además, sobre nosotros,
para santificarnos y modelamos conforme a la imagen de Cristo. Si
no leéis las Escrituras, no esperéis adelantar en la gracia. Si la Palabra
de Dios no os es familiar, no podéis esperar que llegaréis a ser
semejantes a Aquel que la ha dictado. La mano de Dios nos moldea como a
barro, por ,medio de la Escritura, y hace de nosotros lo que El quiere que
seamos.
Conversad mucho con la santa Palabra y1
de este modo, aumentará todos los días vuestra alma en vigor y santidad.
Conversad mucho con la literatura frívola, con las
tontas novelas del día, y seréis hombres y mujeres sin consistencia moral,
que no saben más que perder el tiempo.
¿Queremos, pues, queridos amigos, llegar a ser
firmes y sólidos cristianos? Escuchemos y recibamos las sólidas enseñanzas
de la Ley divina. ¿Queremos ser hechos conformes, en alguna medida, a la
imagen de nuestro Maestro? Alimentémonos de Su Palabra; refrigerémonos en
esta fuente de vida.
Para acabar, la Escritura nos habla y seremos, por
ello, arraigados y fundados en Cristo, en lugar de ser llevados, de
aquí para allá, por todo viento de doctrina.
Se oye hablar, de cuando en cuando, de apostatas
que reniegan del Evangelio: deben estar bien poco instruidos «como la
verdad está en Jesús». Hay, entre nosotros, alarmistas que van repitiendo
en voz alta, que toda Inglaterra va a pasarse a la iglesia de Roma. Un
respetable cristiano expresaba, hace poco, sus vivas aprensiones con este
motivo.
Yo le contesté que no sabía a qué especie de Dios
adoraba él, porque mi Dios era más poderoso que el diablo, y nunca
permitiría que Satanás fuese superior en esta tierra de la Biblia y de los
mártires. Por mi parte, temo menos al papa de Roma que a los ritualistas y
racionalistas que se introducen en nuestras filas. Mas, sin que yo
participe de los te-mores de mi amigo, soy el primero en reconocer que la
iglesia cristiana estará sujeta a fluctuaciones sin fin y que será
trastornada tan pronto por una forma de error como por otra, si no se
dedica más seria-mente y con más asiduidad y aplicación al estudio de las
Escrituras.
Hermanos míos: ¿seré acusado de maldiciente si digo
que, hasta entre los miembros más despiertos de nuestras iglesias, hay
muchos que no ahondan la Escritura? Oís la lectura de un capítulo el
Domingo, tal vez leéis algunos versículos en el culto de familia; pero no
hacéis más; no hacéis, para vosotros, un estudio profundo y sistemático de
la Biblia. A vuestras conciencias apelo: ¿no es cierto lo que digo? Muchos
fieles se contentan, para alimentar su piedad, con su periódico religioso,
o aceptan el Evangelio sencillamente porque sale de los labios de su
pastor. ¡Oh! ¿Tenemos nosotros los nobles sentimientos de los judíos de
Berea, que «escudriñaban cada día las Escrituras» para ver silo
dicho por los apóstoles era conforme a ellas?
¡Perezcan todos los libros humanos, buenos y malos;
perezcan hasta los libros de oración, nuestros sermones y nuestros himnos,
si estos libros han de hacernos descuidar la lectura de la Biblia! ¡Una
sola gota de la preciosa esencia de la Revelación vale más que un océano
de comentarios y sermones!
Es absolutamente indispensable ser alimentados de
la pura e infalible Palabra de Dios, si queremos ser fuertes contra el
error y edificados en la fe inquebrantable de la verdad. Fuera de la santa
Escritura, no puede haber vida religiosa ni vida digna de este nombre.
Queridos hermanos: se acerca el tiempo cuando todos
dormiremos el sueño de la muerte; pero cuando llegue el gran despertar, ¡cuán
felices seremos oyendo la Palabra de Dios que nos hable aún! Fila renovará
nuestra antigua amistad. Entonces, las promesas que en otro tiempo amamos
serán cumplidas; las dulces esperanzas de un más allá de gloria y
de felicidad serán realizadas. Entonces, el rostro de Cristo, que veíamos
aquí confusamente, como en un espejo, será enteramente descubierto y
resplandecerá sobre nosotros, como el sol del mediodía.
Que Dios nos conceda amar Su santa Palabra y
encerrarla en nuestro corazón, a fin de que podamos vivir para Su gloria
desde ahora y para siempre. Amén.
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