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«Y mientras se acercaba el
muchacho, el demonio le derribó v le sacudió con violencia; pero Jesús
increpó al espíritu inmundo, y sanó al muchacho, y se lo devolvió a su
padre» (Lucas 9:42).
INTRODUCCIÓN: Un ejemplo muy adecuado
Este muchacho poseído por un espíritu malo es un
ejemplo muy adecuado de cada persona impía e inconversa. Aunque no estemos
poseídos por demonios, sin embargo por naturaleza estamos poseídos por
concupiscencias y vicios demoníacos que, si no angustian y afligen
nuestros cuerpos, con toda certidumbre destruirán nuestras almas. Nunca
una criatura poseída por un mal espíritu estuvo en peor aprieto que aquel
que está sin Dios, sin Cristo, y sin esperanza en este mundo. Además,
echar el espíritu inmundo era algo imposible para los hombres, y sólo
posible para Dios; igualmente la conversión del pecador es algo fuera de
la capacidad humana, que sólo será llevada a cabo por el poder del
Altísimo. Los terribles chillidos, espúmeos y desgarros causados sobre
este infeliz muchacho por el espíritu inmundo son una imagen de los
pecados, de las iniquidades y de los vicios a los que los impíos son
continua e impetuosamente llevados; y un tipo de aquel triste y terrible
sufrimiento que el remordimiento hará recaer mañana en su conciencia, y
que la vengar de Dios hará que pronto ocupe sus corazones. Que los padres
llevasen este muchacho al Salvador nos enseña una lección: que aquellos de
nosotros a los que se confía el cuidado de los jóvenes, ya como padres, ya
como maestros, deberíamos estar ansiosos de llevar a nuestros niños a
Jesucristo, para que en Su gracia Él los salve. El devoto deseo y
compasión del padre por su lijo es sólo Lu1 modelo de lo que cada padre
debiera sentir por los suyos. Lo mismo que Abraham, debería orar: «Ojalá
Ismael viva delante de ti.» Y no sólo orar, sino también poner todo de su
parte para llevar a su hijo al estanque de Siloé para que quizá el ángel
agite el agua, y su hijo pueda descender a ella y quedar sano. El padre
debería poner a su hijo donde el Salvador camina, para que le mire y le
sane. La venida del muchacho a Cristo es una imagen de la fe salvadora,
porque la fe es acudir a Cristo, sencillamente creer en el poder de su
expiación. Y, por último, el derribo y desgarro mencionado en mi texto es
una imagen del conflicto del que acude, que es confrontado por el enemigo
de las almas. «Y mientras se acercaba el muchacho, el demonio le derribó y
le sacudió con violencia.» Nuestro tema, esta mañana, será el hecho bien
conocido de que los pecadores que acuden, cuando se acercan al Salvador,
son a menudo derribados por Satanás y desgarrados, de modo que sufren
terriblemente en sus mentes, y quedan casi dispuestos a abandonar en
desesperanza.
Hay cuatro puntos que considerar esta mañana. Se
trata de las acciones, los designios, el descubrimiento y la derrota del
diablo.
I
Primeramente, LAS ACCIONES DEL DIABLO. Cuando este
muchacho acudía a Cristo para ser sanado, el diablo lo derribó y lo
sacudió. Ahora bien, ésta es una ilustración de lo que Satanás hace con la
mayoría de los pecadores, por no decir que con todos, cuando acuden a
Jesús en pos de luz y vida por medio de Él; los derriba y los sacude.
Dejadme señalaros por qué es que el diablo causa estas terribles
conmociones y agonías que acompañan a la conversión. Conoce una multitud
de añagazas, porque es astuto y sagaz, y tiene diversas maneras de
conseguir sus fines.
1. Primero, lo hace pervirtiendo la verdad de Dios
para la destrucción de la esperanza y del consuelo del alma. El diablo es
buen conocedor de teología. Nunca he sospechado todavía que fuese
heterodoxo. Creo que es uno de los sujetos más ortodoxos de la creación.
Otros puede que no crean las doctrinas de la revelación, pero el diablo no
puede dejar de creerlas, porque conoce la verdad; y aunque con frecuencia
la desmienta, es tan astuto que comprende que cuando el alma está
convencida de pecado, su mejor método es no contradecir la verdad, sino
pervertirla. Ahora os mencionaré las cinco grandes doctrinas que
consideramos como las más destacadas de las Escrituras, mediante la
perversión de las cuales el diablo trata de mantener el alma en esclavitud,
tinieblas y desesperación.
Primero, tenemos la gran doctrina de la elección --que
Dios ha escogido para sí un número que nadie puede contar, que serán
santos, por cuanto han sido ordenados para que sean un pueblo peculiar,
celoso de buenas obras. Ahora bien, el diablo agita al alma que acude por
medio de esta doctrina. «Oh», dice él, «quizá no seas de los escogidos. De
nada vale que vengas luchando y debatiéndote; tanto dará que te sientes y
no hagas nada, y, sin embargo, si has de ser salvo serás salvo; pero si tu
nombre está escrito entre los que se pierden, todas tus oraciones,
búsqueda y fe no te servirán de nada.» De esta manera comienza el diablo a
predicar la soberanía de Dios a oídos del pecador, para hacerle creer que
de cierto el Señor lo cortará. Pregunta él: «¿Cómo puedes pensar que un
miserable como tú puede ser escogido? Tú no mereces otra cosa que la
condenación, y lo sabes bien. Tu hermano es una buena persona, moral, pero
tú, tú eres el principal de los pecadores; ¿crees acaso que Dios te va a
escoger?» Entonces, si el que sufre esta tentación es instruido en el
sentido de que la elección no tiene nada que ver con el mérito, sino que
es de la libre voluntad de Dios, Satanás comienza de otra manera e insinúa:
«No te sentirías de este modo si fueses uno de los escogidos de Dios; no
se permitiría que cayeses en todo este sufrimiento y que orases a Dios en
vano durante tanto tiempo.» Y de nuevo susurra: «Tú no eres de Él»; así
intenta destrozar el alma y desgarrarla en pedazos. Me gustaría sólo darle
un golpe a sus planes esta mañana recordando a nuestros amigos que cuando
acuden a Cristo nunca tienen que preguntarse acerca de la doctrina de la
elección. Nadie, al enseñarle el alfabeto a un niño, le hace aprender la Z
antes que haya aprendido la A. De la misma manera, no se puede esperar del
pecador que aprenda la elección antes que haya aprendido la fe. El texto
con el que él tiene que ver es éste: «Cree en el Señor Jesús, y serás
salvo»; y cuando el Señor le ha capacitado para aprender y creer esto,
puede pasar a lo siguiente: «Elegidos según la presciencia de Dios Padre
en santificación del Espíritu, para obedecer y ser rociados con la sangre
de Jesucristo.» Pero si no puede sacarse este tema de la cabeza, no tiene
por qué hacerlo, porque puede recordar que cada persona arrepentida está
escogida, que cada creyente es escogido. Por muy gran pecador que sea, si
sólo se arrepiente, esto es prueba de que es escogido; si tan sólo cree en
Cristo, está tan ciertamente escogido como que su fe es genuina. No puedo
decir que soy escogido antes que sepa que creo en Dios. No puedo
distinguir una cosa a no ser que vea sus efectos. No puedo decir si hay
una semilla en la tierra hasta que abro la tierra, o si espero hasta ver
el tallo brotando de la tierra; y tampoco sabré si tu nombre está escrito
en el libro de la vida del Cordero hasta que vea el amor de Dios
manifestado en ti en la proyección de tu corazón hacia Dios. No puedo
desentrañar las profundas rocas de la oscuridad para encontrar esa cosa
oculta, excepto que la evidencia y los efectos me provean de pico y pala.
Hay un diario en Glasgow llamado Noticias Cristianas, que yo más bien
llamaría Noticias Anticristianas o Avispa Cristiana, y su editor dice de
mí que no tengo derecho a predicar la Palabra de Dios porque no sé (¿podéis
suponer a qué se refiere?) quiénes son los escogidos de Dios. Y este
editor viene a decir: «Según su misma confesión, ese joven no sabe quiénes
son los escogidos de Dios hasta que les ha hecho preguntas y conoce su
carácter.» Vaya, pues si lo supiera, desde luego que sería
maravillosamente sabio. ¿Quién los conoce, aparte de esas señales y marcas,
y evidencias, que Dios siempre concede en el corazón y la vida de Sus
escogidos a su debido tiempo? ¿Descerrajaré yo los archivos del cielo y
leeré los registros, o desenrollaré con mano presuntuosa el libro de la
vida del Cordero, para saber quiénes son los escogidos de Dios? No. Eso se
lo dejaré hacer al editor de Noticias Cristianas, y cuando él publique una
lista exhaustiva y correcta de los escogidos, es indudable que será un
éxito de ventas, y que el editor hará una fortuna con ello. Que no se
angustie tu alma acerca de la elección, porque todos los que se
arrepienten y creen lo hacen como efecto de la elección.
La siguiente doctrina es la de Muestra depravación;
que todos los hombres han caído en Adán; que se han apartado de la verdad,
y que además, por causa de sus prácticas, se han llenado de pecado; que en
ellos no mora el bien, y que si alguna cosa buena llega jamás a estar en
ellos, será porque la ha puesto Dios; porque no hay ni siquiera una
simiente de bien en el corazón, y mucho menos su flor. El diablo atormenta
el alma con esta doctrina, y dice: «Mira lo depravado que eres; sabes cuán
terriblemente has pecado contra Dios; has ido errante diez mil veces.
Mira», dice él, «ahí están tus viejos pecados demando contra ti»; y agita
su varita y hace resucitar las pasadas iniquidades, que se levantan como
fantasmas y aterrorizan el alma. «Ahí, contempla aquella escena de
medianoche; recuerda aquel acto de ingratitud; ¡escucha! ¿no oyes aquel
juramento haciendo eco en la pared del pasado? Mira a tu corazón: ¿podrá
jamás ser lavado? Está lleno de negrura. Sabes cómo trataste de orar ayer,
y cómo tu mente estaba absorta en tus negocios antes que hubieses medio
terminado tu oración; y desde que has estado buscando a Dios sólo lo has
hecho medio en serio, llamando a la puerta algunas veces, y luego
abandonando. Es imposible que jamás seas perdonado; te has alejado
demasiado para que el pastor te encuentre; te has tornado en total
iniquidad; tu corazón es engañoso más que todas las cosas y
desesperadamente malo, y no puedes ser salvo.» Muchas pobres almas han
sufrido terribles desgarros con esta doctrina. He sentido algo de ello yo
mismo, en ocasiones en que he pensado que iba a quedar desgarrado en.
pedazos por el terrible recuerdo de lo que había sido. El diablo lanza al
pecador al suelo y lo desgarra casi miembro a miembro, persuadiéndole de
que su culpa es abominable más allá de todo paralelo; de que sus
iniquidades van más allá del .alcance de la misericordia, y de que está
firmada su sentencia de muerte. ¡Ah, pobre alma, levántate de nuevo! El
diablo no tiene derecho a lanzarte por tierra. Tu pecado no puede ser
demasiado grande para la misericordia de Dios. No es la grandeza del
pecado lo que hará que alguien sea condenado, si no hay falta de fe. Si un
hombre tiene fe, sean cuales sean los pecados que pueda haber cometido,
será salvo. Pero si tiene un solo pecado y no tiene fe, aquel un pecado le
destruirá del todo. La fe en la sangre de Cristo destruye el aguijón del
pecado. Una gota de la preciosa sangre del Salvador podría extinguir mil
mundos encendidos si Dios quisiera, y mucho más apagará los ardientes
temores de tu pobre corazón. Si crees en Cristo, dirás al monte de tu
culpa: «Apártate de aquí, y échate al fondo del mar.»
Luego hay la doctrina del llamamiento eficaz, que
Dios llama a Sus hijos de un modo eficaz; que no es el poder del hombre el
que nos trae a Dios, sino la obra de Dios traer al hombre a la gracia; que
Él llama a los que quiere salvar con un llamamiento efectivo y especial
que otorga sólo a Sus hijos. «Mira ahora», dice el Maligno, «el ministro
ha dicho que es necesario que haya un llamamiento eficaz; fíjate en que el
tuyo no es un llamamiento eficaz; nunca vino de Dios; sólo se trata de
unos sentimientos ardientes; te sentiste algo excitado bajo el sermón, y
se desvanecerá en el acto, como la nube de la mañana o el rocío del
amanecer. A veces tienes deseos fuertes, pero en otras ocasiones no son ni
la mitad de vehementes; si el Señor te atrajese, siempre serías atraído
con el mismo poder; pronto terminará, y tanto peor te irá por haberte
sentido inclinado a Dios bajo estas convicciones legales y luego haberte
apartado de Él.» Y bien, amados, decidle a Satanás que no sabéis si se
trata de un llamamiento eficaz, pero que sabéis esto, que si perecéis será
yendo a Cristo y que allí pereceréis; decidle que sabéis que es tan eficaz
que no podéis dejar de acudir a Cristo; que si va a ser permanente o no,
vosotros no lo podéis saber -que esto ya se lo haréis saber en su momento;
pero que estáis resueltos -porque ésta es vuestra última línea de defensa-
que si perecéis será al pie de la cruz de Cristo; y de este modo, con la
ayuda de Dios, podréis vencerle cuando quiera precipitaros en tierra con
esta doctrina.
El diablo pervertirá asimismo la doctrina de la
perseverancia filial de los santos. «Mira», dice Satanás, «los hijos de
Dios siempre se mantienen en su camino; nunca dejan de ser santos;
perseveran; su fe es como el camino de los justos, que va resplandeciendo
más y más hasta el día perfecto; y así sería el tuyo si fueses del Señor.
Pero tú nunca serás capaz de perseverar. ¿No recuerdas hace seis meses,
cuando estabas enfermo, cómo resolviste servir a Dios, y todo quedó en
agua de borrajas? Has decidido muchas veces que serías un cristiano, y
nunca has durado quince días. De nada te servirá; eres demasiado veleidoso;
nunca te mantendrás firme por Cristo; irás con Él un trecho, pero luego de
cierto te volverás; por ello no puedes ser un seguidor del Señor, porque
ellos nunca se vuelven.» Y así trata de empujar y desgarrar el alma con
esta gran y consoladora doctrina. El mismo clavo en el que el pecador debe
amarrar su esperanza quiere usarlo el diablo para clavarlo en las mismas
sienes de su fe, para que muera como murió Sísara en la tienda de Jael. Oh
pobre alma, dile a Satanás que tu perseverancia no es tuya, sino que el
autor de la misma es Dios; que por débil que seas, conoces tu debilidad,
pero que si Dios comienza una buena obra, nunca la dejará sin terminar. Y
repeliéndole de esta manera, podrás levantarte de este abatimiento y
desgarro que te ha causado.
Luego tenemos la doctrina de la redención; con ella
el espíritu inmundo asaltará el alma. «Oh,» dice Satanás, «es cierto que
Cristo murió, pero no por ti. Tú eres un carácter especial.» Recuerdo que
una vez el diablo me hizo creer que era solo, sin semejante. Vio a otros
que habían pecado como yo, y que habían ido tan lejos como yo, pero me
imaginé que había algo peculiar en mi pecado. Así, el diablo intentó
ponerme aparte como si no perteneciese al resto de la humanidad; pensaba
que si fuese otra persona, podría salvarme. Muchas veces deseé haber sido
un pobre borracho blasfemo callejero, y pensaba que en tal caso habría
tenido mejor posibilidad; pero, tal como era, pensé que iba a morir
solitario, como el ciervo en la sombra del bosque. Pero bien recuerdo a
mis amigos cantar aquel dulce lúpulo:
«Su gracia soberana es, rica, libre,
¿Y. por qué, alma mía, no será para ti?»
Uno de los himnos en la selección de Denham, y
también hubiera debido ser. incluido en la de Rippon, termina así, tal
como recuerdo:
«Él derramó su sangre tan rica y disponible,
¿Y por qué, alma mía, no será para ti?»
Ésa es precisamente la pregunta que nunca nos
hacemos. Decimos: «Claro, alma mía, ¿por qué no para cualquier otro menos
para ti?» ¡Arriba, pobre alma! Si Satanás está intentando desgarrarte,
dile que está escrito que él «puede salvar completamente a los que por
medio de él se acercan a Dios»; y que «al que a mí viene, de ningún modo
le echaré fuera». Puede que así Dios te libre de este desesperado
conflicto en el que, como pecador que acude, te has visto implicado.
2. Pero Satanás no es muy escrupuloso, y a veces
arroja en tierra al pecador que acude y lo desgarra contándole terribles
falsedades. Algunos de vosotros puede que no hayáis conocido este aspecto,
y doy gracias a Dios si no comprendéis algunas de las cosas a las que me
voy a referir. Muchas veces, cuando el alma acude a Cristo, Satanás
inyecta de manera violenta pensamientos de incredulidad. Yo nunca he sido
un incrédulo absoluto más que una vez, y esto no fue antes de conocer la
necesidad de un Salvador, sino después. Fue precisamente cuando quería a
Cristo y tenía sed de él, que de repente me vino el pensamiento a la mente,
que aborrecía pero no podía vencer, de que no había Dios, ni Cristo, ni
cielo, ni infierno; que todas mis oraciones eran una mera farsa, y que
tanto daría si le silbaba al viento o si me dirigía a las rugientes olas
del mar. ¡Ah, recuerdo cómo mi barco iba a la deriva por aquel mar de
fuego, desligado del ancla de mi fe que había recibido de mis padres!
Comencé a dudar de todo, hasta que el diablo se derrotó a sí mismo al
quererme hacer dudar de mi propia existencia, y pensé que yo era una idea
flotando en la nada del vacío. Luego me sobresalté ante tal pensamiento, y
viendo que después de todo yo era sustancialmente carne y sangre, después
de todo, vi que Dios era, que Cristo era, que el cielo era, que el
infierno era, y que todas esas cosas eran verdades ciertas. No me
asombraría que muchos aquí hayan estado en el mismo borde de la
infidelidad, y que hayan dudado casi de todo. Es cuando Satanás descubre
que el corazón está tierno que intenta imponer su propia impronta de
incredulidad en el alma. Pero, bendito sea Dios, nunca consigue eso en el
pecador que realmente acude. También trata de introducir pensamientos
blasfemos, y luego nos dice que son nuestros. ¿Acaso en ocasiones no ha
introducido torrentes de lo más vehemente de blasfemia y malvadas
imaginaciones en nuestros corazones, que ignorantemente pensábamos que
debían ser nuestros? Pero quizá ninguno de ellos nos era propio. Recuerdo
que había estado una vez meditando acerca de Dios cuando de repente me
pareció como si se hubiesen abierto las compuertas del infierno. Mi cabeza
se transformó en un verdadero pandemonium; parecía como si diez mil
espíritus malignos estuviesen celebrando un carnaval dentro de mi cerebro;
y puse mi mano sobre mi boca para impedir dar expresión a las palabras
blasfemas que se derramaban en mis oídos. Cosas que jamás había oído ni
pensado penetraron impetuosamente en mi mente, y apenas si podía
resistirme a su influencia. Era el diablo arrojándome por tierra y
desgarrándome. ¡Ah, pobre alma! Quizá te encuentres con esto; pero
recuerda, es sólo uno de los trucos del supremo enemigo. Él mete sus
fieras inmundas en tu campo, y luego dice que son tuyas. En la antigüedad,
cuando algunos vagabundos y truhanes incomodaban en una demarcación, les
aplicaban unos azotes y los mandaban a la siguiente demarcación. Así,
cuando te vengan estos malos pensamientos, dales unos buenos azotes y
mándalos fuera. No te pertenecen si no los abrigas. Pero si temes que
estos pensamientos sean tuyos propios, puedes decir: «Acudiré a Cristo, e
incluso si esas blasfemias son mías, las confesaré al gran Sumo Sacerdote,
porque sé que todo pecado y blasfemia será perdonado a los hombres.»
3. Si el diablo no te puede vencer ahí, intenta
otro método. Toma todos los pasajes amenazadores de la Palabra de Dios, y
te dice que se aplican a ti. Te lee este pasaje: «Hay pecado para muerte,
por el cual yo no digo que se pida.» «Mira», te dice el diablo, «el
apóstol no dice que podía siquiera orar por el hombre que hubiese cometido
ciertos pecados.» Luego te, lee que «el que blasfeme contra el Espíritu
Santo, no tiene jamás perdón». «Ése», te dice, «es tu carácter; has pecado
contra el Espíritu Santo, y nunca te será perdonado.» Luego te trae otro
pasaje: «Efraín está dado a los ídolos; déjalo.» «Mira», te dice Satanás,
«últimamente no has sentido libertad en la oración; Dios te ha dejado
solo; estás dado a los ídolos; estás totalmente destruido.» Y el cruel
adversario aúlla su cántico de alegría, y hace una feliz danza pensando
que la pobre alma se ha de perder. Pero no le creáis, mis queridos amigos.
Nadie ha cometido el pecado contra el Espíritu Santo en tanto que tenga
gracia para arrepentirse. Es cosa cierta que no puede haber cometido este
pecado nadie que huya a Cristo y crea en Él. Ningún alma creyente puede
cometerlo. Ningún pecador arrepentido jamás lo ha cometido. Si alguien es
descuidado e irreflexivo, si puede escuchar un sermón terrible y reírse de
él, y descartar la convicción que le haga sentir, si nunca siente ninguna
agitación de la conciencia, se puede temer que pueda haber cometido este
pecado. Pero en tanto que sientas algún deseo por Cristo, no has cometido
más este pecado, que has volado a las estrellas o que has sacado telarañas
del cielo. En tanto que tengas algún sentido de culpa, algún deseo de ser
redimido, no puedes haber caído en ese pecado. Como arrepentido, todavía
puedes ser salvo, pero si lo hubieses cometido no sentirías
arrepentimiento.
II
Dejad que me detenga por un momento en el segundo
punto: LOS DESIGNIOS DEL DIABLO. ¿Por qué echa en tierra el alma y la
desgarra?
Primero, porque no le gusta perderla. «A ningún rey
le gusta perder a sus súbditos», le dijo Apolión a Cristiano, cuando se le
presentó en el camino, «y te juro que no irás más allá: aquí derramaré tu
alma.» Allí se paró jurando venganza contra él por haber huido de sus
dominios. ¿Supones acaso que Satanás iba a perder sus súbditos uno por uno
sin encolerizarse? Desde luego que no. Tan pronto como ve un alma que se
apresura hacia el portillo, con los ojos fijos en la luz, lanza todos los
mastines del infierno contra él. «Ahí se va otro de mis súbditos; nii
imperio está debilitándose; mi familia disminuye.» E intenta con todo su
poder y fuerza hacer volver para sí a aquella pobre alma. ¡Ah, alma!, no
te dejes engañar por él. Su designio es abatirte. No te dice esas cosas
para tu bien, iú para hacerte humilde, sino para impedirte que acudas a
Cristo, y para atraerte hacia su red, donde pueda destruirte del todo.
A veces, creo yo, tiene el vil designio de inducir
a pobres almas a destruirse a sí mismas antes que lleguen a la fe en
Cristo. Éste es un caso extremo, pero me he encontrado con no pocos que se
han sentido tentados a quitarse la vida y a acudir delante de su Hacedor
con sus manos enrojecidas con su propia sangre. Porque Satanás sabe muy
bien que ningún homicida tiene vida eterna permaneciendo en él. Pero nunca
ha logrado sus fines, aun en el alma de un pecador escogido.
Luego Satanás tiene otro motivo. Cuando el alma
está acudiendo a Cristo, él intenta, por puro odio, agitar aquella alma.
El corazón de Satanás está hecho de lo que es precisamente lo contrario a
la benevolencia -mala voluntad. Todo lo odia, y a nadie ama. Aborrece ver
la felicidad de cualquier criatura, la alegría de cualquier alma, y cuando
ve que una alma acude a Cristo, dice: «¡Ah, ya casi le he perdido; nunca
tendré la oportunidad de llevar los truenos de la condenación a sus oídos
y de arrastrarle por las llamas del infierno, como pensaba. Pero ahora,
antes que se vaya, haré algo; el último ataque será duro; le daré un golpe
con todas mis fuerzas.» Y desciende sobre esa pobre alma, que cae convulsa
en tierra llena de desesperanza y de dudas. Luego la desgarra y no la deja
hasta que ha hecho tanto como el Señor le permite. No temas, hijo de Dios.
«Resistid al diablo, y él se apartará de vosotros.» Y aunque pueda echaros
por tierra, recordad que muchas veces cae el justo, mas se vuelve a
levantar; y así será contigo, y los designios de tu enemigo quedarán
frustrados, como está escrito: «Tus enemigos serán humillados.»
III
En tercer lugar, está el DESCUBRIMIENTO DEL DIABLO.
No creo que el diablo pudiera echar un solo pecador por tierra si viniese
como diablo. Pocas veces actúa así. Se presenta como ángel de luz, o
incluso como el Espíritu Santo. Sabe que el Espíritu Santo lleva a cabo
toda la obra de la salvación, y por ello trata de falsificar las
operaciones del Espíritu Santo. Sabe que es obra del Espíritu Santo
destruir la soberbia del hombre y humillar el alma. Bien, lo que hace
Satanás es falsificar esta obra y arrebata la esperanza al hombre junto
con la soberbia. Bajo la pretensión de humillar al pobre pecador y de
decirle que debería postrarse rendido en el polvo, no sólo humilla a la
pobre alma, sino que la abate tan bajo que deshonra también a Dios, en la
estima del pecador, al decirle que el mismo Dios no puede salvarle.
Satanás intentará, si puede, dañar la obra de Dios, mientras está aún en
el torno del alfarero, introduciendo su propio instrumento mientras la
arcilla está dando vueltas en la rueda, para que no tome la forma que le
da el Espíritu Santo, sino para que haya algunas marcas de la hechura del
diablo en la pieza. Algunas veces le pedís a Dios que podáis batallar en
oración. «Está muy bien», dice Satanás: «Batallad en oración; pero
recordad que debéis recibir IQ pedido ahora, o estáis perdidos.» Y de esa
manera se desliza y añade un trocito pequeño suyo a la verdad, haciéndoos
creer que es un impulso del Espíritu Santo, mientras que en realidad se
trata de un engaño del padre de mentira. El Espíritu Santo te dice que
eres un pecador perdido, sin recursos. «¡Así es!», te dice el diablo: «Lo
eres, y no puedes ser salvo.» Y así otra vez, bajo el mismo disfraz de las
operaciones del Espíritu Santo, engaña al alma. Es mi firme creencia que
mucha parte de la experiencia del cristiano no es experiencia cristiana.
Muchos cristianos experimentan cosas que no tienen nada que ver con el
cristianismo, sino más con la demonología. Cuando lees acerca de las
convicciones de John Bunyan, puede que pienses que todo aquel terror era
fruto del Espíritu Santo; pues podéis tener la certeza de que era fruto de
la influencia satánica. Podéis pensar que es el Espíritu Santo quien lleva
a los pecadores a la desesperanza y que los mantiene encerrados en la
jaula de hierro durante tanto tiempo. No es así. Había la acción del
Espíritu Santo, y luego entró Satanás para destrozar la obra si podía.
Ahora daré a los pobres pecadores un medio para
detectar a Satanás, para que sepan si sus convicciones proceden del
Espíritu Santo, o si son meramente los chillidos del infierno en sus oídos.
En primer lugar, podéis estar siempre seguros que lo que proviene del
diablo os hará mirar a vosotros mismos y no a Cristo.. La obra del
Espíritu Santo es mover nuestros ojos fuera de nosotros a Jesucristo, pero
la obra del Espíritu es lo opuesto. Nueve de cada diez insinuaciones del
diablo tienen que ver con nosotros mismos. «Eres culpable», dice el diablo
-eso es el Yo. «No tienes fe» -eso es el Yo. «No te arrepientes
suficientemente» --eso es el Yo. «No tienes nada del gozo del Espíritu, y
por ello no puedes ser de Él» -eso es el Yo. Así el diablo comienza a
asestarnos golpes, mientras que el Espíritu Santo quita el yo del todo, y
nos dice que «nosotros nada somos», pero que «Jesucristo es todo en todos.»
Satanás trae el cadáver del Yo y lo arrastra, y por
cuanto está corrompido, nos dice que con toda certidumbre no podemos ser
salvos. Pero recuerda eso, pecador, no es tu asirte de Cristo lo que te
salva: es Cristo. No es tu gozo en Cristo lo que te salva: es Cristo. No
es siquiera la fe en Cristo, aunque ésta sea el instrumento -es la sangre
y los méritos de Cristo. Por tanto, no mires tanto a tu mano con la que te
ases de Cristo como a Cristo mismo. No mires a tu esperanza, sino a Cristo,
la fuente de tu esperanza. No mires a tu fe, sino a Cristo, el autor y
consumador de la fe. Y si haces eso, diez mil demonios no te podrán-echar
por tierra, pero en tanto que te mires a ti mismo, el más bajo de esos
malos espíritus puede hollarte bajo sus pies.
También puedes discernir de otra manera las
insinuaciones del diablo: por lo general denigran algún atributo de Dios.
A veces denigra su amor, y te dice que Dios no querrá salvar. A veces
denigra su longanimidad, y te dice que eres demasiado viejo, y que Dios no
te va a salvar. A veces denigra su soberanía, y te dice que Dios no escoge
como quiere, sino que tiene parcialidad hacia ciertos tipos de carácter, y
que acepta a los hombres por sus méritos. A veces denigra la verdad de
Dios, y te dice que no va a cumplir sus promesas. Incluso a veces denigra
la misma realidad del ser de Dios, y te dice que no existe. Pero, ¡oh
pobre alma que tiemblas!, Satanás no conseguirá ventaja sobre ti. Ten
cuidado, sin embargo: detéctale; y cuando hayas descubierto que se trata
del diablo, habrás frustrado sus planes por lo que a ti respecta.
Y ahora, en último lugar, tenemos que considerar LA
DERROTA DEL DIABLO. ¿Cómo fue derrotado? Jesús le reprendió. Amados, no
hay otra manera de ser salvados del derribo de parte de Satanás que la
reprensión que Jesús le da. «Oh», dirá una pobre alma, «muchos meses y
años he estado angustiado por temor a no ser salvo. He ido de lugar en
lugar con la esperanza de que algún ministro dijese algo que reprendiese
al mal espíritu.» Hermana, o querido hermano, ¿no has estado cometiendo un
error? ¿Acaso no es Jesús quien reprende al espíritu maligno? ¿O quizá has
tratado de reprender tú mismo al espíritu maligno? Has intentado discutir
y disputar con él; le habrás dicho que no eres tan vil como él te ha
descrito. Amado, ¿no has estado actuando de manera errónea? No es tu
ocupación reprender a Satanás. Lo que debieras haberle dicho es: «El Señor
te reprenda.» ¡Ah, si hubieses mirado a Jesús y sólo le hubieses dicho: «¡Señor,
repréndele», él sólo habría tenido que decir: «¡Calla!», y el demonio se
habría callado en el acto, porque conoce la omnipotencia de Jesús, dado
que siente su poder. Pero te lanzas a pacificar tu propio corazón cuando
estás en medio de esas luchas, en lugar de recordar que es sólo Jesús
quien puede eliminar la aflicción. Si tuviese aquí a alguien que estuviese
sufriendo lo máximo de esta dolencia -la posesión de Satanás, le diría: «Querido,
siéntate; recuerda a Jesús; ve a Getsemaní, y ten por seguro que el diablo
no querrá nunca quedarse allí contigo. Piensa en las agonías de tu
Salvador cubierto con su sangre; el diablo no puede soportar la sangre de
Cristo. Sólo al pensar en ella se va aullando. Ve al enlosado donde Cristo
soportó la terrible flagelación: el diablo no se quedará mucho tiempo allí
contigo. Y si te sientas al pie de su cruz y dices:
"¡Ah!, cuán dulce contemplar el manantial
De su sangre siempre preciosa",
verás cómo el diablo deja de inquietarte.» De nada
sirve sólo orar. La oración es buena por sí misma, pero no es ésa la
manera de librarse de Satanás: es pensar en Cristo. Comenzamos a decir: «¡Cuánto
querría tener una fe más fuerte! ¡Cuánto querría amar a Jesús!» Es buena
cosa que un cristiano diga eso, pero no es suficiente. La manera de vencer
a Satanás y de tener paz para con Dios es por medio de Cristo. El dijo: «yo
soy el camino», y si quieres conocer el camino, acude a Cristo. «Yo soy la
verdad.» Si quieres refutar las mentiras de Satanás, acude a la verdad. «Yo
soy la vida.» Si quieres evitar ser muerto por Satanás, acude a Jesús. Hay
una cosa que todos nosotros descuidamos demasiado en nuestra predicación,
aunque creo que lo hacemos muy sin querer: o sea, la gran verdad de que no
es la oración, no es la fe, no son nuestras acciones, ni son nuestros
sentimientos sobre lo que debemos reposar, sino sobre Cristo, y solamente
sobre Cristo. Somos propensos a pensar que no estamos en uri estado
correcto, que no sentimos lo suficiente, en lugar de recordar que nuestra
ocupación no es con el Yo, sino con Cristo. Nuestra ocupación es sólo con
Cristo. Oh alma, si puedes centrar tu alma en Cristo y descuidar todo lo
demás, si por lo que a tu salvación respecta puedes menospreciar las
buenas obras y todo lo demás, y mirar de manera sencilla e íntegra a
Cristo, creo que Satanás pronto dejaría de arrojarte por tierra, porque
vería que esto no consigue sus propósitos, porque caerías sobre Cristo, y
como el gigante que cayó sobre su madre, la tierra, tú te levantarías cada
vez más fuerte que antes. Así, ¿tengo delante mío alguna alma pobre,
probada, tentada, arrastrada por el diablo? ¿Te ha estado arrastrando
Satanás a través de los pinchos y espinos y zarzas, hasta haber quedado
herido y arañado? Ven ahora. He tratado de predicarte un sermón rudo
porque sabía que tenía un trabajo rudo que llevar a cabo con almas que han
sufrido rudezas. ¿No hay nada aquí, pobre pecador, a lo que no puedas
asirte? ¿Estás tan encerrado que no entra ni un rayo de luz a través del
férreo enrejado? ¡Qué! ¿Tan encadenado estás que no puedes mover ni las
manos ni los pies? Oye, te he traído hoy una vasija de agua y un pedazo de
pan a tu misma mazmorra. Aunque estás abatido, hay algo ahí para
consolarte con lo que te he dicho; pero, ¡ah!, si viniese mi Maestro, te
traería algo más que esto, porque él reprendería al espíritu maligno, y
éste se apartaría inmediatamente de ti. Deja que te lo ruegue: mira sólo a
Cristo. Nunca esperes liberación alguna procedente de ti mismo, de Satanás,
de ministros, o de cualquier otro medio aparte de Cristo. Fija tu mirada
sólo en él. Que su muerte, su agonía, sus gemidos, sus sufrimientos, sus
méritos, su gloria, su intercesión, estén frescas en tu mente: búscale
cuando despiertes por la mañana; búscale cuando te eches por la noche a
dormir. ¡Oh, no dejes que tus esperanzas o temores se interpongan entre tú
y Cristo!; busca sólo a Cristo; que el himno que hemos cantado sea tu
himno y tu oración:
«Niégame, Señor, lo que tú quieras,
Sólo mi culpa quita;
A tus pies postrado estoy;
Dame a Cristo, o muerto soy.»
Y luego, aunque el diablo te arroje por tierra y te
desgarre, mejor que lo haga ahora que no que lo haga para siempre.
Pero hay algunos aquí que se reirán de lo que he
estado predicando esta mañana. ¡Ah, caballeros, podéis hacerlo! Pero por
amargo que sea mi texto, desearía que lo tuvierais en vuestras bocas.
Aunque sea triste la experiencia de ser desgarrado cuando se acude a
Cristo, preferiría veros así que enteros y apartados de Cristo. Es mejor
ser desgarrado en pedazos acudiendo al Salvador, que tener un corazón sano
y entero lejos de él. Tiembla, pecador, tiembla; porque si no acudes a
Cristo, al final él te desgarrará. Su ojo no tendrá compasión de ti, ni su
mano te eximirá. El ha dicho: «Entended ahora esto, los que os olvidáis de
Dios, no sea que os despedace, y no haya quien os libre.» Señores, de aquí
a una hora, algunos de vosotros podéis llegar a conocer esto. Y desde
luego aquí hay algunos que antes de mucho tiempo van a ser despedazados
por la ira de Dios. ¿Por qué queréis morir? No podéis contestar, creo, a
esta pregunta; pero dejad que repose sobre vuestros corazones. ¿Qué
aprovecharéis de vuestra propia sangre? ¿De qué os servirá ganar el mundo
y perder vuestra alma? Recuerda, Jesucristo puede salvarte incluso a ti.
Cree en su nombre tú, pecador, que sientes la convicción, cree en Cristo.
¡Que el Señor os bendiga, por causa de Jesús! Amén..
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